Los pobres son esclavos

Los pobres son esclavos

De las aldeas a los imperios

Sociedades igualitarias

Las primeras sociedades agrícolas y ganaderas eran igualitarias, como lo habían sido las bandas de cazadores recolectores. Los líderes de cada aldea eran grandes proveedores que alentaban la producción de los aldeanos y organizaban grandes fiestas comunales, en las que estaban invitadas las aldeas vecinas, y en donde se repartían de forma gratuita grandes cantidades de víveres. Este sistema de redistribución era un seguro contra el hambre para las aldeas que hubieran tenido un mal año. Practicando este sistema de intercambio, las aldeas patrocinadoras y los líderes organizadores adquirían prestigio. Los líderes trabajaban más que nadie y se quedaban con menos productos que nadie, porque de lo que se trataba era de hacer ostentación de dádiva. Únicamente siendo más generoso se adquiría mayor prestigio.

Sociedades jerarquizadas

Con el tiempo, las aldeas más prósperas consiguieron acumular suficiente excedente como para que los líderes no tuvieran que trabajar y reservaran todas sus energías para la gestión, defensa y acrecentamiento de ese excedente. Ahora los líderes no producían pero obligaban a los demás a producir y exigían la mejor parte para ellos. Con sus riquezas compraban la voluntad de ayudantes fieles e incondicionales. La igualdad se convirtió en una jerarquía, donde cada hombre ocupaba un lugar a cierta distancia del Jefe. La redistribución de víveres se convirtió en un sistema de recaudación y de dominación de las aldeas más débiles o desafortunadas por parte de las más fuertes. Los reyezuelos se imponían sobre varias aldeas como sistema para incrementar su excedente. Cuantos más recursos conseguía un Jefe, más soldados y burocracia podía mantener, y más aldeas podía controlar y explotar, incrementando así sus recursos y su poder de dominación sobre otros cabecillas.

Sociedades estratificadas

Si el estadio preestatal es el de mayor violencia de toda la historia humana, el estadio estatal es el de mayor desigualdad. Las aldeas se transforman en ciudades, las Jefaturas en Estados y las sociedades jerarquizadas en sociedades estratificadas. Ahora no son los individuos, sino capas enteras de la sociedad las que se jerarquizan, y a las que podemos llamar clases sociales. Hay tres clases, básicamente: primera, la clase gobernante, muy minoritaria, que controla el poder y la riqueza, gestiona el Estado, los recursos, los ejércitos, la religión…; segunda, la clase media formada por personas libres que ejercen diversos oficios o poseen pequeñas propiedades; y tercera, los esclavos, que son más de la mitad de la población, capturados en las guerras, o vendidos a sí mismos cuando se han arruinado y ya no pueden mantenerse por sí solos. Estos esclavos pasan a ser propiedad de las otras dos clases y son los que trabajan y sostienen la economía. Aunque existe cierta movilidad para pasar de una clase a otra, ocurre de forma muy excepcional. El orden social se mantiene gracias a esta estratificación, que permanece vigente hasta el día de hoy, aunque la base de los esclavos haya sido sustituida en posteriores estadios por siervos o por empleados.

Es importante darse cuenta de que la cantidad de recursos materiales y la forma en que se obtienen es lo que determina la cultura o modo de vida de las gentes: su forma de pensar, sentir y actuar. La acumulación de la riqueza hace más compleja la vida social, y obliga a un grupo de personas a convertirse en clase gobernante y esclavizar o explotar a la mayoría, institucionalizando la violencia y la desigualdad para competir con otros Estados y sobrevivir como clase gestionadora.

