El excedente

El excedente es lo que sobra en una comunidad después de que se hayan satisfecho las necesidades básicas de sus miembros.

Puede parecer increíble, pero durante la mayor parte de nuestra existencia, los seres humanos fuimos incapaces de producir excedente. Los alimentos podían procesarse y almacenarse para pasar los días más crudos del invierno, pero no acumulábamos más allá de eso, ni alimentos, ni bienes, ni recursos. Es decir, que no sobraba nada. Vivíamos al día. Era una economía de subsistencia. Y así estuvimos durante cientos de miles de años.

Normalmente no había problema. La Tierra era pródiga con sus hijos y ofrecía lo necesario, no solo a los lirios del campo y a las aves del cielo, sino también a las personas. Pero en épocas de escasez o de cambio climático, la naturaleza podía lanzarnos al borde de la extinción.

El caso es que, hace unos pocos miles de años —anteayer como quien dice— aprendimos a producir excedente. Y ahí comenzó todo. El excedente fue la chispa que encendió el fuego del progreso y de la civilización.

El excedente se convirtió en el nuevo fuego sagrado que había que alimentar. En el nuevo dios supremo para el que empezaron a trabajar todos los demás dioses.

El excedente supuso la aparición de un nuevo nicho social, una nueva función social, y hubo de surgir gente que se encargara de alimentar a la bestia. No fue algo deliberado o planificado, pero poco a poco surgió una clase social, un grupo de personas muy minoritario y muy privilegiado, que legitimado por la necesidad de mantener viva la llama de ese fuego, se apropió de la capacidad de trabajo del resto de la población, a la que condenó a producir excedente a cambio tener satisfechos sus requerimientos básicos de subsistencia.

La nueva Máquina social necesitaba excedente para producir más excedente. Es el círculo vicioso de las sociedades complejas. La sociedad entera se había convertido en una empresa propiedad de la clase dirigente, que invertía una parte del excedente en producir más excedente y reservaba el resto para su disfrute u ostentación, mientras mantenía a la clase subyugada siempre al borde de la subsistencia.

De la misma forma que un virus se apodera de la célula y la pone a trabajar para que construya más y más virus, así la nueva clase social dominante parasitó a la mayoría de la población, apoderándose de su fuerza de trabajo y condenándola a producir más y más excedente.

La forma en que la clase dominante controlaba la capacidad de trabajo de la clase dominada era instituyendo relaciones de esclavitud, de servidumbre, de trabajo asalariado, promulgando leyes, creencias religiosas, dirigiendo ejércitos, construyendo templos y palacios, conquistando imperios. Creando, en fin, una estructura social donde cada uno ocupara su lugar.

Y el objetivo de esta estructura social en todas las sociedades complejas como la nuestra es muy sencillo: obtener el máximo excedente posible y distribuirlo entre la menor cantidad posible de personas (para que cada una obtenga el máximo).

Cómo surgió el excedente

Nadie decidió que el excedente fuera una cosa buena y que tenía que conseguirse. Sencillamente, se pasó de un modo de producción que no necesitaba excedente (la caza y la recolección) a otro que sí lo requería (la agricultura y la ganadería).

Nadie decidió que había que pasar de un modo de producción a otro. La gente empezó a cultivar sistemáticamente las plantas hace unos 10.000 años, en el Próximo Oriente. Unos 5.000 años después se hacía en casi todo el planeta. ¿Por qué empezamos a domesticar las plantas y los animales?

Hace unos 20.000 años, lo peor de la última glaciación había pasado. El hielo empezaba a derretirse y las praderas palpitaban de vida, repletas de hierbas mucho más altas que seres humanos, praderas que alimentaban a grandes animales, como mamuts y bisontes, que a su vez alimentaban a los humanos. Fue una época de prosperidad y la población humana comenzó a aumentar, pasando de dos o tres millones a diez millones hace 10.000 años.

Sucedió que había cada vez más gente en cada vez menos espacio, pues el derretimiento de los hielos hizo subir el nivel del mar más de 100 metros (de -130 metros en el último Máximo Glacial a -15 metros hace 10.000 años), comiéndose gran parte de las costas. El final de la glaciación supuso, además, un cambio climático que empezó a desertizar buena parte de lo que antes había sido un inmenso jardín, como el norte de África y Mesopotamia.

Menos espacio, más personas, menos capacidad de sustentación en muchos lugares. La conjunción de todos estos factores hizo que los grandes animales que cazábamos comenzaran a extinguirse. Los mamuts y los bisontes se extinguieron. Algunos humanos pasaron a América, pero en mil o dos mil años, también allí extinguieron todas las especies de mamuts.

Cada vez más personas, cada vez menos animales y plantas. Los animales cada vez más pequeños, las plantas cada vez más escasas en un territorio en donde el desierto avanzaba inmisericorde. A algunos grupos humanos, allí donde se dieron las condiciones adecuadas, no les quedó más remedio que domesticar las plantas y los animales para producir alimento.

