Formas de intercambio

El economista Karl Polanyi distingue tres formas de intercambio de bienes y servicios: el recíproco, el redistributivo y el mercantil, que se corresponden respectivamente con las bandas de cazadores-recolectores, las aldeas agricola-ganaderas y las civilizaciones urbano-estatales.

Ninguna de las tres formas de intercambio requiere necesariamente la utilización del dinero, pero las tres pueden hacer uso de él. El dinero es un bien más, que se intercambia de alguna de las tres maneras mencionadas. No es la presencia o ausencia de dinero lo que caracteriza a un modo u otro de intercambio. Históricamente, el dinero nace en una etapa avanzada del sistema mercantil, habiendo sido desconocido hasta entonces.

Desde que aparecimos sobre la faz de la tierra, hace unos dos o tres millones de años, y hasta hace tan solo unos 10.000 años, la gente vive en pequeños grupos de cazadores-recolectores, compuestos por unas 20-40 personas. Son autosuficientes porque apenas tienen contacto con otros grupos. Son igualitarios porque no producen excedente que se pueda repartir bien o mal. Todos tienen lo básico, lo justo para subsistir, lo que pueden llevar en las manos o a la espalda en sus continuas migraciones. Tampoco hay jefaturas ni personas que ostenten formalmente el poder y que deban ser obedecidas forzosamente por el resto del grupo. Todo se comparte y el intercambio de bienes y servicios se efectúa en forma de regalos recíprocos.

Hace 10.000 años aparece la agricultura y la ganadería, y surgen las primeras aldeas, también autosuficientes e igualitarias al principio. La economía sigue siendo de subsistencia, con un excedente mínimo, pero ahora la población ha aumentado, la producción es más variada y las aldeas vecinas juntan el poco excedente que pueden reunir en un único lugar, desde donde se reparte a todos para compensar las posibles desigualdades que surgen aleatoriamente (sistema de intercambio redistributivo).

Pero la cosa se va complicando a medida que se acumula el excedente, y hace unos 6.000 años, una minoría de personas se hace con el poder, gestionando las obras de riego necesarias para producir ese excedente, construyendo almacenes para guardarlo, ejércitos para defenderlo, templos y sacerdotes para propiciarlo, palacios y burocracia para exigirlo a las masas y para administrarlo… Esta nueva clase organizadora regula el comercio a larga y corta distancia, institucionalizando el mercado como sistema de intercambio.

En resumen, aparece la civilización, las ciudades, los estados, la sociedad compleja y estratificada que ha llegado hasta nuestros días, en la que una minoría se adueña de los recursos de la comunidad (y de las comunidades vecinas, construyendo gigantescos imperios) y somete a la mayoría. Se crean complejos macrosistemas político-económicos que impiden a la gente construirse como personas y como comunidad. El capitalismo no es mas que la fase final de este sistema de intercambio mercantil.

Veamos algo más pormenorizadamente cada uno de estos tres tipos de intercambio.

Sistemas de intercambio

1.- Intercambio recíproco

Es propio de las sociedades igualitarias primitivas, organizadas en grupos familiares. Los asociados toman según su necesidad y devuelven sin ninguna regla establecida de tiempo o cantidad. Por la mañana, un grupo de adultos sale a cazar o recolectar. Vuelven al atardecer y todo el alimento que han encontrado se comparte por igual, independientemente de que los receptores hayan pasado el día durmiendo o cazando. A la mañana siguiente, otro grupo distinto sale del campamento y cuando regresa al atardecer, se repite la distribución de alimentos.

La población mundial ronda los tres millones de personas. Se vive en grupos pequeños, muy separados unos de otros, prácticamente autosuficientes, y compuestos por unas 30 personas emparentadas entre sí, formando una gran familia. Hay unos cien mil grupos en toda la tierra y cada grupo disfruta de los recursos de un amplio espacio natural, que le permite obtener o producir todo lo que necesita.

