La revolución neolítica

Revolución neolítica

Revolución neolítica

Durante cientos de miles de años, los seres humanos cazaron y recolectaron. Hace entre 12.000 y 10.000 años, se produjo un cambio trascendente en el modo de vida de las gentes: la revolución neolítica. No ocurrió de la noche a la mañana, sino que fue un proceso lento, gradual. De una generación a la siguiente apenas se apercibía cambio alguno, pero al cabo de unos pocos siglos, algunas bandas de cazadores-recolectores se habían convertido en aldeas agrícola-ganaderas. Un gran paso para la civilización, pero una trampa mortal para las personas individuales, que disminuyeron irremisiblemente su calidad de vida.

Para que el ser humano comenzara a domesticar las plantas y los animales fue necesario, en primer lugar, que apareciera un humano con una avanzada capacidad lingüística, cultural y social: el homo sapiens de los últimos 100.000 años. En segundo lugar, fue necesario que la glaciación que predominó durante todo ese tiempo llegara a su fin, ya que durante una glaciación el clima fluctúa de un año para otro proporcionando condiciones muy inestables para la práctica de la agricultura. Eso ocurrió aproximadamente hace unos 12.000 años. En tercer lugar, solo unas pocas de las miles de especies que nuestros antepasados cazaban y recolectaban eran aptas para ser domesticadas, y dichas plantas proliferaron en lugares muy concretos de la era posglaciar. Fue en esos pocos lugares donde se inició la agricultura y desde donde se extendió al resto del planeta. Así se domesticó el maíz y la patata en América, el mijo y el sorgo en África, el arroz y el trigo en Asia…

En cuarto lugar, y muy importante, fue necesario que algo obligara a esos grupos a cambiar su modo de producción. Si el tradicional sistema de caza y recolección hubiera seguido funcionando como hasta entonces, no se hubiera producido la revolución neolítica, pero algo ocurrió y ya no se pudo mantener el viejo sistema. Conforme se derretían los hielos, el mar fue cubriendo buena parte de las costas, y el cambio climático comenzó a desertizar buena parte de los territorios que antes habían sido fértiles, como el Sahara o Mesopotamia. A los seres humanos, con glaciación o sin ella, les iba muy bien, por lo que cada vez había más grupos humanos, pero menos tierras para ellos. Fue una de las épocas más violentas de la prehistoria, pues los grupos de cazadores-recolectores chocaban entre sí por la falta de espacio. Al tener que obtener su alimento en menos espacio, muchos grupos se vieron obligados a hacerse sedentarios, cultivando sus plantas y domesticando sus animales.

Cómo ocurrió

Hace unos 12.000 años, en las altiplanicies de Próximo Oriente crecían grandes cantidades de trigo silvestre, al que el nuevo clima posglaciar, cálido y lluvioso, favoreció sobremanera. Puesto que ahora era difícil moverse libremente a causa de la falta de espacio, allí donde los recursos alimenticios eran particularmente abundantes, las bandas de cazadores-recolectores se establecían en campamentos estacionales e incluso permanentes. La gente empezó a comer más trigo silvestre, y sin darse cuenta, favoreció su expansión, puesto que muchos granos caían a lo largo del sendero y alrededor de los campamentos. Hace unos 11.500 años ya había en la península de Anatolia bastantes poblados sedentarios, allí donde abundaba el trigo silvestre y también la caza.

Acuciados por la falta de espacio y la necesidad de garantizar la continuidad de una vida sedentaria, estos poblados establecieron una simbiosis entre la humanidad y el trigo, todo un éxito evolutivo para ambas especies, ya que produjo un mayor número de individuos, pero una verdadera tragedia para estos individuos, ya que se volvieron más dependientes y vulnerables. Plagas, enfermedades y otros desastres podían atacar ahora más fácilmente a un campo de trigo o a los miembros de una aldea. Los individuos se tornaron menos resistentes y autosuficientes.

Las personas comenzaron a dedicar cada vez más tiempo de sus vidas a la recolección y procesamiento del trigo silvestre, y esa especialización las volvió cada vez más analfabetas acerca del resto de amplios conocimientos y técnicas que habían dominado anteriormente. Construyeron graneros para almacenar el trigo y superar épocas de escasez. Inventaron nuevas herramientas y utensilios, como guadañas de piedra para recolectar y morteros y manos de mortero de piedra para moler. Llenaron sus chozas de muebles, utensilios y artefactos ahora que su vida sedentaria no les forzaba a constantes mudanzas. Hace unos 11.000 años, la mayoría de estos poblados no se limitaban a recolectar granos silvestres, sino que seleccionaban algunos para sembrarlos. Comenzaron a labrar los campos, y con el tiempo refinaron los sistemas de cultivo, de regadío, de fertilización y de control de plagas y malas hierbas.

