La división del trabajo

La aparición del excedente forzó una nueva división del trabajo y nos abocó a un mundo terriblemente injusto y desigualitario. ¿Por qué? Porque alguien hubo de encargarse de su administración, defensa, redistribución, etc.

Estas nuevas funciones de gobierno o gerencia pudieron ejercerse —y se ejercieron— de muy diversas maneras, desde las más justas hasta las más injustas, pero resultó que las formas más eficientes —y las que por ello ganaron la partida de la selección cultural— fueron aquellas que requerían explotar y esclavizar a la mayoría de la población.

Las sociedades que ejercieron ese estilo de dirección atroz sobrevivieron, crecieron, se hicieron poderosas, engulleron a las sociedades de su alrededor y conquistaron fácilmente a las que implementaban otros estilos de administración, quizás más justos y respetuosos con las personas.

La igualdad fue posible mientras los grupos humanos se limitaron a recoger directamente los recursos de su entorno, o a producirlos en pequeñas cantidades para satisfacer sus necesidades básicas. Dejó de ser posible cuando una minoría de personas hubo de encargarse de las tareas administrativas, asegurándose de incrementar el excedente a toda costa, y haciendo acopio del máximo de recursos posible para alimentar a la propia máquina administrativa y a los administradores.

La sociedad se escindió en dos polos opuestos que se necesitaban mutuamente, pero muy desiguales: los gobernantes y los gobernados. La riqueza, el poder y el conocimiento se decantaron, como es natural, hacia el lado de la minoría gobernante, y abandonaron a la mayoría de la población a su suerte. La evolución cultural empezó a asemejarse a la imagen más terrible de la evolución biológica, donde “el pez grande se come al chico” y predomina la “ley de la selva”, la ley del más fuerte.

División del trabajo

Así pues, el excedente produjo una cierta división del trabajo, y esa división del trabajo provocó el mundo que no queremos: el mundo que queremos cambiar o sanar.

Caza y recolección

La división del trabajo ha existido probablemente desde siempre, pero ha evolucionado de menos a más. Las sociedades igualitarias organizadas en bandas de cazadores-recolectores poseen una división del trabajo basada en variables biológicas, como la edad, el sexo, la filiación o las capacidades y habilidades personales. Existe en estas sociedades diferenciación social sin desigualdad social. Es decir, distinguimos diferentes categorías sociales, pero no se asigna a ninguna de ellas un menor acceso a los recursos, servicios y oportunidades de alcanzar prestigio.

Un niño pequeño no puede acarrear mucho peso, una mujer embarazada no puede alejarse mucho de su bebé, un anciano quizás ya no puede cazar y un cazador experimentado quizás no sepa contar historias. No obstante, estas limitaciones no impiden que las personas realicen funciones útiles para el grupo. Todo el mundo puede obtener prestigio dentro de su categoría social. Las diferencias no producen división social, se aceptan con normalidad y se integran en una unidad social sin fisuras: como una gran familia.

Agricultura y ganadería

Cada cazador-recolector podía conseguir alimento, construir herramientas, etc… Disfrutaba de un alto grado de autosuficiencia y conocimientos generalizados útiles para su supervivencia. Con la llegada de la agricultura y la ganadería, las personas nos especializamos en determinadas tareas u oficios: campesino, ganadero, tejedor, ceramista, artesano, constructor, leñador, etc.

En general, la especialización o mayor división del trabajo supuso un embrutecimiento personal: mayor ignorancia acerca de todo, excepto de aquellas rutinas en que nos especializábamos. Disminuye el grado de autosuficiencia personal, aumenta el grado de dependencia social. Unas tareas proporcionan más prestigio que otras, y la división del trabajo comienza a traducirse en división social. Una aldea requiere más organización que una banda. Aparecen los líderes naturales o grandes proveedores, que se encargan de animar la producción y de que todo funcione óptimamente.

La agricultura y la ganadería resultaron una trampa en la que cayó, sin poder evitarlo, la humanidad. Para las personas individuales supuso menos tiempo de ocio, más trabajo, más rutina, menos estímulo, peor calidad nutricional, peor salud, mayor dependencia del conjunto social y de los líderes naturales. Aunque al principio se conservó la igualdad social, ésta desapareció cuando los líderes empezaron a acumular poder además de prestigio, surgiendo así las primeras Jerarquías. La gerencia o administración de la sociedad se institucionalizó, escindiendo a la humanidad en dos clases muy desiguales: gobernantes y gobernados.

Sociedades complejas, estatales o urbanas

Las sociedades agrícolas avanzadas o complejas se caracterizan por la presencia de estos gerentes o administradores ya institucionalizados y bien establecidos, dando lugar a los Estados y a la vida en las ciudades.

