Llega el capitalismo

La revolución industrial ocurrida hace unos 200 años es el hito más importante de la historia humana, después de la revolución neolítica ocurrida hace unos 10.000 años.

Gracias a la industrialización, el capitalismo, que existía como un sistema económico residual desde el inicio de la civilización, pudo implantarse como el modo de producción imperante. Es decir, como el principal factor determinante de las sociedades.

Esto ocurrió en algunos países de Europa occidental a lo largo del siglo XIX (en Inglaterra a finales del XVIII), y está relacionado con la historia del ascenso de Europa, del imperio y de la ciencia, tal como lo narrábamos en el artículo anterior. La llegada del capitalismo industrial es el desenlace de esa historia y el inicio de un mundo economicista y globalizado que se iniciará en el siglo XX, y en el que Europa dejará de ser la protagonista (capitalismo posindustrial o financiero).

El capitalismo no llegó a adquirir esta importancia de la noche a la mañana. Hay toda una historia detrás, y en este artículo vamos a conocerla.

EDAD ANTIGUA: El capitalismo es tan viejo como la civilización

El capitalismo anterior a la revolución industrial se conoce como capitalismo comercial y nunca jugó un papel significativo en la economía de las sociedades. Desde el inicio de la civilización, los Estados preferían obtener recursos mediante la guerra y el pillaje antes que con el comercio; y legalizaron las relaciones de dominio (esclavitud y servidumbre) que sostenían la economía de las naciones.

No obstante, también necesitaban metales para las armas y productos de lujo para las clases altas, que obtenían comerciando con otros países. El comercio es el mejor sistema de intercambio. Por lo tanto, los Estados han favorecido el comercio, creado monedas, construido minas, carreteras y ciudades comerciales, y han hecho guerras para forzar un comercio favorable. Los Estados necesitaban ingentes cantidades de dinero para sus guerras y conquistas, por lo que siempre dejaban un huequecito a los valientes y arriesgados comerciantes para que practicasen su capitalismo comercial.

Llamemos burgueses o capitalistas a estas personas privadas que podían vivir de los beneficios que obtenían realizando tareas de intermediación (comercio, préstamos, arrendamientos y contratos de trabajadores). Y llamemos capitalismo a dichas tareas. Es decir, el modo de vida de los burgueses es el capitalismo. Hubo burgueses o capitalistas desde que se originó el excedente, hace unos 6000 años. Pero este capitalismo comercial fue excesivamente dependiente de los Estados. De hecho, los capitalistas que triunfaban estaban muy ligados a la administración. Hasta que al final de la Edad Media y durante la Edad Moderna se produjo en Europa una verdadera expansión de la burguesía y del capitalismo que le daría la vuelta a la tortilla: los Estados dependerían cada vez más de los burgueses y hacia 1800 (inicio de la Edad Contemporánea) éstos se harían con el control del Estado.

EDAD MEDIA: El ascenso del capitalismo es el ascenso de la burguesía y eso sólo ocurrió en Europa

Durante la Edad Media, Arabia (siglos VII-XI), China (siglos X-XIV) y finalmente Europa (siglos XII-XV) entablaron poderosas relaciones comerciales internacionales. Aunque Europa empezó a jugar tarde a este juego del capitalismo, pronto aprendió de sus competidores y los superó, practicando un capitalismo comercial cada vez más autónomo e independiente del Estado.

Empezó por las ciudades costeras del norte de Italia, el sur de Francia, Cataluña y el norte de Alemania (esta última formó la Liga hanseática). En la Edad Moderna ya no fueron sólo ciudades, sino verdaderos imperios comerciales: Portugal y España, y sobre todo, aunque más tardíos, Holanda e Inglaterra.

A partir del siglo XIII surgieron en Europa empresas con personalidad jurídica propia, distinta de la de sus propietarios y gestores, pensadas para que pudieran mantenerse durante varias generaciones y no murieran con sus dueños, sino que pudieran estar sujetas a un incesante cambio de dueños, lo cual no se había conocido en el anterior capitalismo comercial de China y Arabia. Europa inventó métodos para comerciar con regiones lejanas sin tener que transportar sacos enteros de monedas, pagando mediante anticipos y créditos, a veces con intereses muy elevados, y esto ninguna otra civilización lo había hecho de forma tan efectiva.