Gracias a la revolución neolítica, los granos cultivados llegaron a ser mucho más gordos que los silvestres, pues se seleccionaban constantemente las mejores semillas. El trigo podía cultivarse en cada valle, mientras que el trigo silvestre no estaba disponible en todas partes y en cantidad suficiente. Al final, para obtener el pan nuestro de cada día se utilizó únicamente trigo cultivado, pues el silvestre quedó bien esmirriado por comparación. Paralelamente al cultivo de trigo se domesticaron cabras y unas pocas especies animales y vegetales (muy pocas, en verdad), que complementaban casi la totalidad de la dieta y los recursos de los agricultores y ganaderos. Todos los animales domésticos los hemos creado nosotros sin darnos cuenta, mediante un proceso de selección artificial, gracias al cual hemos conseguido que las vacas produzcan litros de leche, las ovejas kilos de lana, las gallinas pongan huevos grandes a diario, etc…

Hace 10.500 años, Próximo Oriente estaba salpicado de aldeas agrícola-ganaderas donde había gran cantidad de alimento, pero escasa variedad. Durante los siguientes milenios, historias similares hicieron surgir la agricultura y la ganadería de forma independiente en otras pocas regiones del mundo, desde donde la revolución neolítica acabaría extendiéndose por todo el planeta.

La agricultura y la ganadería permitió alimentar a más gente con menos espacio. Mientras que una banda de cazadores-recolectores raramente superaba el centenar de personas, una aldea podía alimentar a varios cientos, y además las aldeas podían construirse muy cerca unas de otras. Como consecuencia de todo ello, la población mundial comenzó a aumentar y el regreso a un estilo de vida cazador-recolector por parte de la mayoría se tornó imposible. La especie humana había podido entrar en la trampa, pero no le fue posible salir de ella.

Sostenibilidad, violencia e igualdad

Sostenibilidad

La práctica de la agricultura y de la ganadería supone uno de los más graves atentados contra la biodiversidad del planeta, pero durante los primeros 5.000 años, antes de la aparición de los Estados e Imperios, las aldeas agricola-ganaderas eran pocas —meros puntitos en el mapa— y rodeadas de exuberante y salvaje naturaleza. Las aldeas se construían junto a las riberas de los ríos, que reponían la fertilidad de la tierra, y también se usaba para ese fin el estiércol animal. Este modo de vida era sostenible, aunque atentaba contra el planeta un poco más que el modo de vida cazador-recolector.

Pero al haber más cantidad de comida, las mujeres se podían permitir tener más hijos, casi uno por año. Los bebés se destetaban pronto, y se alimentaban con gachas y avena. Para poder alimentarlos había que cultivar más campos, cayendo hasta el día de hoy en la trampa o círculo vicioso: “si trabajamos siempre un poco más, llegará el día en que viviremos mejor y ya no tendremos que trabajar tanto.” Ese día nunca llega, porque el excedente conseguido se invierte en más hijos, más trabajo y más esclavitud.

Mayor cantidad de comida no significaba mayor calidad o variedad, sino todo lo contrario, por lo que las defensas bajaban y las enfermedades y la mortalidad infantil subían. La seguridad alimenticia era menor con la llegada de la revolución neolítica, al depender de muy pocas especies, y muy expuestas a sequías, plagas, saqueos, etc. A pesar de todo, siempre sobrevivían suficientes niños para trabajar los campos y acrecentar  la población.

Por lo tanto, aunque este modo de vida que trajo la revolución neolítica era sostenible, también era esclavizante. El aldeano tenía mucho menos tiempo de ocio que el cazador-recolector, muchos menos estímulos y conocimientos generales acerca de su entorno, su alimentación era muy limitada y desequilibrada, trabajaba más y comía peor que el cazador-recolector. Dependía para su supervivencia de las condiciones climáticas, ausencia de sequías, plagas, ladrones e inundaciones. Los animales domésticos transmitían enfermedades infecciosas y la falta de higiene de las aglomeraciones humanas eran foco permanente de enfermedades. Los fósiles encontrados nos indican que los cazadores-recolectores tenían menos probabilidades de padecer hambre o desnutrición, y eran generalmente más altos y sanos que sus descendientes campesinos. Pero el mayor crecimiento demográfico de los aldeanos conseguía que las aldeas se multiplicaran, arrinconando a los cazadores-recolectores a los lugares más inhóspitos del planeta.

