Modos de producción

Los modos de producción son las diferentes formas en que las sociedades obtienen su alimento, energía, bienes y servicios. Los modos de producción conforman la estructura social o conjunto de instituciones, que a su vez conforma la conducta normalizada de una sociedad (los pensamientos, sentimientos y acciones que se consideran normales en esa sociedad).

MODO DE PRODUCCIÓN –> INSTITUCIONES –> CONDUCTA NORMALIZADA

Desigualdad, violencia y destrucción del medio ambiente son la sintomatología enfermiza que presenta nuestra globalizada sociedad actual como consecuencia de sus instituciones, como consecuencia —a su vez— de su modo de producción.

Toca ahora examinar, uno por uno, los principales modos de producción que han ido sucediéndose a lo largo de la historia —desde la caza-recolección hasta las Comunidades autosuficientes que están por llegar, pasando por la agricultura o la industria— y ver cómo han ido afectando estos distintos modos de producción a la desigualdad, a la violencia y a la insostenibilidad.

¿Existe un modo de producción que pueda conformar una sociedad sana, igualitaria, pacífica y sostenible? Al repasar los diferentes modos de producción históricos analizaremos cómo se pasó de uno a otro, y cómo los modos de producción se tradujeron en instituciones y modos de vida.

Estos son los siete modos de producción que examinaremos en este y en sucesivos artículos:

Modos de producción

 

El esquema

Hoy echaremos un vistazo al modo de producción de los cazadores-recolectores, y en sucesivos artículos examinaremos el resto de los modos de producción, lo que nos va a proporcionar una especie de guión, muy jugoso y completo, de la Historia humana.

El esquema es siempre el mismo: el mundo ha ido cambiando a pesar de la enconada resistencia de los seres humanos al cambio, pues nuestra conducta normalizada viene siempre determinada por las viejas estructuras. Entonces se produce un cambio en esas estructuras, ajeno por completo a la voluntad humana y forzado, a su vez, por un cambio en los modos de producción, que puede deberse a escasez de recursos o abundancia de ellos. El paso de la caza a la agricultura fue por escasez, de la agricultura al urbanismo fue por abundancia, del urbanismo al feudalismo por escasez, y del feudalismo al industrialismo por abundancia. En conclusión: cambiaron las estructuras y cambió el modo de vida.

El nuevo modo de producción cambia las instituciones y las instituciones cambian la conducta normalizada de la gente, pese a su resistencia.

Las instituciones (políticas, económicas y socioculturales) conforman la estructura social y dependen directamente de los modos de producción. Es verdad que existe una dinámica interna de cambio y evolución constante en las propias instituciones: empresas, bancos, partidos políticos, sindicatos, asociaciones, gobiernos… Toda institución debe resolver sus contradicciones internas y las que surgen en su interacción con el resto de las instituciones, y así se produce un ajuste continuo, un cambio o evolución que no cesa.

No obstante, dichos cambios son, a menudo, imperceptibles; no transforman profundamente la sociedad. Son cambios graduales que se van acumulando y, al final, el cambio gordo y visible llega cuando se altera el medio ambiente, de forma natural o mediante la tecnología, lo cual afecta a los modos de producción y eso es lo que sacude como un terremoto la estructura social, transformando profundamente las instituciones y la vida de la gente.

Esta dinámica externa de cambio y evolución en las instituciones, dependiente del cambio en el modo de producción, es la que se repite en el paso de un sistema de vida a otro.

Caza y recolección

Empecemos por el principio. Durante cientos de miles de años cazamos y recolectamos, como hacen las demás especies animales. Para sobrevivir desarrollamos un cerebro más complejo que enriqueció nuestra vida social y cultural con un lenguaje avanzado y el uso de tecnologías (herramientas, fuego).

La caza y la recolección nos obligó a vivir en sociedades pequeñas, grupos autosuficientes cuyos miembros interaccionan intensamente, siendo las relaciones de parentesco el vínculo más determinante de toda la estructura social. Esta es la forma de vida para la que estamos mejor adaptados.

Los actuales Estados capitalistas nos controlan mejor como individuos desconectados que como grupos organizados, y es por esto que se hacen cargo de la mayoría de las funciones propias de la socialización. Nos parecemos ahora a esas granjas-fábrica en las que engordamos a los animales ignorando sus necesidades afectivas y sociales. Con la misma eficiente racionalidad, la sociedad se ha convertido en una granja humana en donde se nos engorda con el fin de convertirnos en perfectos operadores sistémicos. La vida grupal y comunitaria está desapareciendo, y es vital para autorrealizarnos libremente como personas.