A diferencia de lo ocurrido en Arabia y China, el capitalismo comercial del sur y del oeste de Europa traspasó los límites del comercio y adquirió la forma de un capitalismo financiero con instituciones autónomas de las que los poderes políticos se hicieron cada vez más dependientes.

Los bancos aparecieron en Génova en el siglo XII, en Venecia en el siglo XIII y en Florencia en el siglo XIV. Concedían préstamos a los gobiernos de las ciudades, a señores locales y supralocales, y muy pronto a reyes, emperadores y papas, que necesitaban permanentemente dinero para librar sus guerras y expandir sus territorios. La construcción del Estado moderno y los inicios del capitalismo financiero van de la mano.

¿Por qué fue en Europa donde el capitalismo se desarrolló con mayor fuerza y dinamismo? En su contra tenía a la religión, que era aquí más crítica con el capitalismo que en el Islam o en China. Por otra parte, antes de 1500 no hubo reforma protestante ni colonialismo, por lo que tenemos que descartarlos como factores causales. Lo que pasó en Europa y sólo en Europa es que el capitalismo se convirtió en una muleta necesaria e imprescindible para el poder político, que estaba compitiendo permanentemente por la primacía militar en una especie de torneo interminable, y los sistemas racionales de recaudación no eran capaces de satisfacer plenamente esta insaciable necesidad de dinero, de manera que estos poderes políticos comenzaron a depender financieramente cada vez más del capitalismo. Estados modernos que se construyeron para defender a los nobles del ascenso de la burguesía, a la postre sirvieron de lanzadera para acelerar precisamente dicho ascenso y precipitar la caída de la nobleza.

Llega el capitalismo

EDAD MODERNA: Colonialismo y Revolución del Consumo

Capitalismo y ciencia

Capitalismo y ciencia crecieron  juntos. Cuando las ciudades se independizan de las garras de los grandes imperios y dependen del comercio y de sus propias habilidades para sobrevivir, se tiene que valorar necesariamente la racionalidad, el debate libre de las ideas y la ciencia…. Ocurrió con el surgimiento de la filosofía y la ciencia en el mundo jónico del siglo VI a. C., y volvió a ocurrir en las ciudades del Renacimiento europeo de los siglos XIV y XVCapitalismo y ciencia son el gran legado de Europa al mundo. En este sentido, todo el planeta se ha occidentalizado y puede considerarse en última instancia europeo.

Capitalismo e imperio

Imperio y capital también crecieron juntos. Aunque el capitalismo moderno surgió en ciudades comerciales políticamente independientes, pronto estas ciudades y sus actividades capitalistas fueron engullidas en la vorágine de la competición de los estados europeos por la supremacía politico-militar. Los dos primeros grandes imperios coloniales, Portugal y España, no supieron estar a la altura del capitalismo: maltrataban a los capitalistas, pues les pedían préstamos que no siempre podían devolver. Predominaba el imperio sobre el capital. Pero en los Países Bajos e Inglaterra se consiguió, ya a finales del siglo XVII, consolidar la deuda pública, de la que se hizo responsable el Estado, que asumió las reglas del capitalismo como propias. En este contexto, creció considerablemente la confianza en el crédito y el poderío económico de estos países. Naturalmente, los capitalistas preferían prestar su dinero a Inglaterra antes que a España, por lo que Inglaterra prosperó y España menguó.

