Capitalismo industrial

En los últimos siglos (XVI al XVIII), el capitalismo comercial había conseguido cambiar la mentalidad y la forma de vida de muchas personas en algunas regiones de algunos países europeos, pero no fue hasta la llegada del capitalismo industrial que se hizo posible el crecimiento económico moderno que llevó esta mentalidad y esta forma de vida a todos los rincones del planeta.

Los historiadores del futuro nos recordarán que el capitalismo industrial duró tres siglos y luego fue sustituido por la autoproducción y la producción colaborativa no capitalista. Cada uno de los tres siglos de capitalismo estuvo marcado por su propia Revolución industrial. Hubo una Primera Revolución Industrial (1750-1850) basada en el carbón, una Segunda Revolución Industrial (1850-1950) basada en el petróleo y la electricidad, y una Tercera Revolución Industrial (1950-2050) basada en la energía nuclear y en las energías renovables.

Durante el siglo XXI, la Tercera Revolución Industrial nos está sacando del capìtalismo en el que nos había metido la Primera y la Segunda Revolución Industrial. La Primera Revolución Industrial, liderada por Reino Unido, se apoyó en el sector textil y siderúrgico, y en el ferrocarril como medio de transporte. La Segunda Revolución Industrial, liderada por Alemania y Estados Unidos, se apoyó en el sector del acero y de la industria química, utilizando motores de combustión para el transporte. La Tercera Revolución Industrial, liderada por Estados Unidos y Japón, desarrolla la electrónica, la informática, la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología y la biotecnología, utilizando motores eléctricos y de pila de combustible (hidrógeno) para el transporte. Como se explicará en su momento, la Tercera Revolución Industrial hará posible que, a mediados del siglo XXI, la producción no capitalista supere a la producción capitalista, y el capitalismo caiga en picado.

Del feudalismo al capitalismo comercial

 

Del capitalismo comercial al capitalismo industrial

 

La Primera Revolución Industrial

 

La Segunda Revolución Industrial

 

La Tercera Revolución Industrial

 

Antes de la llegada del capitalismo industrial, el capitalismo comercial ya había cambiado la mentalidad de la gente. Durante siglos, el capitalismo fue una forma alternativa de ganarse la vida, diferente a la de la clase dominante (la nobleza), que mantenía todos sus privilegios. Pero en Europa, desde finales de la Edad Media y durante toda la Edad Moderna, el capitalismo evolucionó hasta convertirse en un sistema más autónomo y potente, que permitió a los capitalistas (los burgueses) competir con la nobleza y, finalmente, arrebatarle todos sus privilegios, y sustituirla como clase dominante. Esta es la historia de cómo el capitalismo se convirtió en el principal factor determinante de la conducta social.

El capitalismo adquirió esta importancia porque se convirtió en una pieza clave  pero sin capacidad .conducido por los comerciantes, por los financieros o por los productores agrícolas y artesanos, no consiguió

 

Producción con mano de obra asalariada: artesanía

La artesanía europea se encontraba organizada de un modo que poco tenía que ver con el capitalismo. En ocasiones se desarrollaba dentro de la economía doméstica, para el consumo propio (es lo que ocurría, por ejemplo, con la producción de paños y ropa); otras veces, como actividad secundaria, que servía para completar la actividad principal, esto es, la agricultura (en el norte, el este y el sureste de Europa); pero también podía constituir un servicio de pago, que se prestaba en casa del cliente (con jornaleros o artesanos que únicamente realizaban pedidos por encargo), o, mayoritariamente, como artesano autónomo. En este sector se produjeron artículos destinados a la venta, pero, en principio, siempre previo encargo de un cliente o bien con el propósito de almacenar las mercancías para comercializarlas más tarde en los mercados del entorno cercano o en un tenderete propio, y nunca para ponerlas en circulación en mercados impersonales a través de comerciantes intermediarios. La artesanía se basaba en la unión de trabajo y propiedad, esto es, eran los propietarios quienes trabajaban con sus propias manos, a veces ayudados por unos pocos colaboradores (oficiales y aprendices), pero no como empresarios y empleadores de un elevado número de trabajadores. Lo habitual es que la actividad se organizase de forma corporativo-gremial, es decir, que para poder desempeñarla el artesano estaba obligado a pertenecer al gremio correspondiente a su oficio y a seguir las normas establecidas de forma colectiva. Esas normas partían del principio de la igualdad fraternal y de la conciencia de que se constituía un monopolio colectivo, pero no se basaban en el principio de la competencia; pretendían garantizar un sustento suficiente y constante para los miembros, y no un beneficio máximo; debían velar por «que el rico no corrompiese al pobre»; regulaban en detalle las prácticas laborales permitidas e imponían límites máximos de volumen que debían respetar los talleres de cada sector. Así, obstaculizaban la innovación e impedían la acumulación de capital.

También en aquellos lugares en los que no existían gremios organizados con reglas de este tipo las ideas de que había que buscar apenas un sustento suficiente, obtener ganancias justas y trabajar en una economía moral estaban ampliamente extendidas dentro de los talleres de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, y, en general, en la cultura de las clases inferiores.

Hacía ya tiempo que se desarrollaban actividades del sector secundario más allá de la artesanía, por ejemplo en las primeras grandes empresas de minería, en los grandes talleres o en grandes manufacturas centralizadas. Además, era habitual que no se respetasen todos los principios estructurales que hemos señalado. Pronto, algunos artesanos, especialmente del sector textil, se integraron en el comercio más allá de su propia región o en el negocio de la exportación. Los artesanos urbanos mejor situados formaban parte de una respetable clase media, mientras que muchos pequeños artesanos pertenecían a los grupos pobres, mayoritarios en la ciudad y en el campo en la época preindustrial. Lo cierto es que las normas gremiales estaban vigentes en las ciudades, en todo caso, pero apenas existían en el medio rural. A menudo se incumplían o quedaban suspendidas por la intervención de las autoridades. Su carácter y su contenido variaban de unas zonas a otras, y, de hecho, en la parte occidental del continente desaparecieron antes que en la parte central. Con todo, en principio y en lo esencial, la artesanía europea, por su estructura y su cultura, estaba claramente alejada del capitalismo.

Todo aquello cambió con la introducción del capital de los comerciantes en el sector artesanal. La necesidad de recursos, que iba creciendo a medida que aparecían las innovaciones técnicas, obligó desde el siglo XV a las empresas de explotación de minerales —que tradicionalmente habían sido independientes y, en la mayoría de los casos, se habían organizado como cooperativas (los Gewerken[*])— a recurrir cada vez más a los comerciantes, que estaban dispuestos a adoptar compromisos financieros, aunque a cambio de organizar las ventas y de intervenir en mayor medida en la empresa. Por ejemplo, en los Alpes, los Cárpatos, los montes Metálicos o el macizo de Harz, aquel compromiso empresarial en la minería constituyó un importante pilar de la expansión y de la riqueza de los capitalistas comerciantes del sur de Alemania, como se comprueba cuando se estudia la historia de la casa Fugger en el siglo XVI. De este modo, los socios de aquellas cooperativas mineras, que en su momento habían sido independientes, se fueron convirtiendo, poco a poco, en mineros asalariados.