Los intercambios se hacen a base de regalos. Se ofrecen generosamente, aunque tienden a ser recíprocos y a “compensarse”. Se da y se recibe, según la capacidad y según la necesidad. Digamos, no obstante, que existe la propiedad privada: objetos que son de cada cual, como las propias armas o herramientas que uno ha fabricado y que los demás no pueden coger o usar sin permiso. Se intercambian por medio de regalos. Te ofrezco lo que es mío, porque es mío, y porque te lo doy, pasa a ser tuyo.

Cualquiera puede construirse sus propios objetos, herramientas, etc, o darlos o recibirlos en forma de regalos, que hermanan a quienes los realizan y forman parte de las relaciones sociales. El intercambio de bienes y servicios no está separado del resto de los procesos propios de la convivencia y de las relaciones humanas. Las pequeñas desigualdades no se tienen en cuenta, porque a la larga se nivelan. El grupo sólo ejerce presión sobre los gorrones empedernidos y, aunque no se reconoce abiertamente la necesidad de que la balanza acabe nivelándose, todo tiende a que así suceda. El reparto igualitario de los bienes y servicios es la norma no escrita en estas sociedades y todas las relaciones confluyen hacia su consecución.

Actualmente, los amigos intercambian regalos en Navidad y en el día del cumpleaños; las esposas no cobran a los maridos por cocinar la comida o viceversa; y, en general, en todas las relaciones de parentesco o de amistad se realizan transacciones de toma y daca de carácter informal y “desinteresado”, pero basadas realmente en el principio de la reciprocidad. Así era antes para todo tipo de intercambio en el estadio evolutivo de la tecnología de producción basada en la caza y la recolección.

2.- Intercambio redistributivo

Es propio de las primeras sociedades agrícolas y ganaderas. Esta tecnología de producción de alimentos -agricultura y ganadería- es capaz de producir pequeños excedentes. La población mundial se multiplica por 30, pasando de los 10 millones a comienzos del neolítico a los 300 millones a comienzos de nuestra era. Aparecen aldeas de 200 o más miembros, cuya proximidad en un mismo valle o en valles vecinos les permite organizarse conjuntamente para la defensa o para el intercambio de bienes y servicios.

Los productos del trabajo de varios productores se llevan a un lugar central, se clasifican por tipos, se cuentan y después se distribuyen entre productores y no productores indistintamente. Todo esto se hace en forma de fiesta o festín y a quien lo organiza todo le podemos llamar redistribuidor o “gran hombre”, y es una especie de líder muy apreciado en la comunidad. Su presencia es necesaria, pues producir y llevar simultáneamente grandes cantidades de bienes a un solo lugar y distribuirlos en partes definidas requiere un gran esfuerzo de coordinación. Estos “grandes hombres” consiguen que mucha gente trabaje y produzca para que haya mucho que repartir y ellos y su aldea puedan ganar prestigio.

La redistribución, en principio, es como una extensión de la reciprocidad. Los redistribuidores intentan atraerse productores e intensificar la producción, compiten unos con otros en dar los festines más grandes, para obtener mayor prestigio, por lo que aumentan la productividad de la región. Un conjunto de productores empobrecidos puede acudir a los festines dados por otros redistribuidores para llevarse tantas provisiones vitales como puedan, recordando a sus anfitriones cuán grandes fueron los festines que ellos dieron en años anteriores. De este modo se palían los efectos de los desastres productivos de carácter local, se ataja la pobreza, se ahorra para años malos, etc…