La conquista del planeta por parte de algunos países europeos fue, ante todo, una cuestión de orgullo y rivalidad politico-militar. Había que llegar primero y colonizar antes que lo hiciera “el otro”. En este juego de poder los gobiernos dilapidaron en guerras de conquista o de supremacía las riquezas conseguidas en sus colonias. La conquista del mundo se justificaba como un acto de solidaridad, al llevar la religión verdadera y la única civilización posible al resto del planeta. Fue la burguesía la que más ganó con todo esto. Muchos conquistadores y comerciantes se hicieron ricos vendiendo azúcar, esclavos o plata, y así se amasaron las grandes fortunas que pusieron en marcha el capitalismo financiero y más tarde la revolución industrial. La depredación del planeta por parte de los países europeos más avanzados resultó un instrumento necesario para la acumulación capitalista. Mientras tanto, en la sociedad comenzó a abrirse una brecha insuperable entre los campesinos y los burgueses. Mientras éstos últimos se enriquecían, amplísimos grupos humanos vivían en la miseria, al margen del sistema económico.

Entre 1500 y 1900 el capitalismo comercial y financiero de la Europa occidental se fue imponiendo a nivel mundial a medida que Europa colonizaba el planeta. En este entorno colonial empresas capitalistas como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (1602-1799), y otras mas pequeñas, como la East India Company de Inglaterra (1600-1858), jugaron un papel importante, y también aparecieron las bolsas de valores (Amberes desde 1531, Ámsterdam desde 1612, y Londres desde 1698), que ofrecían participaciones en tales empresas, por lo que amplias capas de la población aprendieron en las metrópolis de la Europa occidental a buscar suerte en las bolsas, a apostar, a invertir y a especular.

La revolución del consumo

Dos grandes columnas sostuvieron el progreso acelerado del capitalismo y de la burguesía: el sistema financiero con el que se atrapó a los poderes político-militares, y la revolución del consumo con la que se atrapó a las masas.

Observemos la abundancia de términos que parecen sacados del siglo XX, y que se refieren a hechos anteriores a la revolución industrial. Por ejemplo, capitalismo financiero, que se desarrolló desde finales de la Edad Media, o revolución del consumo, que tuvo lugar durante el siglo XVIII. La revolución del consumo se define como un cambio de mentalidad y hábitos en las masas: se pasa de una mentalidad de subsistencia (producir o adquirir lo necesario para vivir) a otra de consumo regular de cosas que no son imprescindibles para la propia supervivencia, pero que poseen cierta capacidad adictiva o promueven la sociabilidad: té, café, chocolate, azúcar, tabaco, canela, pimienta, algodón… todos ellos productos de las colonias que pusieron las bases para el desarrollo de nuevos mercados, y crearon una mentalidad consumista capaz de dar salida a la producción fabril generada por las máquinas, que en última instancia hizo posible la revolución industrial.

Para conseguir esta revolución del consumo, el capitalismo comercial hubo de traspasar nuevamente sus propios límites (como ya hiciera al transformarse en capitalismo financiero)  e introducirse esta vez en el ámbito de la producción, principalmente en el terreno de la agricultura y la artesanía. La producción que transformaría radicalmente todos los ámbitos de la sociedad solo llegaría con la revolución industrial del siglo XIX, utilizando fundamentalmente mano de obra asalariada. Sin embargo, la producción capitalista que hizo posible la revolución del consumo utilizó mano de obra esclava y servidumbre. Los siervos del este de Europa y los esclavos de África levantaron Europa. Es curioso que el mundo capitalista actual se construyera sobre la base de un crecimiento masivo del trabajo no libre, pero este era el tipo de trabajo que predominaba antes del capitalismo, y que hizo posible su llegada.

Producción con mano de obra esclava

El coste humano de la modernidad fue muy elevado. Las epidemias que llevaron los conquistadores asolaron América, matando a la mayor parte de la población indígena y derrumbando sus culturas, muchas veces antes incluso de la llegada física del hombre blanco. El tráfico de esclavos destruyó África. Desde principios del siglo XVI hasta el siglo XIX unos doce millones de africanos fueron vendidos como esclavos y explotados hasta la muerte, que solía ocurrir a los pocos años, ya que era más barato reponer a un esclavo que impedir que muriera. Este vaciamiento del continente africano supuso el derrumbe de sus culturas.