Producción con mano de obra asalariada: industria

Sin embargo, la principal puerta de entrada del capitalismo al sector secundario se encontraba en el área de la industria casera «protoindustrial» y del trabajo en el propio domicilio[51]. En esencia, existía una simbiosis llena de tensiones entre las formas tradicionales del trabajo artesano manual, mayoritariamente desarrollado en un entorno rural y a menudo en asociaciones familiares, por una parte, y el capital de los comerciantes urbanos, su orientación hacia mercados más allá del ámbito local y su dinámica capitalista, por otra. Como consumación de esta unión, los comerciantes interesados se convirtieron (parcialmente) en Verleger, esto es, en empresarios comerciales con capacidad de influir en la producción —si bien esta seguía manteniendo su organización descentralizada—, mientras que los productores directos gozaban de una cierta independencia como artesanos, industriales domésticos o trabajadores en su propio domicilio, aunque, en la práctica, fueron integrándose en diferentes formas de dependencia del capital y su estatus se aproximó al del trabajador asalariado.

Una pequeña parte de aquella protoindustria surgió en los talleres urbanos cuando se empezó a producir para la exportación, como fue el caso, en el siglo XVII, de los artesanos del metal de la ciudad de Solingen, muy cualificados y con gran capacidad para identificar nuevas oportunidades, o de los fabricantes de paños de Lille, que se toparon con muchas dificultades a la hora de vender sus productos. En estos sectores actuaban como Verleger no solo los comerciantes, sino también otras personas que hasta aquel momento habían trabajado como artesanos. En cualquier caso, la conexión con el gremio se mantuvo largo tiempo. Pero donde surgió con más intensidad la protoindustria fue en los alrededores de las ciudades, en el campo, donde los comerciantes que se iban convirtiendo en Verleger y otros intermediarios supieron aprovechar la escasez de empleo y la enorme disponibilidad para el trabajo que se daba en las capas más bajas de la población rural, el consecuente bajo precio de la mano de obra y la falta de normas gremiales estrictas para crear, a través del adelanto de la materia prima, la asignación de encargos y la recepción de los productos destinados a los mercados fuera del ámbito local, una «industria rural» que, por lo demás, se adaptó a las formas de vida y a los modelos económicos del campo, los completó y, a largo plazo, acabó modificándolos. Este tipo de protoindustria se expandió desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII, a veces antes, otras después, por toda Europa, especialmente en los entornos rurales con tierras menos fértiles, como —si tomamos algunos ejemplos de Alemania— las montañas de los Gigantes, los montes Metálicos, el Jura de Suabia, la zona montañosa de Westfalia, el bosque de Turingia y, muy pronto, el Bajo Rin, Bohemia y Silesia. En las zonas del norte y del oeste de Inglaterra, que hasta entonces solo se habían dedicado a la agricultura, aparecieron centros de producción textil y metálica, así como una industria minera descentralizada. En el sur de los Países Bajos (la posterior Bélgica), la artesanía de las ciudades se derrumbó en el siglo XVII, pero en los pueblos se desarrolló la producción de paños, encajes y armas, siempre en respuesta a los pedidos de los Verleger, que con frecuencia proporcionaban las materias primas y los patrones necesarios para fabricar los artículos que encargaban. La producción industrial en Francia creció considerablemente —de media entre un 1 y un 2% al año— a lo largo del siglo XVIII, sobre todo a partir de una protoindustria rural, que se dio en gran medida también en las zonas del centro-este de Europa, pero que, sorprendentemente, estuvo mucho menos presente al sur de los Alpes y de los Pirineos.

Las formas de vinculación de la producción local y el capitalismo supralocal variaban. Abarcaban desde el sistema comercial (con mercaderes que se limitaban a comprar y vender los productos de los artesanos rurales, como ocurría, por ejemplo, en el sector del lino de la zona de Bielefeld) hasta el Verlag sencillo, en el que los Verleger proporcionaban materias primas y controlaban la venta a lugares lejanos (fue el caso, durante siglos, de la industria de la seda del norte de Italia, Basilea, Amberes, Lyon, Krefeld y Berlín), o el Verlag con una manufactura centralizada, como la empresa Calver Zeughandlungscompanie, cuya sede principal se encontraba en Augsburgo y que empleaba de forma descentralizada a unos cinco mil hilanderos, tejedores y otros artesanos del sector textil para cubrir todas las fases de la producción de lana y paños elaborados en ese material, si bien vigilaba directamente a 168 de esos trabajadores, que se encargaban de teñir, desteñir y estampar tejidos en talleres centralizados (las manufacturas).

El sistema protoindustrial dio forma a una de las piezas del capitalismo en un mundo que, por lo general, aún era precapitalista. De todas formas, este mundo se mantuvo en muchos sentidos muy fiel a las tradiciones: no se registraron avances tecnológicos significativos, el trabajo se llevaba a cabo con técnicas convencionales, sobre todo en el ámbito doméstico, y era muy frecuente que en él participasen todos los miembros de la familia. A menudo aquella actividad solo era un complemento de la ocupación principal y se realizaba según un ritmo estacional y una lógica precapitalista, como evidenciaba el hecho de que, en épocas de coyuntura difícil y precios inferiores, quienes ejercían su actividad en casa trabajaban mucho para ganarse el sustento, mientras que en épocas de coyuntura favorable, en las que era posible conseguir precios elevados por sus productos, disminuían su trabajo, ya que entonces podían garantizar la subsistencia de la familia con menos esfuerzo. Con la extensión del sistema, resultó más difícil controlar a los productores y coordinar los procesos y se pusieron de manifiesto los límites del sistema en relación con la innovación y el crecimiento. No se había producido una transición hacia un crecimiento que fuese acompañado de una nueva calidad de la producción: los casos de evolución sin fricciones de la protoindustria a la verdadera industrialización siguieron siendo una excepción.

Por otra parte, es cierto que el sistema protoindustrial revolucionó las condiciones de la producción y señaló el camino hacia el futuro. Dio a millones de personas la posibilidad de sobrevivir y contribuyó a acelerar el crecimiento demográfico. El destino vital de quienes trabajaban en sus propios domicilios quedó cada vez más ligado a los mercados y a sus fluctuaciones. El estilo de vida cambió y se volvió más moderno: garantizaba más equidad entre géneros, la participación en nuevas posibilidades de consumo y el acceso a los productos de las colonias, como el azúcar, el té y el tabaco, así como a novedades que se pusieron de moda por aquel entonces (el pan blanco en lugar del pan negro, las pipas de fumar de un solo uso, los relojes de bolsillo, las cortinas). Fue en este mundo de mercado y consumo, pero también de una artesanía descentralizada y cercana al ámbito doméstico, donde apareció esa educación para el trabajo disciplinado, orientado hacia unos objetivos y, en cierto modo, racional que el historiador de la economía Jan de Vries ha analizado como una «industrious revolution» y que se puede interpretar como un primer paso, a principios de la Edad Moderna, hacia la industrialización que tuvo lugar a partir de finales del siglo XVIII. Por último, hay que considerar los resultados y también los cuellos de botella que produjo la artesanía textil protoindustrial, ante los que reaccionaron los grandes inventos de la Revolución Industrial —la hiladora Spinning Jenny, ideada por Hargreaves (1764), la hiladora movida por agua Water Frame, de Arkwright (1769) y la hiladora Spinning Mule de Crompton (1779)—, que contribuyeron al auge de las fábricas y, con ello, al desarrollo de una auténtica industrialización. La protoindustrialización no condujo como tal al capitalismo industrial de los siglos XIX y XX, pero su desarrollo ilustra lo que ya vimos en el caso de la economía de plantación, la minería y la agricultura: que, mucho antes de que se diese la Revolución Industrial, el capitalismo ya había cambiado profundamente también el mundo de la producción. Desde una perspectiva histórica, impresiona lo mucho que duró aquella transformación, su longue durée.