Sostenibilidad

La época que estamos estudiando se corresponde grosso modo con la Edad Antigua. Las primeras ciudades-Estado surgieron en Mesopotamia hacia el 4.000 antes de nuestra Era. Posteriormente se formaron grandes imperios como Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Grecia, Roma… Las sociedades más prósperas se organizan mejor, levantan las murallas más altas, construyen grandes acequias y canales para potenciar la agricultura, mantienen los mejores ejércitos para proteger los templos donde se almacena el grano y alcanzan así cierta paz, orden y estabilidad. Pero deben mantener y preservar su hegemonía, tienen que estar compitiendo y guerreando constantemente con sus vecinos. Tarde o temprano agotan sus recursos y son alcanzados por un competidor más fuerte. Y la historia vuelve a empezar, sustituyéndose un grupo dominante por otro, cíclicamente.

Estos grandes Estados e imperios fuerzan al máximo la explotación de los recursos. Para ganar a sus adversarios y mantenerse en el poder, necesitan incrementar constantemente su excedente. Para ello tienen que explotar a la base de la población, pero también esquilmar sus entornos naturales. Madera, piedra, metal son extraídos del suelo para levantar las ciudades y las grandes obras de ingeniería que sostienen la civilización. En muchos territorios se corta hasta el último árbol. Se pierde la fertilidad de muchos suelos. Los grandes imperios son insostenibles a largo plazo. Tienen que apoyarse en el comercio a larga distancia y en la conquista continua de nuevos territorios, pero incluso esto tiene un límite, y luego llega el fin.

Así, los territorios donde surgieron las primeras civilizaciones, Egipto y Mesopotamia, son los primeros en agotarse. Las civilizaciones dominantes se trasladan entonces al entorno Mediterráneo, que también se agota. La civilización se traslada finalmente a Europa central, América y el resto del mundo. Con la revolución industrial, que necesita recursos nuevos como el carbón, el petróleo o el uranio, muchos territorios rejuvenecen, pero al mismo tiempo la tecnología más potente de nuestra época los agota a mayor velocidad. Vivimos actualmente el momento de mayor destrucción medioambiental e insostenibilidad de todos los tiempos. Si consideramos globalmente el planeta, lo consumimos casi al doble de velocidad de lo que éste tarda en regenerarse.

Violencia

Las sociedades estatales suponen un incremento en insostenibilidad y, sobre todo, en desigualdad social, y sin embargo, hay que reconocerles un descenso en el nivel de violencia. Al asumir el Estado el monopolio de la violencia, fuerza una paz muy beneficiosa para la mayoría de la población. Antes de que Roma conquistara Hispania o Galia, los diversos caciques y reyezuelos hispanos y galos se peleaban y mataban constantemente entre sí. Las disputas por la hegemonía de las diversas jefaturas eran interminables. Naturalmente, a los Jefes no les gustó nada la conquista romana, pero la población en general salió ganando al disfrutar de una paz más estable.

El número de muertes violentas disminuye, pero no desaparece. Cierta cantidad de vidas todavía tienen que ser sacrificadas en las guerras crónicas de conquista o de defensa de los imperios. Los Estados también condenan a muerte a quienes se rebelan y ponen en entredicho su autoridad. Finalmente, en su afán de mediar entre los litigios de las gentes y forzar la paz social, se crearon códigos legales que prescribían penas y castigos muy severos con fines disuasorios. Por ejemplo, el Código de Hammurabi condena a muerte a los ladrones. Quien ayuda a escapar a un esclavo o lo retiene en su casa, también debe morir, pues el esclavo es una propiedad. Quien rapta al hijo de otro, igual, pues los hijos son propiedad, etc.

Desigualdad

El Código de Hammurabi divide a los seres humanos en tres clases: hombres superiores, plebeyos y esclavos, que se corresponden con la clase alta, media y baja. Los esclavos en la antigüedad no eran tratados de manera tan perversa como lo serían después los esclavos negros en EEUU. Normalmente los esclavos eran tratados como parte de los bienes de la familia. La gente pobre, que no tenía una mínima propiedad o medios para ganarse la vida, tenía que ser propiedad de quien sí los tenía. Incluso los que habían tenido medios y los habían perdido, tenían que venderse ellos mismos como esclavos o vender a sus hijos para pagar sus deudas. Un pobre libre acababa muriéndose de hambre o haciéndose bandido. La mejor salida era la esclavitud. Los esclavos podían ahorrar para comprar su libertad e iniciar una nueva vida.