La explotación de las minas de plata de Suramérica por parte de portugueses y españoles en el siglo XVI se había basado ya en trabajo forzado y en la opresión de los indios locales, que les provocó un enorme sufrimiento y a menudo acabó con sus vidas. Las plantaciones de azúcar, tabaco, arroz, café, algodón… en Asia, América y otras colonias constituían grandes empresas agrícolas que se especializaban en la producción de bienes de consumo masivo y alto valor destinados a la exportación, y con frecuencia se dedicaban al monocultivo. La economía esclavista era ineficiente, los esclavos no estaban motivados y de vez en cuando se sublevaban o saboteaban la producción. Esta economía no se hubiera podido mantener durante mucho tiempo. Sin embargo, la esclavitud no se abolió por sus deficiencias económicas: se fue prohibiendo entre 1833 (Reino Unido) y 1888 (Brasil) por las presiones políticas y los compromisos de carácter religioso-humanitario, y los movimientos reformistas en ellos inspirados. (En el Renacimiento europeo, junto con la ciencia, había surgido una base humanista que ya forma parte irrenunciable de nuestra cultura, y es capaz de ejercer una enorme presión llegado el momento).

Bajo la influencia del capitalismo, la esclavitud creció extraordinariamente y adoptó una brutalidad enorme. La industrialización se alimentaría de las ingentes ganancias procedentes del comercio de esclavos, y este comercio de esclavos fue uno de los pilares fundamentales que incentivó otros intercambios comerciales, la producción textil, la construcción de barcos y la economía, en general, de los países de la Europa occidental.

Producción con mano de obra servil

Europa occidental pudo afrontar la empresa del colonialismo y del ascenso del capitalismo porque Europa central y del Este se convirtió en su granero. En Europa occidental las tradiciones feudales eran débiles y el capitalismo las debilitó aún más. En Europa del este y central eran fuertes, y el capitalismo las usó en su beneficio, implantando desde el siglo XVI un capitalismo agrario orientado hacia la exportación, pero de un marcado carácter feudal. Se producía especialmente, cereales, que se reservaban para la lucrativa exportación hacia la Europa occidental, mientras que en el interior de estas regiones la vinculación de los campesinos y otros vasallos a la tierra se recrudecía, los señores expropiaban a los agricultores y así aumentaron las reservas señoriales y fomentaron la explotación a través del trabajo semiesclavo, dentro del sistema de corvea.

Se ha llegado a hablar de una «segunda servidumbre», que consistía en un capitalismo agrícola orientado hacia la exportación a gran escala y basado en el trabajo no libre, que recuerda al sistema de las plantaciones de orientación capitalista y fundamentado en el trabajo esclavo. Este capitalismo agrícola se desarrolló en áreas que presentaban una intensa tradición feudal, un escaso desarrollo de las ciudades y un mercado local poco evolucionado. Los señores celebraban contratos con comerciantes especializados en las transacciones con lugares lejanos, mientras que los campesinos, aislados y con una libertad muy limitada, apenas tenían acceso directo a los mercados. Ningún poder supralocal los protegía de la política de intereses y sin escrúpulos de los señores feudales, que practicaban una economía capitalista.

Producción con mano de obra asalariada

Por el contrario, las tradiciones feudales de los Países Bajos o Inglaterra eran débiles, las ciudades estaban muy desarrolladas y la demanda de productos del campo era elevada. El capitalismo evolucionó ya desde la Alta Edad Media gracias a este mercado interno, que produjo excedentes que pudieron invertirse en el comercio con zonas remotas. Su situación geográfica —en los márgenes del continente o en una isla— incentivó el comercio con zonas remotas desde la Edad Media y ambos países ejercieron un liderazgo indiscutido en el proceso de colonización del mundo desde el siglo XVI. Las tierras se compraban, se vendían y se arrendaban. Se desarrolló un mercado de capitales regional. Los habitantes de las ciudades participaban en la floreciente economía agrícola con una gran cantidad de fondos, que invertían y acumulaban. Se interesaban por la mejora de los métodos de cultivo y desarrollaban nuevos productos. Mientras tanto, los pequeños agricultores estaban expuestos a una enorme inseguridad y eran absorbidos por los grandes.