En las sociedades igualitarias el intercambio corre a cargo de un redistribuidor que ha trabajado más duro que nadie para producir los artículos que se van a distribuir y que guarda para sí mismo la parte más pequeña o nada. No gana otra cosa que la admiración de sus beneficiarios, y de esta manera contribuye a que la redistribución sea posible, con todas las ventajas que eso conlleva. Pero en las sociedades jerarquizadas (aquellas que poseen una tecnología de producción agrícola y ganadera algo más desarrollada) los “grandes hombres” se convierten en “jefes” con poder para obligar a otros a cumplir sus órdenes, se abstienen de trabajar en el proceso de producción, se quedan con la mayor parte de esa producción y terminan con más posesiones que nadie. Se rodean de una camarilla de “nobles” que le secundan y explotan a los de “abajo”. Los trabajadores son obligados a contribuir a los fondos centrales o sufrir castigos y puede que no se les dé nada a cambio. Pierden el acceso a los medios de producción, el control sobre el proceso de producción y el derecho a disponer de lo producido.

3.- Intercambio mercantil

Cuando las aldeas se convierten en ciudades, y surgen los Estados y las clases sociales… todo se complica. Aparecen hace unos 6.000 años las sociedades estratificadas, que son el tercer tipo de sociedad (los dos primeros son las sociedades igualitarias y las sociedades jerarquizadas).

Para poder distribuir adecuadamente los productos, se necesita ponerles un precio. Entonces se habla de economía de mercado. Durante miles de años no se utiliza el dinero como instrumento de cambio, sino el trueque. Los artículos de consumo se intercambian unos con otros de similar valor, pero la invención del dinero (al principio conchas, semillas, etc…) facilita enormemente las transacciones de mercado.

La presencia de dinero no implica forzosamente intercambio mercantil: se puede hacer un intercambio recíproco usando dinero (como cuando un amigo otorga un préstamo sin especificar cuándo hay que devolverlo) o un intercambio redistributivo (como en la recaudación de impuestos). No obstante, el mercado es otra cosa, puesto que siempre especifica con exactitud el tiempo, la cantidad y la forma de pago. Además, a diferencia de la reciprocidad o la redistribución, una vez concluido el pago en dinero, no existen posteriores obligaciones o responsabilidades entre comprador y vendedor. Pueden separarse sin volverse a ver jamás. El mercado no crea necesariamente vínculos sociales o humanos (como sí lo hace la reciprocidad y la redistribución).

En el mercado, los seres humanos se compran y se venden como una mercancía más. Se pueden poseer si se paga su precio, aunque no todas las personas están en venta. Normalmente los esclavos se capturan en las guerras, o la gente pobre vende a sus hijos para saldar sus deudas y sobrevivir. Los esclavos son muy abundantes en la Antiguedad, donde éstos representan la base de la economía. Por poner un ejemplo, en la Atenas de Pericles, cuando la democracia estaba en todo su explendor, había una población de 300.000 habitantes, y la mitad de ellos eran esclavos, gente sin ningún tipo de derechos, que realizaban las tareas más pesadas, como los trabajos agrícolas, los domésticos, los artesanales y los mineros…

En otras sociedades el mercado se sustituye por estrechos vínculos de servidumbre, donde el señor se compromete a proteger a sus siervos y los siervos prometen obediencia a su señor y trabajan para él. Así sucede, por ejemplo, en la sociedad feudal de la Baja Edad Media europea. De esta sociedad surge el mundo moderno y el mercado capitalista. El capitalismo surge cuando la ley declara iguales a las personas. Anteriormente el derecho declara desiguales al amo y al esclavo, al siervo y al señor, y otorga al señor y al amo la potestad de exigir el fruto del trabajo del siervo o del esclavo. El capitalismo se practica entre iguales ante la ley, pero diferentes en cuanto a propiedad. Mediante un contrato de trabajo, el propietario puede, pagando un salario, apoderarse de la capacidad de trabajo de quien a menudo no tiene otra forma de ganarse la vida para subsistir.

El ritmo de la producción capitalista (el ritmo al que se puede amasar capital) depende del ritmo al que la gente compra, usa, gasta y destruye bienes y servicios; por eso se dedica un gran esfuerzo a ensalzar las virtudes de los productos y a convencer a los consumidores de que realicen nuevas compras. El prestigio se otorga no a quien trabaja más duro o reparte la mayor cantidad de riqueza, sino a quien tiene más posesiones y consume a un ritmo más alto.