CAPITALISMO INDUSTRIAL: Sostenibilidad

La interpretación del capitalismo como esencia de una misión civilizadora duró tan poco como las optimistas esperanzas que la Ilustración depositó en el progreso. Esa interpretación nació sobre la base del capitalismo preindustrial del siglo XVIII, pero no logró sobrevivir al auge del capitalismo industrial. A principios del siglo XX, intelectuales como Sombart y Weber se mostraron convencidos de la superioridad de la racionalidad económica del capitalismo, pero no veían en este sistema un motor para la mejora moral y el progreso de la civilización. Antes al contrario, liberales como Weber temían que la creciente opresión y la pérdida de sentido que imponía el sistema capitalista constituirían un riesgo para la libertad, la espontaneidad y el pleno desarrollo de la naturaleza humana. Representantes del ala conservadora y de la izquierda sentían miedo ante el capitalismo, al que consideraban una inevitable fuerza erosionadora que acabaría sustituyendo las costumbres heredadas por contratos, la comunidad por la sociedad y los vínculos sociales por el cálculo del mercado. La crítica socialista censuró la explotación, la alienación y la injusticia del capitalismo, al tiempo que anunció que sus contradicciones internas acabarían con él. Hoy en día, la actitud frente al capitalismo se debate entre una aceptación desapasionada y una feroz crítica. Muchos consideran que este sistema es incapaz de responder a los retos del futuro. Desde luego, la concepción del capitalismo como utopía parece haberse agotado, al menos en Europa.

En el siglo XIX prácticamente en todo el continente europeo el orden feudal se fue derogando, imponiéndose el capitalismo agrario. El capitalismo comercial se aceleró gracias a la revolución del transporte y las comunicaciones, y el crecimiento de las ciudades, sostenido todo ello con el capitalismo financiero iniciado en el siglo XVIII y ahora extendido y diferenciado, con bancos, bolsas y seguros —y más adelante también con sociedades y fondos de inversión— como principales instituciones. Pero la novedad revolucionaria que se produjo tras 1800 fue la industrialización, que modificó radicalmente muchas cosas, entre ellas el sistema económico, que, en calidad de capitalismo industrial, adquirió una nueva esencia.

Con «industrialización» nos referimos a un proceso de transformación socioeconómica compleja y profunda, en cuyo núcleo existen tres elementos estrechamente relacionados entre sí: las innovaciones técnico-organizativas, desde el desarrollo de la máquina de vapor y la maquinización del hilado y el tejido en el siglo XVIII hasta la digitalización de la producción y las comunicaciones a finales del siglo XX y principios del XXI; la explotación masiva de nuevas fuentes de energía (primero el carbón; más tarde la electricidad, obtenida de distintas fuentes; después, el petróleo, la energía atómica y las energías renovables); y, por último, la extensión de la fábrica como empresa de producción en la que se divide el trabajo de forma centralizada. El lugar en el que se había producido en un principio este proceso de renovación constante era el sector secundario, que iba industrializándose, pero pronto se extendió a la agricultura (con nuevos métodos de cultivo, abono de tierras y mecanización), a los transportes (con la aplicación de las nuevas energías y de las máquinas motrices a innovadores medios, desde el ferrocarril y el barco de vapor hasta el transporte aéreo y los sistemas interdependientes actuales), a las comunicaciones (desde los telégrafos de mediados del siglo XIX hasta Internet y la mediatización) y, con vacilaciones, también a las diferentes administraciones, que pronto crecieron hasta alcanzar dimensiones desproporcionadas e introdujeron la división del trabajo generalizada en la sociedad. Todo ello conllevó un aumento sin precedentes de la productividad de todos los factores, incluido el trabajo humano, que cada vez fue más cualificado, intenso y disciplinado; el crecimiento de toda la economía, que se produjo de forma desigual y osciló con las diferentes coyunturas, aunque siempre mantuvo su proporción per cápita, pese al crecimiento de la población; y, sobre todo —al menos después de una fase inicial precaria, que aumentó la escasez y las necesidades— una mejora fundamental de las condiciones de vida, que se tradujo en un aumento real de los ingresos y en una mayor asistencia incluso a amplias capas de la población, en avances en materia de salud y prolongación de la vida, y en un aumento de las posibilidades de elección en el día a día. En todas partes la industrialización fue acompañada del desarrollo de las ciudades; en todas partes el empleo en el sector de la agricultura, en retroceso desde la industrialización, disminuyó en beneficio del empleo en artesanía e industria y, posteriormente, en el sector «terciario» (sobre todo en el comercio y los servicios), que en los países desarrollados adelantó al anterior (que en cierto modo se redujo) a partir de la segunda mitad del siglo XX, lo que da cierto sentido al discurso relativo al presente «postindustrial».

En el capitalismo industrial, las innovaciones tecnológicas y organizativas tuvieron una importancia desigual, aunque, en cualquier caso, superior a la que habían presentado en las diferentes formas preindustriales del capitalismo. La velocidad de aparición de novedades aumentó. Schumpeter vio en la «destrucción creativa» el componente central del sistema económico capitalista. En realidad, esa «destrucción creativa» no se convirtió en un elemento fundamental hasta la época del capitalismo industrial. Fue entonces cuando se sustituyeron los talleres domésticos protoindustriales de hilado y tejido de paños por fábricas. Los barcos de vapor desbancaron la navegación a la sirga y otras formas tradicionales de transporte en ríos y canales. Los proveedores de luz eléctrica superaron muy pronto a las sociedades de alumbrado de gas. Cien años más tarde, los productores de máquinas de escribir perdieron su cuota de mercado frente a los fabricantes de ordenadores. Todo aquello brindó nuevas oportunidades de lucro y éxito para los emprendedores y sus trabajadores. También los consumidores obtuvieron beneficios, en general. Pero en aquel mismo proceso hubo muchos perdedores.

CAPITALISMO INDUSTRIAL: Violencia

CAPITALISMO INDUSTRIAL: Igualdad

La industrialización transformó el capitalismo. Convirtió el trabajo asalariado y regulado por un contrato en un fenómeno masivo. Por primera vez se aplicó la mercantilización capitalista —en forma de trabajo a cambio de salario— a la mano de obra humana de un modo completo y a gran escala. Las relaciones laborales se convirtieron en relaciones capitalistas, esto es, dependientes de los fluctuantes mercados del trabajo, subordinadas al estricto cálculo para la consecución de los objetivos capitalistas y sometidas a una vigilancia directa por parte de empleadores y gerentes. El enfrentamiento de clases inherente a este sistema se puso de manifiesto, se percibió como un conflicto de dominación y distribución, fue objeto de crítica y sirvió de base para los enfrentamientos sociales.

La industrialización no fue un único camino hacia el bienestar, aunque es cierto que entre las regiones industrializadas y las no industrializadas las diferencias de prosperidad se han agrandado en los últimos doscientos años, tanto dentro como fuera de Europa. Por lo general, los retrocesos en materia de bienestar solo se resuelven implementando alguna forma de industrialización. En el corazón de una transformación socioeconómica, esa industrialización tiene efectos prácticamente sobre todas las áreas de la vida y cambia el mundo de un modo radical en poco tiempo, por lo que algunos autores han hablado de la «transformación más profunda de la existencia humana que se haya registrado jamás en las fuentes escritas» (Hobsbawm) o del mayor corte que se haya producido en la historia de la humanidad desde que nuestra especie dejó de ser nómada en el Neolítico (Cipolla)[65].