En los Países Bajos, el Estado protegía a los campesinos frente a las grandes empresas, por lo que se quedaron anclados en el sector comercial (exportación) y financiero capitalista; pero en Inglaterra, las poderosas élites aristocráticas o burguesas, en lugar de proteger a los agricultores, fomentaron el nacimiento de un capitalismo agrario de grandes empresas, que se desarrolló entre los siglos XVI y XVIII, y que estaba basado en la concentración de la propiedad, el arrendamiento y el uso de trabajadores asalariados. Se apostó por la producción y por llevar también el capitalismo a la artesanía. Los campesinos pobres optaron por emigrar a la ciudad, donde, en un momento posterior, estaban ya disponibles para la industrialización.

En ambos países se inició una proletarización y creció la desigualdad de ingresos y patrimonio. Alrededor del año 1550, el 50% de la población rural formaba parte de la clase social baja, que apenas tenía tierras o que carecía por completo de ellas. Un tercio de todo el trabajo que se realizaba en los Países Bajos (y no solo en la agricultura) procedía de empleados libres, que prestaban sus servicios a cambio de sueldos y remuneraciones. Se produjo una especie de revolución agraria. Se mejoraron los métodos de cultivo. El crecimiento de la población hizo subir los precios de los productos agrícolas, lo que animó a los terratenientes a comprar y roturar más tierras, y también a aumentar la superficie destinada a los pastos y la ganadería sistemática. La rotación de cultivos acabó de imponerse. La agricultura tradicional dio paso a otra orientada hacia la obtención de beneficios y ansiosa de novedades, y muchos de los empleados se mostraron dispuestos a trabajar más para conseguir un mayor salario. Hacia el año 1650 Inglaterra no solo satisfacía su creciente demanda interna, sino que exportaba los productos del campo. A mediados del siglo XIX, producía el doble que Francia y el triple que Alemania, Suecia y Rusia juntas.

Poco a poco, los comerciantes fueron introduciendo su capital en el sector artesanal, minero e industrial. Las innovaciones técnicas obligaban a depender cada vez más de la financiación de los comerciantes, y éstos pasaron a organizar las ventas e intervenir cada vez más en la empresa. Muchos dueños o socios se fueron convirtiendo en trabajadores asalariados. Muchas industrias caseras y talleres artesanales perdieron su independencia al ser contratados por los comerciantes, que daban salida a los productos más allá del ámbito local. Surgió una protoindustria textil, artesanal, metalúrgica, etc… muy dependiente de los comerciantes. 

La mentalidad precapitalista

La economía de plantación y la revolución del consumo, la revolución agrícola, la minería, la protoindustrialización… revolucionó el mundo de la producción, del mercado y del consumo antes de que el capitalismo comercial fuera sustituido por el capitalismo industrial en los siglos XIX y XX. Y cambió la mentalidad de la gente. Dio a millones de personas la posibilidad de sobrevivir y contribuyó a acelerar el crecimiento demográfico. El estilo de vida cambió y se volvió más moderno: las mujeres podían trabajar como los hombres, en sus domicilios o en diversos talleres. La vida de la gente quedaba ligada a las fluctuaciones del mercado. Surgían nuevas posibilidades de consumo y el acceso a los productos de las colonias, como el azúcar, el té y el tabaco, así como a novedades que se pusieron de moda por aquel entonces (el pan blanco en lugar del pan negro, las pipas de fumar de un solo uso, los relojes de bolsillo, las cortinas). Fue en este mundo de mercado y consumo, pero también de una artesanía descentralizada y cercana al ámbito doméstico, donde apareció esa educación para el trabajo disciplinado, racional y orientado hacia unos objetivos, que se puede interpretar como un primer paso hacia la industrialización que tuvo lugar a partir de finales del siglo XVIII en Inglaterra.