Además de las tres clases: hombres superiores, plebeyos y esclavos, existían dos géneros. El género femenino era propiedad del género masculino. Así, según el código de Hammurabi, golpear a una mujer no es delito, pues es propiedad del hombre. Ahora bien, si un hombre superior golpea a la mujer de otro hombre superior y como consecuencia de ello ésta muere, se lesiona la propiedad ajena, por lo que la hija del homicida debe ser ejecutada, ya que, según la justicia del ojo por ojo, se le debe producir una merma en su propiedad semejante a la merma que él ha ocasionado en la propiedad ajena. Mujer por mujer. Pero si un hombre superior golpea a la mujer de un plebeyo y ésta muere, solo debe restituirle 30 siclos de plata, y si golpea a la mujer de un esclavo y muere, debe restituir 20 siclos de plata. Las mujeres de clase inferior tienen un precio, como los esclavos. Su pérdida se restituye con dinero.

La mayor desigualdad de la Historia se da entre hombres y mujeres

El patriarcado o dominación masculina es una invariante antropológica. Descendemos de antepasados prehumanos que ya practicaban la superioridad de los machos, como también le ocurre al gorila y al chimpancé. Los mitos románticos sobre sociedades humanas matriarcales surgieron en el siglo XIX como hipótesis para explicar ciertas creencias religiosas basadas en la preponderancia de alguna diosa, o ciertos rasgos de matrilinealidad y/o matrilocalidad, pero la verdad es que en aquellas culturas en donde la herencia o los apellidos se transmiten por vía materna, es porque les conviene a los hombres, ya que en dichas culturas éstos viajan mucho (por cuestiones de caza o de comercio) y la matrilinealidad y matrilocalidad otorgan una estabilidad necesaria a esos pueblos. Pero no por eso las mujeres gozan de un rango superior al de los hombres. Jamás se han encontrado pruebas de tales sociedades matriarcales. La superioridad del varón sobre la mujer únicamente ha empezado a cuestionarse a lo largo de los últimos dos siglos y aún en la actualidad queda mucho por hacer para construir esa igualdad soñada.

En ninguna sociedad humana conocida ha ocurrido que las mujeres y los varones tuvieran el mismo rango o parecida importancia. En todas ellas, es aceptada, por hombres y por mujeres, la primacía masculina. Por muy bajo que sea el rango de un hombre, sabe que es superior al rango de las mujeres en su conjunto. A veces puede suceder, de una forma excepcional, que una mujer concreta posea mayor rango que un hombre concreto, pero eso no cuestiona la falta de importancia del sexo femenino en su conjunto. La mayor superioridad jerárquica de una mujer concreta suele suceder cuando son las únicas representantes vivas de un linaje poderoso. La situación vuelve a la normalidad cuando vuelve a existir un descendiente varón.

El primero en suponer un matriarcado primitivo fue Johann J. Bachofen, de ahí pasó a Lewis H. Morgan, de éste a Engels, y de ahí al marxismo. En realidad el matriarcado pasó a ocupar en el relato histórico lo que el paraíso perdido había representado en el mito religioso. Pero tal período matriarcal no ha existido jamás, aunque la tentación de imaginar esa simetría ficticia es muy grande. En las sociedades de cazadores recolectores, los niños tenían un rango, las mujeres otro y los hombres un tercero. A cada uno de estos rangos estaba asociado un prestigio básico diferente. Cuando hablamos de sociedades igualitarias, nos referimos a igualdad entre los varones, de la misma manera que cuando hablamos de democracia en la Grecia clásica nos referimos a democracia entre los varones libres y nacidos en la polis.