Con las fábricas, las minas, los nuevos sistemas de transporte, la mecanización y la construcción de infraestructuras, la acumulación de capital fijo alcanzó unas dimensiones nunca antes vistas. Junto a las pequeñas y medianas empresas, que siguieron siendo mayoritarias, aparecieron las grandes empresas y las fusiones de sociedades. Así, creció la necesidad de contar con controles de la rentabilidad más precisos, lo que, en principio —y con muchas limitaciones en la práctica— condujo a una sistematización de la estructura empresarial. La organización planificada, jerarquizada y organizada conforme a una división del trabajo, unida al principio del mercado, ganó en importancia.

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4. La evolución del trabajo asalariado

Trabajo asalariado: un trabajador o trabajadora ofrece su fuerza de trabajo a la persona o instancia empleadora según unas condiciones y límites definidos, a cambio del pago de un salario (una remuneración), por un período de tiempo cuyo inicio acordarán ambas partes y cuyo fin podrá provocar cualquiera de esas partes (derecho de rescisión). Forma parte de la idea de intercambio el contrato (escrito o verbal), que se celebrará formalmente de un modo voluntario, por mucho que, con frecuencia, el trabajador o la trabajadora decida entrar en esa relación de intercambio movido meramente por necesidades de supervivencia, y por poca libertad que le quede después de comenzar una relación laboral regida por la disciplina y por las instrucciones que le den otras personas.

Antes del capitalismo es posible encontrar ejemplos de trabajo asalariado, aunque en un grado limitado y en una forma elemental. Con la irrupción del capitalismo en la agricultura y en la industria casera, el número de asalariados aumentó, sobre todo en el campo. A medida que se relajaban los tradicionales vínculos obligados (por ejemplo, la dependencia del oficial artesano con respecto a su maestro y su gremio) y los trabajadores, esto es, los artesanos y quienes trabajaban en sus propios domicilios, iban integrándose en las relaciones mercantiles transregionales, el capitalismo consolidó los elementos del trabajo asalariado dentro de las relaciones laborales del pasado. Lo mismo ocurrió en el caso de los trabajadores dependientes: no era habitual que las relaciones sociales de carácter capitalista aparecieran de forma abrupta y destruyeran las formas antiguas; más bien se introducían en las relaciones sociales clásicas, se expandían y, poco a poco, relajaban y relativizaban las tradiciones (a menudo con tensiones y conflictos) y las iban modificando.

La misma persona podía ejercer diferentes actividades a lo largo de su vida y a menudo las alternaba con períodos de desempleo o de empleos que no satisfacían sus expectativas ni sus necesidades, o con épocas de miseria y penurias.

Es evidente que esta mezcla, caracterizada por innumerables transiciones y combinaciones, resulta difícil de cuantificar y desentrañar en todos sus componentes. Sin embargo, si optamos por entender el término «proletario» de un modo amplio e incluimos en esta categoría a los jornaleros y a los trabajadores eventuales, a los trabajadores del campo y a los trabajadores de la industria casera, a los trabajadores de las manufacturas y las minas, así como a los siervos y a los oficiales artesanos, podemos estar de acuerdo con Charles Tilly cuando calcula que en la Europa del año 1550 aproximadamente un 25% de la población (y en la Europa de 1750, un 60%) formaba parte de las capas proletarias. De ellas, más de la mitad vivía en el campo. El mundo que en el siglo XIX dio el salto hacia el capitalismo industrial no era un mundo estático, nítido y bien ordenado, sino un mundo en movimiento, con relaciones laborales o vitales poco formalizadas, lleno de escasez, apuros y estrecheces, al menos en el caso de un amplio grupo social de rápido crecimiento que quedaba por debajo de las clases medias rurales y urbanas. Con todo, no fue hasta los siglos XIX y XX cuando el trabajo asalariado se desarrolló plenamente y se convirtió en un fenómeno de masas, especialmente en Occidente. En otras áreas del mundo también se dio, aunque de forma más rudimentaria. En Occidente contribuyó a ello la abolición de los órdenes tradicionales que habían consolidado de un modo u otro el trabajo no libre, y que a veces se produjo de forma revolucionaria y mediante la guerra (en Francia, Estados Unidos y Haití), aunque en la mayoría de las ocasiones fue el resultado de un proceso de reformas que duró decenios. Cabe destacar en este sentido la prohibición del tráfico de esclavos, primero (a partir de 1808), y de la esclavitud, después, y, en Estados Unidos en torno a 1820, la ilegalización —apoyada desde los tribunales— del indentur, esa servidumbre establecida por un tiempo determinado en la que el trabajador se comprometía por medio de un contrato a trabajar para cubrir los gastos de transporte que se le habían pagado por adelantado (por ejemplo, para que atravesara el Atlántico), así como la liberación de los agricultores, la abolición de la servidumbre (la última en sumarse a esta iniciativa fue Rusia, en 1861) y la supresión o el debilitamiento de los gremios en aras de la imposición de la «libertad de industria y comercio». En este contexto, se fue imponiendo, por lo general muy lentamente, el trabajo asalariado, acompañado de la difusión, igualmente lenta, de los principios capitalistas, a través de formas mixtas, que sobrevivieron largo tiempo. Lo cierto es que el enraizamiento de ese trabajo asalariado en relaciones laborales y sociales de otro tipo fue más bien la regla, mientras que el trabajo asalariado puro constituyó una excepción.

La «servidumbre por un tiempo determinado» que padecían los indentured labourers (trabajadores migrantes con contrato laboral de cumplimiento forzoso) representaba una de esas formas mixtas. Entre ellos eran especialmente abundantes los culis, esto es, obreros semilibres procedentes de Asia a los que se transportaba durante largos trayectos hasta llegar a las plantaciones (de azúcar, caucho, tabaco, etc.) que volvieron a extenderse a partir de 1860, en su mayoría en las regiones tropicales y subtropicales de Asia, América y África. Otro ejemplo era el de los esclavos y esclavas de alquiler, a los que sus dueños arrendaban a los empresarios de los Estados sureños de EE. UU., Latinoamérica y África occidental para que les prestasen servicios durante un tiempo determinado a cambio de un sueldo, que en parte iba a parar a manos del propietario. También los siervos rusos trabajaron a veces como asalariados, por encargo de su señor. En las minas de diamantes de Suráfrica se crearon en el siglo XIX closed compounds, una especie de cárceles en las que se encerraba a los mineros: un ejemplo de forma mixta a medio camino entre el trabajo asalariado y el trabajo forzoso. Llegados a este punto, cabe recordar también a los millones de trabajadores que prestaban sus servicios a los Verleger desde sus casas, en esencia trabajadores asalariados, aunque aún en la forma tradicional de la industria casera, entre las cuatro paredes de su hogar y con toda la familia implicada en la actividad. Aquel cuadro era típico en el campo sobre todo, aunque a partir de 1870 cada vez se vio más en las grandes ciudades, donde se producía ropa y otras prendas de confección en la industria doméstica, utilizando por lo general a mujeres y niños, vigilados muy de cerca por intermediarios y en condiciones laborales vejatorias: pensemos, sin ir más lejos, en los sweatshops de Nueva York, París y Berlín en torno al año 1900. En Prusia y en otros Estados alemanes el sistema de la servidumbre, garantizado por la legislación, se mantuvo hasta 1818 y limitó la libertad de amplios grupos de trabajadores que prestaban sus servicios en el campo o en el domicilio de sus señores. Sin embargo, las criadas, las doncellas y las sirvientas fueron convirtiéndose poco a poco en asalariadas de un estatus especial. Se podrían mencionar otras situaciones mixtas que tenían algún componente relacionado con el trabajo asalariado. Con el paso del tiempo, fue precisamente ese componente el que acabó imponiéndose frente a los demás[87].