El capitalismo le pone precio a todo, por eso todo el mundo trata de conseguir tanto dinero como sea posible y el objeto de la misma producción no es simplemente obtener bienes y servicios valiosos para la comunidad, sino incrementar la posesión de dinero (acumular beneficios, capital). El estatus social se mide por la capacidad y velocidad con que uno es capaz de consumir y derrochar.

Al capitalismo industrial o productivo le sigue el capitalismo financiero, que permite a casi todo el mundo participar en el proceso de propiedad de las empresas mediante la compra-venta de acciones. El capitalismo financiero parasita al capitalismo productivo y ocasiona crisis económicas periódicas.

El capitalismo ha humanizado y racionalizado la estratificación social que se inició con la civilización hace unos 6.000 años, pero no la ha superado. Continuamos en un mundo injusto y desigualitario, donde los ricos son cada vez más ricos y donde solo una minoría de personas disfrutan de tal riqueza. Es cierto que el sistema capitalista ha elevado el nivel de los pobres, consiguiendo que sean un poco menos pobres, pero eso no es suficiente.

En realidad, los tres tipos de intercambios —recíproco, redistributivo y mercantil— son útiles y complementarios, y subsisten en distintos ámbitos (en el ámbito de la familia y los amigos predomina el recíproco, en el ámbito de lo público predomina el redistributivo, y en el ámbito económico predomina el mercado.) El mercado es el más potente (y por lo tanto el más útil en las sociedades complejas) de los tres. El mercado no es malo, sino la forma en que es usado por los ricos para despojar a los pobres de sus derechos y de su libertad, creando estratificación social (sociedad de clases). Esta capacidad sigue siendo utilizada por el mercado capitalista.

CONCLUSIÓN:

Hay dos formas de acabar con el capitalismo y no solo con el capitalismo, sino con la estratificación social, con la sociedad de clases que se inició con la llegada de la civilización. La primera forma implica humanizar el mercado, o socializarlo, si se quiere decir así. La segunda implica cambiar el sistema de producción, trascender el mercado de modo que no se dependa de él.

La primera forma requiere únicamente cambiar unas pocas leyes que permitan construir un mercado socializado; la segunda implica cambiar el modo de producción, desarrollando una tecnología de la autosuficiencia que no necesite apoyarse en el mercado.

La primera forma se podría implementar ya, solo requiere voluntad política; la segunda forma requiere algo de tiempo, pues hay que esperar a que madure cierta tecnología hoy incipiente. Esto podría ocurrir a finales de siglo o a principios del que viene. Quizás a mediados de este siglo si existiera la voluntad de acelerar el proceso.

Aparentemente, parece más sencillo lo primero, pero en realidad es lo más difícil. Es prácticamente imposible, ya que la política está en manos del capitalismo, que no va a tener ningún interés en suicidarse. Por lo tanto, se puede, pero quien tiene el poder no quiere, como es lógico. Y quien quiere, no tiene el poder ni puede hacerse con él, porque no controla el modo de producción.

Por otra parte, la tecnología que nos permitirá controlar el modo de producción y acabar con el sistema capitalista llegará tarde o temprano, e inundará la tierra como lo hizo la agricultura o las fábricas en su día. El capitalismo no podrá hacer nada para defenderse, porque quedará obsoleto y sin defensores. Todos los capitalistas se pasarán al nuevo modo de producción, que será mucho más eficiente y mucho menos problemático, pero aquí urge darse prisa. El sistema actual implica la destrucción de personas y de la naturaleza a un ritmo cada vez más vertiginoso. Salvar el planeta pasa hoy por acelerar el advenimiento de la nueva tecnología de la autosuficiencia que sustituirá al capitalismo.

En los próximos artículos se describirá con mayor detalle cada una de estas dos formas de cambiar el mundo.


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