Ellos ya sabían hacerlo desde muchos miles de años atrás, solo que no les había interesado. Una jornada laboral de cuatro horas es suficiente para un cazador-recolector, mientras que un agricultor necesita trabajar de sol a sol gran parte del año, y un ganadero no puede perder de vista a su ganado. El nuevo modo de producción supuso, pues, dedicar más horas a las tareas de mantenimiento, una pérdida de ocio y de calidad de vida, sin contar con todo el trastorno que les supuso el nuevo cambio de mentalidad, ya que lo “normal”, lo “lógico” y “acorde con los dioses” había sido durante cientos de miles de años recoger las plantas y animales que el planeta prodigaba como don natural. Domesticar plantas y animales, y producir el propio alimento, debió vivirse, en un principio, como una aberración, como una herejía que obligó a cambiar todo el panteón de dioses y todo el sistema de creencias y valores.

El paso de la depredación a la producción de alimentos es el cambio más trascendental de toda la historia de la humanidad. La nueva tecnología de producción de alimentos hizo posible que se pudiera alimentar a más gente. Los grupos de 20 o más cazadores-recolectores se convirtieron pronto en aldeas de 200 o más agricultores-ganaderos. Mientras que un grupo cazador-recolector necesita un territorio de varios cientos de kilómetros cuadrados para sentirse a gusto, una aldea se basta con unos pocos kilómetros para huertos y pastos para el ganado. A principios de nuestra era (siglo I) los 10 millones de personas ya se habían convertido en 300 millones, haciendo imposible la vuelta atrás a un mundo de cazadores-recolectores.

Pero la producción de alimento es muy sensible a las condiciones climáticas, sequías, etc… Se hacía imprescindible producir excedente para sortear los años de hambruna. Aún así, durante varios miles de años, las pequeñas aldeas agrícola-ganaderas continuaron siendo sociedades igualitarias, como las bandas de cazadores recolectores. Y eso es porque se produjo únicamente el excedente necesario para garantizar una supervivencia confortable. Los humanos nos mantuvimos por un tiempo dentro de una economía de subsistencia. Hasta que…

Nadie decidió deliberadamente apoderarse del excedente y esclavizar al resto de sus semejantes con el fin de acrecentar y multiplicar ese excedente. Ocurrió sin más, sin proponérselo, sin planificarlo. Un buen día, los líderes altruistas que motivaban a la comunidad a trabajar para la subsistencia de todos, pero que trabajaban ellos más que nadie y daban ejemplo los primeros, se encontraron con que ahora tenían que hacer las cosas de una manera bien distinta. Había demasiado excedente y las funciones de su administración, defensa y redistribución les absorbían. Al especializarse en estas tareas, descubrieron que tenían que dejar de intervenir ellos mismos directamente en la producción y encontrar las maneras de exigir y obligar a los demás a producir. Descubrieron que si querían sobrevivir —ellos y las sociedades que pastoreaban— debían distanciarse del común de los mortales, endiosarse y hacerse temer. Los administradores que no hacían esto pronto eran engullidos por quienes sí lo hacían.

Todo comenzó, probablemente, con la necesidad de defender los almacenes de provisiones de las garras de saqueadores oportunistas. Bien otras aldeas que no habían tenido la precaución de ahorrar lo suficiente para años malos, bien bandas nómadas que se habían especializado en saqueo de aldeas mal protegidas (un nicho tan aprovechable como otro cualquiera). Pronto fue necesario que surgieran ejércitos especializados en la defensa de la aldea. Pero estos ejércitos podían, a su vez, conquistar a las aldeas vecinas, aunar recursos y formar pequeños imperios que acrecentarían el excedente.

Las tierras más fértiles y productivas se encontraban en la desembocadura de los grandes ríos (Tigris, Eufrates, Nilo…), donde se requería otro tipo de especialización: la construcción de grandes obras de ingeniería hidráulica (diques que contuvieran las crecidas y desbordamientos, y canales que condujeran las aguas a todas las tierras). Estos trabajos requerían la movilización de gran cantidad de excedente y mano de obra.

Otra tarea especializada era la de los sacerdotes que propiciaban los rituales necesarios para atraer buenas cosechas, prosperidad y victorias sobre los enemigos. Muy pronto, todas estas labores militares, religiosas y administrativas recayeron sobre una sola familia, la del Rey-sacerdote, que junto con la nobleza en la que se apoyaba conformaron la clase social dominante, distanciada del común de los mortales. Así surgieron hace 6.000 años los primeros Estados, verdaderas Máquinas de producir excedente para la clase dominante que los dirigía.