Además de las gigantescas obras de la época, las fábricas y las minas fueron los sectores en los que el trabajo asalariado se convirtió en un fenómeno de masas. Ello no solo se debe a que estos sectores crecieran de una forma desproporcionada durante las primeras fases de la industrialización, a que a ellos llegaran ingentes cantidades de trabajadores y que en ellos se concentraran las pequeñas y grandes empresas en las que tuvo lugar la transición del capitalismo de propietarios al capitalismo gerencial anteriormente descrita: el fenómeno también tuvo mucho que ver con la estructura de las empresas industriales y con su relación con su entorno social, sobre todo. En las fábricas y las minas el trabajo asalariado quedaba espacialmente separado del hogar de los trabajadores. Además, en aquellas empresas existía una división de tareas, una separación entre dirección y ejecución, y unos procedimientos cada vez más racionales y orientados hacia los objetivos, así como las correspondientes exigencias en materia de disciplina. Entre esas exigencias se encontraba la adaptación a unas determinadas estructuras temporales. Quedó más claro que nunca que el área del trabajo era diferente del resto de áreas de la vida, tanto desde el punto de vista espacial como desde el punto de vista temporal. Su lógica capitalista podía desarrollarse de forma relativamente autónoma. En ella, el trabajo asalariado evolucionó hacia una variante relativamente pura. Esa era, desde luego, la percepción que se tenía. Los obreros sentían que, en cierto modo, aquella lógica los unía, más allá de sus diferentes especializaciones, y los diferenciaba de los directivos. Se podía percibir que entre el capital y el trabajo existía cooperación, por una parte, pero también confrontación y tensiones, que giraban en torno a la cuestión de la distribución del producto obtenido (por ejemplo, con huelgas para reclamar mejores salarios y horarios laborales), así como en torno a la cuestión del poder, de la existencia de superiores e inferiores (como ocurrió en las controversias sobre la organización del trabajo o de la autonomía y, más adelante, de la participación en la toma de decisiones). Evidentemente, en las escasas manufacturas y minas de principios de la Edad Moderna ya se habían dado movimientos precursores en este sentido. Sin embargo, la «gran industria» de las fábricas textiles, el sector minero, las plantas de acero y las instalaciones de construcción de maquinaria era algo nuevo, que representaba un cierto corte espacial, temporal y estructural con respecto a las tradiciones y que captó la atención de los contemporáneos, quienes se sentían tan fascinados como aterrorizados por todo lo que estaba pasando. La «gran industria» determinó el incipiente debate sobre el «capitalismo» desde mediados del siglo XIX. Este capitalismo industrial también determinó los conceptos y las opiniones de Marx[88].

En la primera fase de la industrialización, los trabajadores y las trabajadoras padecieron los rigores de la explotación más dura, horarios laborales extremadamente largos, salarios ínfimos, estricta disciplina, necesidades y privaciones, tanto dentro como fuera de las fábricas. El trabajo infantil en las galerías de las minas, las largas filas de mujeres jóvenes, todas ellas en la misma posición, ante las mesas de las máquinas de hilado, la vida en sótanos oscuros de casas arrendadas y repletas de gente en los barrios obreros de ciudades que crecían a toda velocidad, el desesperado levantamiento de los tejedores de Silesia, que Gerhart Hauptmann llevó a los escenarios… Todas estas escenas de miseria y explotación capitalista han quedado grabadas en nuestra memoria colectiva. No entraremos aquí en los detalles de estas circunstancias, como tampoco analizaremos en profundidad los avances de las condiciones laborales y vitales —unos avances lentos, interrumpidos constantemente por las crisis y las guerras, pero que, finalmente, se produjeron en buena parte del mundo durante el desarrollo de la industrialización, pese a que persistieran sectores de explotación y pobreza o surgieran otros nuevos—. Tras innumerables tensiones y conflictos, innovaciones y reformas introducidas en el mundo laboral, en la sociedad y en la política, el trabajo asalariado cambió radicalmente. Hasta el tercer cuarto del siglo XX, en ámbitos amplios y marcados por la economía empresarial se impusieron en buena medida el aumento del salario (para sostener a toda la familia), una notable reducción de la jornada laboral (aun cuando ello también implicara la correspondiente intensificación del trabajo), la protección frente a los riesgos (a través de derechos garantizados por escrito para los casos de despidos, accidentes, enfermedades y vejez) y los derechos laborales individuales y colectivos, aun cuando, pese a todo, la lucha continúe. Para referirse a las concesiones en este sentido, en Alemania se ha adoptado una expresión de connotaciones positivas, Normalarbeitsverhältnis («relación laboral normal»), que, sin embargo, nos hace olvidar que, durante siglos y siglos, estas conquistas no fueron en absoluto normales, que todavía hoy constituyen una excepción en el planeta y que las últimas evoluciones que han tenido lugar han llevado a cuestionarlas allí donde finalmente han logrado imponerse[89]. Mencionemos brevemente los tres motores más importantes del desarrollo que han determinado que esta «relación laboral normal» haya podido, en cierto modo, hacerse realidad. En esencia, están íntimamente unidos al trabajo asalariado:

(1) En las empresas se introdujeron avances en materia de productividad que hicieron posible tales mejoras. Sin embargo, sin la existencia del trabajo asalariado esos progresos habrían sido a su vez prácticamente inimaginables. Solo el trabajo asalariado, en sustitución de otras formas laborales forzosas que predominaban en el pasado, presenta la flexibilidad necesaria para obtener un rendimiento empresarial conforme a un cálculo capitalista, contratar a la mano de obra más adecuada para los objetivos de la compañía, sustituir a esa mano de obra y, llegado el caso, despedirla, sabiendo que los «costes» de esta flexibilidad (en el caso del despido) se externalizarán, es decir, que la empresa quedará eximida de sus responsabilidades en este sentido y que será la sociedad quien las asuma. Además, en aras de una creciente productividad, numerosos directivos de empresas descubrieron, en un estadio avanzado de la industrialización, que la reducción de los horarios laborales, el trato cuidadoso al recurso «mano de obra» y determinadas concesiones con respecto a las reclamaciones de los obreros también son útiles para el éxito de la compañía. No solo los empresarios filántropos y favorables a las reformas sociales, como Robert Owen en Escocia o Ernst Abbe en Jena, sino también gerentes y propietarios de capital que hacían sus cálculos con objetividad, llevaron un paso más allá las reformas laborales dentro de sus compañías, especialmente en sectores que exigían altas cualificaciones.