Durante los siglos XVI y XVII, en los soportales de la Real Lonja de Londres se exponían productos de las colonias, literatura comercial y anuncios, las compañías de seguros y los notarios ofrecían sus servicios, las redacciones de periódicos estaban representadas y los salones de café —hacia el año 1700 debió de haber entre cuatrocientos y quinientos en la ciudad— invitaban a informarse, consumir y charlar en ellos. En la vida cotidiana era muy normal prestar dinero y conceder créditos. Las asociaciones y los clubes crecieron como champiñones desde finales del siglo XVII. En ellos, sus miembros hacían vida social, preparaban sus luchas obreras, se aseguraban mutuamente, debatían y jugaban. Si se las analiza con detenimiento, se comprueba que las relaciones en el mercado exigen en gran medida competencia y participación individual, sí, pero también proporcionan confianza y son un instrumento de socialización.

Se incrementó la alfabetización, especialmente entre la población urbana, creció la difusión de periódicos, libros y catálogos de todo tipo, se dieron a conocer las innovaciones científicas, se valoró el saber práctico. Los viajeros que procedían del continente se quedaban muy sorprendidos ante la necesidad de ocio y la pasión por el juego que mostraban los ingleses, así como ante su avidez de novedades. En el siglo XVIII los juegos de azar y los deportes se explotaban comercialmente y la afición por las apuestas iba acompañada de una tendencia hacia el cálculo frío de probabilidades: carreras de caballos, partidos de críquet, peleas de gallos, lotería, bolsa… Las industrias de la cultura y del ocio vivieron un auge. La cultura social de las ciudades inglesas en los siglos XVII y XVIII se correspondía con los principios de la economía capitalista que se iba imponiendo, y dicha cultura facilitó la aparición del nuevo modelo económico y, a su vez, fue influida por este.

La Ilustración

Sin embargo, el capitalismo no fue realmente valorado hasta que no se difundió el espíritu de la Ilustración. Bajo la presión de las devastadoras guerras de su tiempo, autores como Grocio, Hobbes, Locke y Spinoza trabajaron en la determinación de las virtudes de la sociedad civil, con una orientación laica y bajo el signo de los derechos humanos, la libertad, la paz y el bienestar. Distanciándose claramente de la corriente principal de la antigua Europa, Montesquieu alabó en 1748 el comercio como una fuerza civilizadora que contribuía a superar la barbarie, limitar las agresiones y refinar las costumbres. Hablaba del «dulce comercio» (doux commerce) y otros autores, fundamentalmente, ingleses, franceses y neerlandeses como Bernard de Mandeville, David Hume, Condorcet o Thomas Paine, se expresaron en el mismo sentido.

Argumentaba que, si se perseguía de forma responsable los propios intereses, se favorecería al mismo tiempo el bien común, ya que la ventaja de unos no tenía por qué suponer el perjuicio de otros. Los negocios y la moral no eran necesariamente opuestos. El mercado ayudaba a sustituir la guerra de las pasiones por la lucha por los intereses y fomentaba virtudes como el trabajo y la perseverancia, la integridad y la disciplina. Se ensalzaron los nuevos principios capitalistas, y se esperaba que multiplicasen el bienestar y contribuyesen a crear un mejor marco para la convivencia humana, sin injerencias arbitrarias del Estado, con respeto hacia la libertad y la responsabilidad de cada cual, resolviendo los conflictos de forma pacífica y no mediante la guerra.

Adam Smith

En 1776, el ilustrado escocés Adam Smith formuló de un modo sistemático esta visión, en parte realista y en parte utópica, en su obra Una investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones. Smith no solo propuso un análisis profundo de los elementos fundamentales de la economía capitalista (la división del trabajo, el comercio, la creación de capital, la oferta y la demanda, los mecanismos de fijación de precios y, sobre todo, la capacidad de renunciar al lucro a corto plazo para obtener beneficios a largo plazo). Además, alabó el margen de libertad que va unido a los intercambios (incluido el intercambio de trabajo por salario), por oposición a la vejatoria dependencia personal que veía en la esclavitud, la servidumbre y el trabajo tradicional de los criados, que rechazaba.