El excedente: fundamento de la estructura social

La estructura social descansa siempre en un determinado modo de producción. En torno a él se construye un conjunto de instituciones que garantizan que la máquina de producir excedente no se detenga. Las instituciones elaboran leyes, producen cultura y normalizan la conducta social. Las instituciones constituyen la estructura social y definen las principales posiciones, necesarias para sostener el modo de producción. Otras posiciones no son explicitadas por las instituciones, pero son un efecto secundario de ellas, un “daño colateral” que el sistema debe permitir o tolerar para que la estructura principal se mantenga. El resultado es una forma de pensar, sentir y actuar de la mayoría de la población que depende de esas instituciones y de ese modo de producción.

MODO DE PRODUCCIÓN => INSTITUCIONES => CONDUCTA NORMALIZADA

Excedente

El modo de producción depende de los recursos existentes en el ecosistema y de la tecnología que va a extraerlos, transformarlos y distribuirlos.  El modo de producción sirve para obtener todos los bienes y servicios que una sociedad necesita. Se pasó del modo cazador-recolector al modo agricultor-ganadero por pura necesidad. En las sociedades más prósperas, allí donde se consiguió producir suficiente excedente, surgió de forma natural la sociedad de clases, una especie de competición o selección darwiniana que colocó a una clase dirigente en la cúspide, la cual se apropió de la organización social autolegitimándose a través de un conjunto de instituciones políticas y económicas. Desde entonces, lo que determina el paso de un modo de producción a otro es, simplemente, la capacidad de producir más excedente, o de reducir el número de miembros de la clase dirigente; es decir, cualquier tecnología que posibilite un aumento de excedente por administrador.

Históricamente, tales tecnologías o modos de producción han sido: esclavitud, servidumbre, capitalismo industrial y capitalismo financiero. Ellos han producido en cada momento histórico el máximo excedente posible con el mínimo número de administradores posible. Si hubiera existido otro modo de producción que hubiera optimizado los resultados, se hubiera impuesto automáticamente, al margen de la voluntad de las personas. La estructura social tiene sus propios mecanismos para autooptimizarse y autoperpetuarse, en función siempre de la maximización de excedentes y minimización de gestores.

La forma en que un modo de producción se implementa y se pone en funcionamiento es mediante una estructura social o conjunto de instituciones que sostiene la organización de una sociedad y que normaliza la conducta de sus miembros: lo que la gente hace, dice, siente y piensa.

Aparentemente, cada persona tiene la sensación de determinar libremente su propia conducta. Sin embargo, se demuestra que existe una conducta normalizada seguida por la inmensa mayoría de la población. No puede ser una casualidad que la mayoría de la gente haga o piense “libremente” lo mismo. Es decir, aunque no nos demos cuenta, las instituciones tienen la capacidad (y la función) de transmitir y perpetuar la conducta que se considera normal, de tal manera que todo lo que se aparte de ella va a ser considerado conducta desviada de la norma.

Pongamos un ejemplo. Yo puedo sentir que uso la cuchara y el tenedor cuando como porque así lo he decidido libremente. Y un chino puede sentir lo mismo cuando usa los palillos. Nos parece la cosa más natural del mundo que yo decido libremente qué instrumentos usar, sin embargo, es la sociedad la que nos pone esos instrumentos en la mano y nos inculca que es correcto usarlos. Desde pequeños nos ha ofrecido cubiertos (o palillos) y ha establecido la norma. Y ello sin necesidad de establecer reglas explícitas en ningún código legislativo, simplemente por el proceso llamado endoculturación o enculturación, por medio del cual la generación más antigua transmite sus formas de pensar, conocimientos, costumbres y reglas a la generación más joven. De esta forma se establece de forma meridianamente clara lo que es la norma en una sociedad, y lo que es la desviación de la norma. Si yo voy a un restaurante donde no se usan palillos, y me llevo mis propios palillos y los uso en vez de los cubiertos que me proporcionan, yo sé (y lo sabe todo el mundo) que estoy dando el cante, es decir, que me estoy desviando de la norma social. Y lo mismo si un chino se lleva la cuchara y el tenedor a un restaurante chino.

¿Por qué hablo castellano? ¿Porque soy libre y quiero hacerlo o porque así me lo ha inculcado la sociedad? ¿Por qué me levanto cada día y voy a trabajar para hacer rico a otro y sostener un sistema criminal desigualitario e injusto? ¿Porque así lo decido libremente o porque no hay otra? ¿Realmente son míos mis actos y mis pensamientos o son en gran parte un producto de la estructura social? ¿Cómo podemos liberarnos de estas cadenas y cambiar el sistema —la estructura social?


NOTA: acabas de leer el quinto de una serie de 20 artículos que nos introducen en la HUMÁNICA, una institución que estudia los problemas globales de la humanidad, sus causas y sus soluciones. Te agradecemos cualquier corrección, actualización o complementación que puedas aportar a este artículo. Tu contribución beneficia a todos. Muchas gracias.

 

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