(2) Sin embargo, aquello por sí solo no habría bastado. Igual de importante, cuando no más, era un segundo impulso: la intervención estatal. La disposición de las instancias estatales a combatir los abusos en el sector laboral mediante leyes, reglamentos y controles, así como a velar por los derechos de los trabajadores, respondía a diferentes motivos. Uno de ellos era la visibilidad pública que adquirió el trabajo asalariado cuando dejó de realizarse en el propio domicilio, en la finca o en otros entornos tradicionales y se separó de todos ellos para tener lugar en la fábrica o en la mina. Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con el trabajo infantil, que durante siglos había resultado normal en la actividad agrícola y en la industria casera, pero que, una vez separado de la familia y del hogar, se convirtió en un problema, especialmente para la opinión pública, comprometida con objetivos pedagógicos y que no dudó en criticarlo. Aquello contribuyó considerablemente a la politización del problema y a la prohibición de tal trabajo por parte de las autoridades estatales, prohibición que, por ejemplo, se fue imponiendo en Prusia de forma gradual a partir de 1839 y que determinó en buena medida la desaparición del trabajo industrial infantil[90]. El próximo apartado se dedicará precisamente a analizar el papel de la opinión pública y de las intervenciones estatales en el capitalismo.

(3) Por último, unas palabras sobre el movimiento obrero. En esencia, el trabajo asalariado no es libre. La relación laboral que implica, una vez que se inicia, no supone la libertad para los trabajadores, sino su sometimiento a unos superiores y a una disciplina. Afirmar, como a veces se hace, que la no posesión de los medios de producción es una prueba de «libertad» puede parecer, además, frívolo o cínico. Eso sí, si se los compara con los trabajadores forzados, los esclavos, los siervos, los indentured labourers, los criados y los oficiales artesanos vinculados a una corporación, cabe concluir que los trabajadores asalariados son libres, en tanto en cuanto pueden aceptar una relación laboral o renunciar a ella sin verse coaccionados por factores no económicos, y que dicha relación implica la prestación o el disfrute de una serie de tareas que se definirán de antemano, aunque solo sea de una forma somera, pero no la plena disposición del trabajador o la trabajadora. Este es precisamente el elemento emancipador del trabajo asalariado en comparación con las variantes del trabajo obligado que existían con anterioridad. No debemos perderlo de vista cuando, con razón, se destaque la asimetría estructural que existe en la relación entre empleador y empleado, cuando se subraye que las diferencias que se dan entre el trabajo «libre» y el trabajo «no libre» —vistos sus múltiples efectos en la vida cotidiana— son más de matices que de principios y cuando se constate que la libertad con respecto a las coacciones no económicas se ha impuesto a un ritmo muy lento a lo largo del desarrollo de la industrialización capitalista y que, como es sabido, durante las guerras y las dictaduras del siglo XX se ha desandado buena parte del camino recorrido en este sentido, debido a la imposición del trabajo forzoso a grandes masas de la población.

La capacidad de oponerse, ya sea de forma individual o colectiva, o, con mucha más frecuencia, de proponer e imponer demandas de mejora ha sido y es la expresión directa de la libertad de la que disfrutan los trabajadores asalariados. Solo en el capitalismo pudieron hacerse fuertes los movimientos obreros autónomos —precisamente en el capitalismo industrial del siglo XIX, cuando el trabajo asalariado se convirtió en un fenómeno de masas en diversos escenarios, entre ellos las fábricas.

El movimiento obrero desplegó su energía, en un sentido sistemático, ante tres desafíos: en primer lugar, los movimientos de los trabajadores surgieron del intento de garantizarse una protección frente a la inseguridad, que iba creciendo regularmente a medida que se imponía el modelo económico capitalista. Basta pensar en la aparición de las cajas de socorro mutuo de los obreros, en sus cooperativas y en las friendly societies. En segundo lugar, el movimiento obrero fue la consecuencia de los conflictos de distribución y dominio inherentes a la relación entre capital y trabajo que ya se han mencionado y que se tradujeron en numerosas protestas y reclamaciones espontáneas u organizadas, en su mayoría en forma de huelgas. Por último, los movimientos obreros extrajeron y extraen su energía de la defensa de las formas de trabajo y de los estilos de vida no capitalistas y tradicionales frente al avance del capitalismo, es decir, de la defensa de los principios de una cultura popular de la moral economy (que hace hincapié en el principio de la subsistencia y del «precio justo») frente a la lógica del capitalismo, con su individualismo, su competencia y su crecimiento[91]. Esta orientación se ha mantenido hasta nuestros días, aunque adoptando formas diferentes, como la lucha a favor de la existencia de un salario mínimo interprofesional, en la actualidad, o como la defensa o exigencia de un trabajo adecuado y digno frente a la rutina y frente a la degradación, instrumentación o mercantilización que tienen lugar en el capitalismo, según la formulación clásica de la crítica a la alienación de Karl Marx.

De todo ello surgió el que probablemente sea el movimiento de protesta y emancipación más importante de la Europa del siglo XIX y principios del XX, que contribuyó enormemente a la democratización de la política y la sociedad, aunque en el siglo XX se dividió en dos ramas: una socialdemócrata (que contenía múltiples variantes) y otra comunista-totalitaria, que con el paso del tiempo ha quedado desacreditada. Fue la presión de las exigencias de los trabajadores en la empresa, en las huelgas, a través de los sindicatos y en la política la que contribuyó a que se produjera la mejora ya señalada de las relaciones laborales y, con ello, cabría decir, a que el capitalismo se civilizara. No podemos entrar aquí a realizar una comparación histórica, pero de hacerlo nos daríamos cuenta de que los movimientos obreros de este tipo no son necesariamente una consecuencia de las tensiones en la relación capital-trabajo, sino que requieren una larga serie de condiciones culturales y políticas, que se cumplían en buena medida en extensas zonas de la Europa del siglo XIX y principios del XX, si bien no se han mantenido con la misma intensidad hasta nuestros días ni tienen por qué existir en otras regiones del mundo. Por ejemplo, los trabajadores asalariados chinos sufren en la actualidad la transformación del trabajo en mercancía, la instrumentalización capitalista, el desarraigo y la explotación de un modo que puede compararse en muchos sentidos con lo que sufrieron los trabajadores europeos en la primera fase de la industrialización, aunque en China todos estos fenómenos se están dando en un período más breve y, en consecuencia, resultan especialmente bruscos. También los chinos protestan y se rebelan, en grupos muy numerosos y a diario. Sin embargo, sus acciones (protestas y peticiones en el lugar de trabajo, huelgas y boicots, bloqueos y sentadas) son, por lo general, locales y por el momento no han conducido en la República Popular, aún parcialmente dictatorial, a un movimiento de protesta y emancipación supralocal o suprarregional[92].

Debemos destacar dos nuevas evoluciones que han tenido lugar en la historia del trabajo asalariado y cuyo futuro resulta difícil prever: por una parte, en paralelo al proceso de financiarización del capitalismo y como consecuencia de la transformación de las tecnologías y de la organización del mercado, desde hace unos años se viene produciendo una fragmentación del trabajo, incluido el asalariado, desde el punto de vista espacial y temporal. En la República Federal de Alemania de los años setenta la proporción entre los empleados a tiempo completo, por una parte, y el conjunto de empleados a tiempo parcial o con contratos temporales —lo que se conoce en Alemania como atypische Beschäftigungsverhältnisse («relaciones laborales atípicas»)— era de 5 a 1; en los años noventa, de 4 a 1; hoy en día, de 2 a 1. Uno de cada tres ciudadanos trabaja ya a tiempo parcial, con contratos temporales, cedidos por empresas de trabajo temporal o en el contexto de un minijob. El trabajo remunerado es cada vez más elástico y las relaciones laborales, menos rígidas. Se exige más y más flexibilidad a los individuos. El lugar de trabajo pierde esas fronteras tan definidas que ganó en el siglo XIX. Los nuevos medios de comunicación permiten desarrollar nuevas formas laborales en el propio domicilio. En las zonas grises entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre surge un nuevo régimen temporal con el trabajo a tiempo parcial o flexible, que trae consigo nuevas posibilidades de libertad, pero también nuevas dependencias. Los resultados deben valorarse de forma diferente. No toda relación laboral «atípica» en este sentido es precaria, especialmente si hablamos de la ocupación a tiempo parcial. Sin duda, el hecho de que las relaciones sean ahora menos estrictas supone también nuevas oportunidades, por ejemplo para combinar la ocupación profesional con otras actividades, para asociar trabajo y tiempo libre, para conciliar vida laboral y vida familiar. Por otra parte, sin embargo, cabe temer que la flexibilización y la fragmentación de las relaciones laborales conduzcan a una amenazadora erosión de las identidades individuales y de la cohesión social, dado que ambas se basan en la existencia de un trabajo continuado, como el de las «sociedades del trabajo» que han existido en Occidente desde el siglo XIX. En cualquier caso, parece que en los últimos años el trabajo ha ido perdiendo su poder de cohesión, su capacidad de estructurar la sociedad, su importancia como vínculo cultural y su papel como instrumento de socialización[93].