No se empeñó con estrechez de miras en el laissez faire, por mucha importancia que diese a los intereses particulares y a las decisiones de los actores del mercado, sino que, más bien, asignó al Estado y a la sociedad civil importantes funciones sin las que, como bien sabía, no podría funcionar la economía de mercado. Tampoco pensaba que la economía fuera lo único importante. Partió del interés propio del ser humano como una base fiable para la acción, pero él no solo era economista, sino también filósofo de la moral. Abogaba por no sofocar el amor propio de los individuos, sino por dirigirlo de tal modo que pudiese contribuir al bien común. El mercado (por sí solo) no podría procurar la buena dirección. Antes al contrario, para ello se necesitaba la moral pública y unas instituciones hábilmente construidas, especialmente para regular de un modo adecuado las relaciones entre el gobierno, la sociedad y el mercado.

Smith criticó en buena medida la política económica británica de su tiempo, sobre todo en sus asuntos exteriores, que enfocaba todavía de una forma mercantilista y monopolística. La commercial society que describió sería un objetivo para el futuro. Era un reformista, pero veía en la extensión y el auge del capitalismo (el dulce comercio) la solución a los males sociales. Las debilidades del sistema (creciente desigualdad, coerción ejercida por unas reducidas élites frente a la resistencia de las masas) las pasó por alto pensando que se debían a la presencia de unas instituciones insuficientemente reformadas. Smith se daba cuenta de que los frutos del creciente bienestar se repartían de forma desigual o de que la privatización de las tierras comunales arruinaba la base de la existencia de grupos enteros de la población rural. Pero pensaba que todo eso finalizaría cuando el orden económico se adaptase a una sociedad de individuos responsables, que Condorcet y otros ilustrados habían imaginado como ideal. Estaba convencido de que son los particulares quienes mejor pueden juzgar sus propios intereses y creía que es posible crear un orden responsable sin necesidad de aplicar un plan general ideado por el Estado. Vista la experiencia de los siglos anteriores, desconfiaba de la sabiduría de los gobernantes y de la inteligencia de la tradición. Cierto que el capitalismo se imponía o se establecía a través de la coerción ejercida por unas reducidas élites frente a la resistencia de las masas, pero también podía ser atractivo para los comerciantes y los empresarios, así como para los intelectuales y, probablemente, para mucha gente normal, como crítica práctica de las antiguas injusticias, como promesa de retribuciones justas para un esfuerzo exitoso, como creador de bienestar y como sistema unido a la libertad.

Analizándola con perspectiva, queda claro que esta visión no era infundada: los Países Bajos e Inglaterra fueron los dos Estados que, a finales del siglo XVIII, estaban más cerca del ideal de la commercial society que defendía Smith y eran también los Estados de mayor prosperidad y probablemente también los más libres de Europa. Pese al crecimiento de las desigualdades sociales que se observó durante el establecimiento del capitalismo, el aumento del bienestar que llevaba aparejado era lo suficientemente elevado como para garantizar que los ingresos de los obreros entre los años 1500 y 1800 en Londres y Ámsterdam se incrementasen desde el punto de vista nominal y se estancasen desde el punto de vista real, mientras que en el continente, por ejemplo en Viena y Florencia, se estancaron en lo nominal y cayeron en lo real. Las desigualdades en materia de bienestar entre la Europa noroccidental (especialmente Inglaterra) y la mayor parte del continente crecieron considerablemente hasta 1800, pese a que en 1500 apenas existían. Aquello significaba mucho, no solo para las élites, sino también para la amplia mayoría de la población. Mientras que en la Europa Central los efectos devastadores (el pauperismo decimonónico) de las crisis de abastecimiento de los «hambrientos» años cuarenta del siglo XIX se multiplicaron, estas crisis apenas afectaron a Inglaterra o lo hicieron de un modo mucho menos intenso. En aquel país se había superado en torno a 1800 la trampa malthusiana —el economista Thomas Malthus aseguró a principios del siglo XIX que, si no se tomaban las medidas políticas oportunas, la población iba a crecer más rápido que los alimentos disponibles—. En la mayor parte de Europa, sin embargo, aquello solo se consiguió unos decenios más tarde, cuando se extendió la industrialización. Para cientos de miles de personas, se trataba de una cuestión de supervivencia.


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