Violencia

En las aldeas agrícola-ganaderas que hizo posible la revolución neolítica, el hambre llega tarde o temprano, porque depende de muchos factores, algunos aleatorios e impredecibles. Las plagas son más probables en los cultivos humanos que en la naturaleza salvaje, y también están más expuestos a las sequías, inundaciones y bandidaje. Las aldeas de un mismo valle o de valles vecinos pueden vacunarse contra estas desgracias a través de un sistema de redistribución de alimentos.

Más difícil es liberarse de la violencia en estas sociedades. Al depender la supervivencia de un mayor número de artefactos, tierras y disposiciones culturales, el número de disputas se acrecienta; y al tratarse de sociedades igualitarias donde cada uno tiene que tomarse la justicia por su mano, o más tarde sociedades jerarquizadas donde un cabecilla o cacique se rodea de una camarilla de aduladores y se adueña de los recursos y del poder, el número de muertes violentas alcanza niveles insuperables.

Con el paso de los milenios, surgieron pueblos que se especializaron precisamente en el saqueo de aldeas. Eran pueblos pastores, nómadas, que se trasladaban con sus rebaños y ordeñaban las aldeas a su paso, ejerciendo la violencia sobre sus habitantes, robando sus graneros y su ganado. La vida de las pobres gentes se convirtió en un infierno.

La violencia institucionalizada surgió más tarde en las ciudades, Estados e imperios, hace unos 6.000 años, y ese es el problema actual al que nos enfrentamos, ese es el problema que tenemos que resolver hoy en día. Paradógicamente, la violencia se institucionalizó para acabar con una violencia aún mayor, no institucionalizada. Por muy cruel y guerrero que fuera un imperio, la presencia de un ejército y una policía forzaba una paz muy beneficiosa para la mayoría. Las muertes violentas disminuían. En conclusión, el nivel de violencia alcanza su máxima expresión histórica en el estadio avanzado de las aldeas agrícola-ganaderas.

Igualdad

Aunque los cazadores recolectores podían tener relaciones con bandas vecinas, se trataba de grupos autosuficientes que pasaban la mayor parte del tiempo en completo aislamiento. La vida en aldeas implica una mayor interacción social con otros grupos. En estas comunidades, las familias dependen unas de otras, y de su relación con aldeas vecinas (intercambio de productos, defensa común, etc).

En general, la igualdad se mantuvo con la llegada de la revolución neolítica, o quizás disminuyó un poco con respecto a la igualdad de las bandas de cazadores-recolectores. Disminuyó un poco más cuando en las aldeas surgieron jerarquías, con un cabecilla al frente, rodeado de unos pocos nobles que podían competir por la jefatura. Pero la desigualdad más implacable va a ser la desigualdad institucionalizada por los Estados (sociedades estratificadas).

La desigualdad requiere que previamente exista división del trabajo. La división del trabajo no implica desigualdad; es necesario, además, que unos trabajos se valoren más que otros, de manera que proporcionen mayor prestigio (y más riqueza y poder en las sociedades complejas).

En las bandas de cazadores recolectores, la división del trabajo se hacía en función del sexo, la edad y la experiencia. En las aldeas surgió una mayor división del trabajo: junto a la agricultura y la ganadería, había gran cantidad de oficios: cestería, alfarería, tejidos, metales, construcción… más tarde surgieron jefaturas que controlaban los recursos y el poder, pero siempre de una forma muy personalizada. El salto final en la división del trabajo se dio con la llegada de los Estados, verdaderas máquinas que profesionalizaron la gestión de las sociedades.

En las sociedades sencillas que aparecieron con la revolución neolítica, las diferencias de valor entre unas funciones y otras no son significativas. En general, todo el mundo es pobre, aunque diversas personas puedan realizar diversas funciones y obtener así prestigio. Con el tiempo aparecen algunas personas más destacadas porque sus funciones les permiten obtener poder y acceso a mayores recursos. A medida que las sociedades se hacen complejas, las aldeas se transforman en ciudades y las jefaturas en Estados. Entonces las diferencias de prestigio, poder y riqueza se solidifican culturalmente hasta crear verdaderos estratos o capas sociales. La vida en las aldeas comenzó siendo pacífica, igualitaria y sostenible, pero evolucionó irremediablemente hacia formas más complejas o civilizadas, donde se institucionalizó la violencia, la desigualdad y la insostenibilidad.


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