(1) La consideración de este trabajo como «informal» o «no estándar» se basa en su comparación con respecto a un modelo de trabajo permanente, regulado y codificado, que se supone «formal» o «estándar». Sin embargo, este fenómeno presuntamente «estándar» no es solo un pequeño fenómeno minoritario en la mayoría de las sociedades del Sur Global: si nos detenemos a analizar la historia incluyendo al Norte Global, nos daremos cuenta de que también aquí constituye una excepción y de que incluso en el siglo XX no era «normal» en muchos lugares, sino que, en el mejor de los casos, solo representaba una norma. Si consideramos seriamente este aspecto, no podremos sino cuestionar las categorías de «no estándar» e «informal». Y, sin embargo, lo cierto es que resulta difícil sustituirlas por otras.
Sin duda alguna, la situación en el Sur Global presenta graves problemas que, sin embargo, no se dieron en la fase de auge del capitalismo industrial en Europa y Norteamérica. Nos referimos sobre todo a la grave dependencia de una buena parte del trabajo realizado localmente con respecto a las cadenas o consorcios multinacionales y a la consiguiente desigualdad poscolonial entre los productores del Sur y los consumidores (y los transformadores de productos) del Norte. Pese a todo, el trabajo asalariado «informal», mal pagado, desprotegido y precario siempre ha existido en Europa y, de hecho, constituyó en este continente un fenómeno de masas en los siglos XVIII y XIX, y un fenómeno marginal en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, fue retrocediendo, sustituido por formas reguladas de trabajo remunerado, y moderándose considerablemente en lo social. Para que aquello ocurriera, una de las condiciones indispensables era el crecimiento económico. También tuvo su importancia en este sentido la institucionalización del trabajo asalariado —elemento interno del capitalismo— que se dio dentro de las empresas. La presión de los movimientos obreros fue fundamental, pero el papel definitivo lo desempeñaron las leyes, los reglamentos y los controles estatales.
Si contemplamos ahora este océano de trabajo informal que se extiende por todo el planeta teniendo en cuenta las tendencias hacia la informalización, que también han ganado terreno en las sociedades más desarrolladas desde el punto de vista económico (véase el capítulo 4 de la cuarta parte), comprenderemos que —en paralelo a la financiarización del capitalismo desde los años setenta y unida a ella— la «informalidad» o «informalización» del trabajo remunerado plantea un reto global que no desaparecerá rápidamente. En última instancia, y al igual que había ocurrido con la financiarización, se trata de una consecuencia de la aplicación cada vez más generalizada de los principios del mercado —más y más dominantes— en áreas cada vez más numerosas de la economía y la sociedad, en las condiciones que establece la comunicación digitalizada en todo el mundo. La mitigación de los grandes problemas sociales resultantes no será posible si no se cuenta con Estados más fuertes que intervengan de forma decidida.

5. Mercado y Estado

Mercado y Estado se apoyan en principios de legitimación diferentes: en un caso, derechos de propiedad desigualmente repartidos; en el otro, igualdad de derechos de los ciudadanos. Aplican diferentes formas de proceder: en un caso, el intercambio; en el otro, el debate con el objetivo de alcanzar un consenso y de tomar decisiones por mayoría. En un caso, el dinero es el medio más importante; en el otro, lo es el poder. El aprovechamiento de ventajas especiales es el único fin de la actuación del mercado, aun cuando se pueda reivindicar, como hacía Adam Smith, que con ello se contribuye de forma indirecta al bien común. En cambio, el fin de la política es lograr el bienestar general, pese a que sea evidente que el contenido de ese bienestar solo se definirá en este contexto y a que se reconozca que es legítimo velar por los intereses particulares en el marco de un proceso democrático de toma de decisiones. Desde el siglo XVIII, los ordenamientos constitucionales liberales prevén la autonomía limitada de los dos ámbitos y determinan que para ejercer el poder político se tendrán en cuenta los principios del Estado de derecho, primero, y los principios democráticos, después, y no precisamente los recursos económicos. Sin embargo, al mismo tiempo garantizan como derecho fundamental el derecho a la propiedad, así como todo lo que este conlleve, y con ello le arrebatan al poder político-estatal su núcleo, por muy grande que sea el margen que dejen las constituciones para crear diferentes formas de relación entre el mercado y el Estado. En los Estados organizados conforme a una constitución, el poder político y los recursos económicos derivados de los derechos de propiedad se limitan mutuamente: un aspecto fundamental de la separación de poderes, que contribuye a garantizar la libertad[95].

Siempre han existido áreas políticas en las que la oposición entre (más) Estado y (más) mercado ha constituido el debate central, como es el caso del conflicto entre una economía planificada desde el Estado y una economía de mercado capitalista que caracterizó a la Guerra Fría, o del enfrentamiento en torno al «neoliberalismo», la desregulación y la privatización que existe desde los años ochenta.
Sin embargo, es falso que el mercado se encuentre en las antípodas del Estado. Como hemos visto, una de las condiciones de cualquier variante del capitalismo es la existencia de una cierta diferencia institucional entre el mercado y el Estado, entre la economía y la política estatal. Pero, por otra parte, lo habitual en la historia es que se haya dado una estrecha relación, bajo diferentes formas, entre el mercado y el Estado, entre la economía y la política estatal: desde la relación ciertamente simbiótica entre las altas finanzas y los poderes terrenales o espirituales, en la Edad Media, hasta la intensa vinculación entre la construcción del Estado y la construcción del mercado, en la Europa de principios de la Edad Moderna, la intervención estatal para la regulación social del trabajo asalariado, en los siglos XIX y XX, o, recientemente, la mayor necesidad de que el Estado intervenga tras la etapa de financiarización del capitalismo. Y podemos seguir dando ejemplos en este sentido, como el del importante papel que desempeña la política estatal en el establecimiento y la expansión del capitalismo en los «Tigres Asiáticos» desde los años cincuenta y sesenta del siglo XX o el poder semidictatorial que han ejercido en los últimos decenios los órganos estatales de China y Rusia.