Nuestro objetivo será encontrar un modo de producción que aliente de nuevo y potencie la vida grupal y comunitaria, que es la única que puede otorgar verdadero protagonismo y empoderamiento a las personas. El que todo se nos dé hecho desde arriba, nos aliena.

La vida cazadora y recolectora dotó a los pequeños grupos humanos de esa libertad y autonomía tan necesaria para el desarrollo de las personas, pero nuestros antepasados tenían dos carencias o limitaciones muy importantes: la ciencia y el humanismo. Estas carencias provocaban muertes y sufrimientos innecesarios. El sistema actual, fundamentado sobre los pilares de la ciencia y el humanismo, nos ha liberado de muchas de estas lacras, pero nos esclaviza de otras maneras.

La ciencia y el humanismo son herramientas poderosas pero neutrales. Por sí mismas no son ni buenas ni malas, depende de quién las use y para qué. Pueden usarlas las personas y los grupos para liberarse de los grandes poderes, o pueden usarlas los grandes poderes para esclavizar a las personas y los grupos.

Hoy tenemos ciencia y humanismo, que nos evitan gran dolor y sufrimiento, pero trabajando para los Estados y para el capitalismo (los grandes poderes), lo que también deviene en muertes y sufrimientos innecesarios. Nuestro objetivo será encontrar un modo de producción que redirija la ciencia y el humanismo hacia el fortalecimiento de los grupos y las comunidades autosuficientes.

No había humanismo. Las comunidades de nuestros antepasados cazadores eran mundos cerrados y excluyentes. No había consciencia de especie, ni existía el concepto de humanidad aplicado a todos los seres humanos. Al no existir esta concepción humanista, no se desarrolló la consciencia de los derechos humanos. El sentimiento de cooperación se reducía a los miembros del propio grupo, y “los otros” eran extraños que podían ser expulsados o exterminados si era necesario, de la misma manera que hoy destruimos a otras especies que compiten por nuestro alimento o nuestro espacio.

No había ciencia. Los miembros de cada grupo cooperaban armoniosamente entre sí y con el entorno natural que les rodeaba. En un espacio en donde no hubiera escasez y no tuvieran que competir con otros seres humanos, vivían felices y saludables; pero al carecer de conocimientos científicos avanzados, con frecuencia se hallaban inertes antes la muerte. Una pequeña herida, una infección, una enfermedad que hoy no supondría ningún problema podía acabar fácilmente con sus vidas.

Sostenibilidad, violencia e igualdad

Vamos a ver qué grado de sostenibilidad, violencia e igualdad pudieron alcanzar estos grupos cazadores-recolectores, pero teniendo en cuenta que la diversidad cultural debía ser enorme, mayor que la actual. Porque muy diversas eran las formas de implementar la caza y la recolección. Dependía de factores como la riqueza de los ecosistemas, la presencia de otros grupos competidores, la tecnología de caza y recolección empleada… Todos estos factores iban forjando determinadas tradiciones a lo largo de los siglos y milenios, ideas respecto a las funciones de “los otros”, el papel de los hombres y mujeres, etc. Estos factores podían hacer que el grupo fuera más pacífico o más violento, más destructor del medio ambiente o menos, mas o menos igualitarios en las funciones que desempeñaban los diversos individuos, más o menos machistas, etc.

Aunque los cazadores recolectores nunca superaron los dos o tres millones de individuos (excepto en los milenios previos a la revolución neolítica), esa población mundial se traduciría en unos cien mil grupos pequeños, constituyendo cada uno de ellos una cultura diferenciada. Estamos hablando del período con mayor variabilidad cultural de toda la historia humana. Así que no podemos caer en generalizaciones ingenuas.

Sostenibilidad

Cazar y recolectar, como modo de vida, significa recoger del entorno, directamente, los alimentos y los materiales necesarios para la supervivencia. Como consecuencia de tal depredación, los recursos disminuyen y hay que trasladarse periódicamente a otro lugar —nomadismo—, dejando a la naturaleza un tiempo suficiente para que reponga dichos recursos.