La función de los gerentes consiste en hacer cosas a través de otras personas. Los líderes naturales habían conseguido que las cosas se hicieran, pero habían sido ellos los primeros en arrimar el hombro y ponerse a trabajar como uno más. Ahora, la creciente división del trabajo, los separa del resto, los especializa para que se dediquen únicamente a las tareas administrativas. Ellos toman decisiones, asignan recursos y dirigen las actividades de otros a fin de alcanzar ciertas metas. Convierten la sociedad entera en una organización llamada Estado, que ya no va a poder prescindir de ellos. Se han institucionalizado. Y la sociedad se ha estratificado, se ha dividido en clases sociales

Los gerentes, directivos, administradores o, simplemente, gobernantes, son los encargados de supervisar las actividades de otros, y los responsables de establecer y alcanzar metas para la sociedad y el Estado. Estas metas se normalizan a través de las diversas instituciones y son percibidas por la población como el sentido último de la vida social. De esta manera, el Estado controla a la gente. El Estado existe para definir estas metas y establecer los medios para alcanzarlas.

Nuestra sociedad contemporánea

Durante casi toda la historia de la civilización, las diferentes formas de administración —política, militar, religiosa, económica, etc…— estuvieron muy conectadas entre sí. El Rey o Emperador era también sumo sacerdote, jefe supremo de los ejércitos y dueño absoluto de los territorios, riquezas y vidas contenidas en ellos.

En el mundo contemporáneo se ha dado un paso más en la especialización de estas diferentes formas de administración, adquiriendo cada una de ellas mayor independencia y capacidad de competir entre sí. De hecho, en la actualidad, el poder económico controla el poder político, y a través de él, todo lo demás. Pero en teoría, cada forma de poder posee su propia autonomía.

Otra característica de nuestra actual sociedad de clases capitalista es la mayor movilidad social y la menor desigualdad social con respecto a las anteriores estructuras sociales: esclavismo, servidumbre, castas, estamentos… En cualquiera de estas estructuras del pasado de nuestra civilización, la diferencia entre administradores y administrados era mayor, y la posibilidad de ascender a través de la estructura social era menor. Pero esta realidad no debe hacernos caer en la ilusión de que vamos por el buen camino y de que el mundo está sanando.

división del trabajo

Prestigio, poder y propiedad

Son las tres formas en que podemos medir la desigualdad social. El prestigio o estatus es la más básica, y la única significativa en las sociedades igualitarias. Es una medida de la utilidad que tiene una persona para el grupo o comunidad en que vive. Todos necesitamos sentirnos útiles y cumplir una función importante en nuestra sociedad.

El mejor cazador o el mejor artesano obtiene mayor prestigio, obtiene el reconocimiento de sus semejantes, que le otorgan una posición más destacada. El prestigio puede ganarse o perderse, dependiendo de las decisiones acertadas o no, o incluso de la suerte. En cada partida de caza puede ser un cazador diferente cada vez el que obtenga mayor prestigio.

Todo el que hace una tarea útil para el grupo obtiene prestigio y reconocimiento por parte del grupo. En las sociedades igualitarias todo el mundo obtiene prestigio, porque todo el mundo hace de todo: trae alimento, construye herramientas, salva al grupo de algún peligro, concilia las fuerzas de la naturaleza y promueve la armonía en el grupo. El reparto y distribución constante de prestigio es lo que mantiene al grupo cohesionado y organizado. También se castigan las conductas perjudiciales para el grupo (a los gorrones, a los tiranos) retirándoles el prestigio. De esta manera, el grupo ejerce presión para que las cosas funcionen como deben funcionar.

En las sociedades igualitarias el poder y la propiedad no son significativos, porque todo el mundo posee más o menos el mismo poder y la misma propiedad. Con la aparición de las sociedades complejas o estatales, el poder cobra suma importancia. Realmente hay una separación clara entre dirigentes y dirigidos, surge la capacidad de dirigir o administrar a otros, y también comienza, de forma paralela, a haber una diferencia apreciable entre las propiedades o posesiones de unos y otros.

El poder es una medida política y tiene que ver con la capacidad de gobierno o gerencia (la capacidad de decidir sobre las actividades de los demás). La propiedad es una medida económica y está relacionada con el concepto de clase social o grupo económico. El prestigio puede considerarse una medida social, o del grado de reconocimiento que te otorga la sociedad. Evidentemente, las tres medidas están muy conectadas. El poder te permite enriquecerte y viceversa, la riqueza te permite controlar al gobierno. La mayoría de la sociedad otorga prestigio al rico y al poderoso.

La estructura social se puede percibir como un conjunto de posiciones o huecos disponibles que dibujan las diferentes instituciones, organizaciones, grupos, etc. Cada posición de la estructura lleva asociada una cuota de poder, propiedad y prestigio. Las diferentes profesiones, oficios u ocupaciones nos sitúan en una clase social determinada, y se le asigna un prestigio en función de riqueza y poder asociados a ellos. Podemos aumentar el prestigio personal si realizamos alguna heroicidad (como arriesgar la vida por salvar a otro) o si nos comportamos siempre con honestidad, etc. Pero aumentar significativamente nuestra cuota de poder o propiedad requiere normalmente subir en la escala de las clases sociales, es decir, ocupar una nueva posición en la estructura social.

¿Existirá alguna forma de repartir igualitariamente el poder, la riqueza y el prestigio, como en las sociedades sencillas de nuestros antepasados, pero manteniendo la complejidad social de hoy en día? ¿Es posible diseñar una tal estructura social?


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