Es posible que ya entre los cazadores recolectores, los machos intercambiaran hembras con otros grupos, por lo que éstas, como los niños, serían consideradas una cierta propiedad de los adultos varones. Esto se ha podido constatar analizando restos de algunos de estos grupos, y encontrando que todos los miembros del grupo eran parientes excepto algunas mujeres que habrían llegado de otros grupos a través de algún tipo de intercambio.

Se atribuye usualmente a las características físicas y biológicas femeninas (menor fuerza, menor velocidad y resistencia a la hora de correr, embarazo y crianza de los hijos) el hecho de que los varones se dedicaran a las actividades más estimulantes y de mayor prestigio (la caza, y más tarde la guerra). Pero la verdad es que los bonobos (una especie de chimpancé) o los elefantes forman sociedades matriarcales y en ellas las hembras encuentran la manera de organizarse para que tales cuestiones físicas y biológicas no les supongan ningún impedimento a la hora de realizar las actividades importantes. Por lo tanto, no es que los hombres hayan adquirido mayor valor por ser los que mejor pueden realizar tales tareas, sino al revés, ellos se han dedicado a las tareas que otorgan mayor prestigio (relegando a las mujeres a las tareas de recolección y luego al trabajo duro en los huertos y en los hogares), porque se ha dado previamente una situación de dominación masculina, y no al revés.

En todas las sociedades históricas que nos son conocidas, las mujeres han estado sometidas a los varones. Mientras las sociedades eran igualitarias, como en las bandas de cazadores recolectores y en las primeras aldeas agrícolas, este sometimiento era menos llamativo. Eran sociedades usualmente pacíficas y felices, donde las tres cuartas partes de los recursos alimenticios se obtenían de la recolección, a la que se dedicaban principalmente las mujeres y los niños. Entre los hombres no existían rangos, por lo que ser hombre o ser mujer eran básicamente dos modos distintos de ser humano. Pero en aquellas sociedades desigualitarias en las que la caza, la guerra, la división del trabajo y la gestión de la sociedad eran importantes, es decir, actividades esencialmente masculinas donde la dominación y la jerarquía cobraban fuerza, el papel de la mujer se devaluaba más; ellas eran prácticamente como los últimos de los esclavos, ocupando el rango más bajo y el más explotado.

Cuando llegamos a la civilización, las mujeres —como es de suponer— son excluidas por completo de la gestión de las sociedades. Así pues, desde hace unos 6.000 años, algunos hombres pueden aspirar a la riqueza y al poder, pero a las mujeres les está vedado ese camino, y solo en nuestros días esta situación está cambiando. Cuenta Samuel Noah Kramer, en su libro La Historia empieza en Súmer, que los miles de estudiantes que aprendían a escribir —futuros escribas y gestores del país— en las escuelas sumerias, eran los hijos de

“los gobernadores, los «padres de la ciudad», los embajadores, los administradores de los templos, los oficiales, los capitanes de navío, los altos funcionarios de hacienda, los sacerdotes de diversas categorías, los administradores y directores de empresas, los interventores, los contramaestres, los mismos escribas, los archiveros y los contables. En resumen, los escribas eran los hijos de los ciudadanos más ricos de las comunidades urbanas. No consta ni una sola mujer como escriba en estos documentos; es, por lo tanto, muy probable que la masa de los estudiantes de la escuela sumeria estuviese constituida exclusivamente por hombres.”

Por lo tanto, es con la llegada de la civilización cuando la mujer queda relegada a un papel muy secundario, escondida en el mundo de lo privado y alejada fulminantemente de la gestión de lo público, y es ahora cuando se percibe muy claramente la enorme desigualdad de oportunidades con respecto a los varones. El prestigio, el poder y la riqueza quedan fuera de su alcance, con escasas y siempre limitadas excepciones. En Grecia, cuna de la cultura occidental y de la democracia, la política estaba reservada únicamente a los varones. De hecho, el voto femenino es una conquista del siglo XX.

Cuando un hombre desprecia, golpea o mata a una mujer, está siendo refrendado por una sociedad que todavía nos inculca de infinitas maneras que esa mujer es su posesión, por ser él varón.


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