La rapidez con la que los seres humanos recogen del entorno es siempre mayor que la rapidez con la que la naturaleza repone lo recogido. Por lo tanto, el modo de vida cazador-recolector es sostenible siempre que la población se mantenga escasa y cada grupo disponga de enormes territorios por donde pueda moverse libremente, dejando tiempo a la naturaleza para reponer.

La velocidad a la que un grupo agota los recursos depende de la riqueza del entorno y de la tecnología aplicada (herramientas, armas de caza…). Algunos estilos de caza —como los que implican matar a distancia, quemar los campos, despeñar a las manadas por los acantilados, etc— son muy invasivos y consumen rápidamente los recursos.

Está fuera de toda duda que el homo sapiens, en tiempos prehistóricos, extinguió numerosas especies y afectó significativamente a la biodiversidad de su entorno. Además lo hizo con gran facilidad y casi sin poder evitarlo. Su creciente poder tecnológico y organizativo —gracias a su exclusivo lenguaje— le convirtió en una potente máquinaria depredadora, capaz de menguar y, en última instancia extinguir, algunas de las diversas especies que depredaba.

Moviéndose constantemente y yendo detrás de los animales y plantas, algunos grupos humanos salieron de África —cuna de la humanidad—, y generación tras generación —de una forma no planificada— conquistaron el mundo, llevando su mortífera depredación a aquellos continentes a los que accedían: Australia, Europa, América.

Fue precisamente la insostenibilidad de este modo de producción —al conjugarse una tecnología cada vez más efectiva con el cambio climático ocurrido al final de la última glaciación— lo que forzó la adopción del siguiente modo de producción: la agricultura y la ganadería, mucho más invasivo e insostenible, y que mermó la biodiversidad del planeta hasta un grado inconcebible por los cazadores-recolectores,  pero que nos sirvió en ese momento para salir del paso.

Podemos concluir diciendo que, aunque el ser humano nunca ha sido inocuo, el modo de producción cazador-recolector fue el más sostenible de todos y el más respetuoso con la naturaleza y con el medio ambiente. La prueba está en que varias especies humanas han utilizado este modo de producción durante cientos de miles de años. Fue la última especie, durante los últimos cien mil años, la que inició un proceso de avance cultural y tecnológico imparable que le condujo a un punto de no retorno: la agricultura-ganadería y la civilización.

Violencia

El ser humano no es ni bueno ni malo por naturaleza. La naturaleza no está sujeta a ética. Es indiferente a sus criaturas y la prueba de ello es que los seres vivos nos comemos los unos a los otros. El más fuerte siempre gana, y si mañana un meteorito destruye la Tierra, a nadie le importa. Significará, simplemente, que el meteorito es el más fuerte.

La consciencia y la ética son construcciones de la sociedad humana. Forman parte de la conducta normalizada o cultura, y son las instituciones las encargadas de guardar la cultura y pasarla a las siguientes generaciones. Pero las instituciones, a su vez, tienen como razón de ser el garantizar la obtención de alimentos y demás recursos imprescindibles. La cantidad y calidad de las instituciones dependerá del modo de producción de una sociedad.

A un ser humano se le puede ocurrir que hay que respetar a todas las personas, o incluso se le puede ocurrir que hay que respetar a todos los animales. Pero mientras este tipo de pensamientos no se institucionalice, mientras no se guarde, transmita y perpetúe a través de las instituciones (religiosas, filosóficas, políticas, etc…), no tendrá ningún valor social. Por otra parte, creemos que la verdad está escondida en algún lugar dentro de nuestra consciencia, pero lo que encontramos en nuestra consciencia, más a menudo, es lo que la sociedad nos ha inculcado y transmitido durante el proceso de socialización. La consciencia es una construcción de la sociedad humana.

La única institución que existía en las sociedades sencillas de la prehistoria era la banda de cazadores recolectores, una especie de grupo familiar autosuficiente. A veces podían intercambiar regalos, técnicas, descubrimientos y genes con los grupos más próximos, con los que constituían una especie de clan. Pero los miembros de otros clanes más lejanos eran extraños. Las relaciones con ellos podían oscilar desde la más completa indiferencia hasta la violencia más extrema. Dependía de si había espacio y alimentos para todos o debían competir por ellos.

Una de las tareas principales de nuestros antepasados consistía en mantener muy bajos los niveles de población. Lo conseguían espaciando mucho los nacimientos al dar el pecho a los bebés hasta los cuatro años o más. El infanticidio consciente o inconsciente era otra estrategia a la que podían acudir en caso necesario. Y si la presión demográfica era insoportable o los recursos escasos, la guerra o destrucción de grupos extraños podía ser una salida.

En conclusión, no debemos idealizar ninguna sociedad. Ninguna está carente de violencia, si bien la guerra cotidiana e institucionalizada es algo que solo se conocerá con el advenimiento de la civilización. Cooperación dentro del grupo y armonía con la naturaleza era lo que predominaba en nuestros antepasados cazadores-recolectores.

Igualdad

Los desplazamientos constantes impiden que estas sociedades cazadoras-recolectoras puedan acumular demasiadas posesiones, las cuales tienen que poder ser cargadas sobre sus espaldas. A lo sumo se llega a procesar y almacenar algunos alimentos para mejor pasar el invierno. Se trata de una economía de subsistencia.

Por otra parte, el intercambio recíproco que caracteriza a estas sociedades implica que cualquier excedente se intercambia o reparte en forma de regalos, por lo que todo el mundo tiene mas o menos lo mismo.

Se las considera sociedades igualitarias porque el poder aún no está institucionalizado en ellas. No existe una ordenación jerárquica, en la que unos individuos manden más que otros o tengan mayores privilegios que otros. No hay nadie que sea reconocido como el que oficialmente manda y el que debe ser obedecido por ley, nadie puede obligar a los demás por decreto a cumplir sus órdenes. El deseo de querer ser jefe o cabecilla, o imponerse sobre los demás o creerse mejor que otros, es una desviación de la norma en estas culturas primitivas. El grupo ejerce presión para que estas cosas no ocurran.

La supervivencia del grupo depende de la colaboración de todos, las decisiones se toman en común, existiendo de hecho una democracia igualitaria. Si un loco dijera: este territorio y estos recursos son míos, y aquí se hace lo que yo diga, sería muy fácil para el grupo coger sus pertenencias y trasladarse a otro lugar, dejando solo al tirano.

Las únicas diferencias entre los individuos se deben a la edad, sexo y experiencia. Al mejor cazador, o constructor de herramientas, o al que mejor se entiende con los espíritus, se le hace más caso —en aquél ámbito en el que es experto— únicamente por razones prácticas, porque sus consejos suelen funcionar. Si un día dejaran de funcionar, el experto perdería prestigio y dejaría de ser considerado un experto.

Se suele pintar a los hombres prehistóricos arrastrando del pelo a las mujeres prehistóricas. Eso ocurrió después, con la llegada de la civilización. No obstante, la sociedad cazadora-recolectora era patriarcal y giraba en torno a las funciones y los valores masculinos, pese a cierta mitología existente sobre matriarcados primitivos, sin ninguna base histórica ni antropológica, pero defendida por algunas corrientes feministas. Pero tampoco pueden tacharse de machistas estas sociedades, porque las diferencias entre los papeles masculinos y femeninos no se percibían como abusivas, y las relaciones entre hombres y mujeres eran respetuosas.

Podemos concluir diciendo que, cuando el modo de producción en el planeta era la caza y la recolección, no existía verdadera destrucción del medio ambiente, ni verdaderas guerras, ni verdadera desigualdad. Porque estas cosas no estaban institucionalizadas o normalizadas en la conducta. El ser humano vivía en armonía con la naturaleza, aunque a largo plazo se extinguieran especies o se afectara al entorno (como parte del proceso de competición y lucha por la vida). Aunque de tarde en tarde hubiera encuentros violentos entre humanos pertenecientes a grupos extraños, la norma era la cooperación dentro del grupo y con los grupos más próximos. Aunque se distribuyeran diferentes funciones para cada sexo, edad o nivel de experiencia, todo el mundo cumplía una función vital para el grupo y era, por lo tanto, tenido en cuenta y valorado.


NOTA: acabas de leer el décimo de una serie de 20 artículos que nos introducen en la HUMÁNICA, una institución que estudia los problemas globales de la humanidad, sus causas y sus soluciones. Te agradecemos cualquier corrección, actualización o complementación que puedas aportar a este artículo. Tu contribución beneficia a todos. Muchas gracias.

 

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