Es posible diferenciar, especialmente en Occidente, tres fases de distinta duración que se sucedieron a lo largo de los siglos XIX y XX[96] —y parece, además, que en la actualidad está comenzando una cuarta fase—: a la estrecha relación entre el mercado y el Estado propia de los principios de la Edad Moderna, contra la que protestaba Adam Smith, le siguió —en Inglaterra, desde el siglo XVIII; en el continente, desde los profundos cambios liberalizadores que trajo consigo la era de las revoluciones y las reformas a finales del siglo XIX— una fase de relativa separación entre el mercado y el Estado. Este último se contuvo en sus intervenciones en materia de política económica y social hasta las décadas de los setenta y los ochenta del siglo XIX, al tiempo que fomentó la dinámica de la economía de mercado, con todo su impulso interno, e incluso se entregó a ella. Con todo, es completamente falso que pueda hablarse de un Estado débil, que se limitara a asumir un papel de vigilante, algo así como una especie de «sereno»; no en vano, en aquellos decenios los Estados nacionales que iban estableciéndose o, en ocasiones, evolucionando con una enorme fuerza ejercieron un gran poder de estructuración interna y externa. Las contribuciones estatales al desarrollo económico y social fueron considerables: basta pensar en la construcción de infraestructuras y en la organización de la educación, que no se confiaron al juego libre de los actores del mercado. Sin embargo, la política de desregulación económico-liberal en aras de la libertad de comercio cuadraba bien con una competencia apenas controlada entre las empresas, en su mayoría de pequeño tamaño, y con una escasísima organización de la mano de obra. Pese a que se dictaron unas primeras «leyes fabriles» (en Inglaterra, en 1833), el apoyo estatal a la previsión social era mínimo y la fe liberal en que la libertad de unos cuantos sería de provecho para todos se mantenía firme.

Las décadas de los setenta y los ochenta del siglo XIX trajeron consigo un cambio de orientación, que constituyó, por una parte, una reacción ante la profunda crisis internacional que había experimentado el capitalismo en los años setenta y, por otra, una respuesta a las crecientes tensiones sociales y, sobre todo, al auge de los movimientos obreros organizados. Además, correspondía a las tendencias hacia la concentración, la fusión y la profunda organización dentro de ese capitalismo gerencial que se iba abriendo paso y que complementaba cada vez más al viejo capitalismo de propietarios. Las entidades estatales volvieron a participar intensamente en la economía y la sociedad, como se evidenció con las cada vez mayores intervenciones de la política económica (por ejemplo, las nacionalizaciones), el aumento de la importancia de los gastos del Estado en el conjunto del producto nacional, las iniciativas extraeconómicas a medida que se imponía el imperialismo (política aduanera, subvenciones, creación de áreas de influencia y de colonias con fines económicos) y, sobre todo, el inicio del Estado del bienestar desde la década de los ochenta del siglo XIX. Por su parte, los intereses económicos y sociales, cada vez más organizados, ejercían a su vez influencia en la política a través de sus asociaciones y representantes. El lugar de la relativa distancia entre mercado y Estado, de conformidad con los principios del liberalismo económico de la época anterior, lo ocupó durante décadas una importante y creciente interdependencia entre mercado y Estado en aras del principio de la «organización». De hecho, se habla de un «capitalismo organizado» o «coordinado» o «dirigido», cuyas bases se establecieron en los decenios anteriores a 1914 y que estuvo vinculado a la estrecha combinación de políticas de expansión económica y políticas de ampliación del poder que fue tan característica del imperialismo, el fenómeno de la época, cuyo ascenso, acompañado de profundas tensiones, contribuyó decisivamente a partir de 1890 a crear el clima que desembocó en la Primera y en la Segunda Guerra Mundial.

Los conflictos armados impulsaron en todos los Estados que participaban en ellos la organización de un capitalismo que no se basaba en la economía de mercado, y lo hicieron bruscamente, aunque también, en ocasiones, solo de forma transitoria. El proteccionismo de la época de entreguerras aumentó una vez más la distancia con respecto a la era de la libertad de comercio clásica del liberalismo. La crisis económica mundial que se desató en los años treinta del siglo pasado volvió a reforzar la tendencia de los Estados a intervenir en la economía y la política, de un modo muy antidemocrático en las dictaduras de Europa y Japón, y bajo la forma de un Estado demócrata y social en el caso del New Deal estadounidense, que desde esa década sentó las bases de un Estado del bienestar también en Norteamérica. Tras la Segunda Guerra Mundial, se abolieron las medidas económicas forzosas que se habían impuesto durante el conflicto y poco a poco se fue retirando la capa proteccionista, pero en otros aspectos —construcción del Estado del bienestar y elaboración de la legislación laboral, cooperación entre los intereses organizados y el Estado, creciente atención a las exigencias keynesianas en la política económica estatal, mayor proporción de los sectores nacionalizados y de los planes marco del Estado, medidas para la coordinación interestatal en el ámbito internacional— el tercer cuarto del siglo XX fue la gran fase del capitalismo organizado. Esta intensa relación entre mercado y Estado llevó a hablar de un orden «económico mixto», alejado tanto del antiguo liberalismo como del sistema de economía planificada bajo la hegemonía soviética, que renunció a las funciones de búsqueda, localización y asignación de los recursos que cumplía el mercado, a la larga en su propio perjuicio[97].

A finales de los años setenta, sin embargo, se inició una fase de «revitalización del capitalismo de mercado» (James Fulcher), que, con teorías «neoliberales» —que valoraban muy positivamente el poder de autorregulación del mercado—, impulsos de desregulación y privatización que perseguían objetivos concretos y una cierta reducción de las aportaciones del Estado del bienestar, modificó las principales tendencias de las décadas anteriores y, al mismo tiempo, inclinó la balanza del lado del capital, en detrimento de la mano de obra organizada. Entre las causas de este cambio de tendencia se encuentra, sin duda alguna, la crisis económica de los años setenta, con el doble problema de las altas cifras de desempleo y la pérdida de valor del dinero (la «estanflación»), que mostró claramente los límites de los que adolecía, a la hora de resolver los problemas, el sistema del capitalismo coordinado y dominante hasta entonces. Uno de los motivos menos evidentes, pero también más importantes, era la competencia global, que había experimentado un rápido crecimiento y suponía desde hacía mucho tiempo una presión para los países industrializados, que tenían que hacer frente a unos elevados costes salariales y laborales. Además, el capitalismo coordinado de las décadas anteriores había requerido para su funcionamiento de un enorme consenso social, que en algunos países se fue erosionando cada vez más, como ocurrió en Inglaterra, que desde finales de los años setenta se convirtió —seguida pronto de Estados Unidos— en pionera de aquel cambio de tendencia. También el espíritu de los tiempos fue evolucionando y pasó de considerar la organización y la solidaridad como valores prioritarios a optar por el individualismo y la valoración de la diversidad y la espontaneidad. Todo aquello coincidió con el auge del capitalismo de consumo. La caída del bloque del Este se consideró la prueba de la superioridad de las fuerzas del mercado.

Además, acabó con el enorme reto de tener que encontrar una alternativa al capitalismo, que durante la Guerra Fría había contribuido a que algunos representantes del sector del capital y numerosos actores políticos estuvieran mucho más dispuestos a aceptar las exigencias de los trabajadores y a participar en el desarrollo de una economía de mercado más social, con el fin de evitar cambios radicales.
Sin embargo, no es cierto que se produjese un retroceso del Estado. Todo lo contrario. En el continente europeo y en el este de Asia se seguía el modelo neoliberal angloamericano, pero de forma titubeante. Por ejemplo, en Alemania, la reducción de las prestaciones sociales fue muy limitada incluso en la última década del siglo XX y en la primera del XXI y nunca se llegó a materializar el tan invocado «cambio». En este país, como en otros, la resistencia frente a la neoliberalización del capitalismo se mantuvo firme y el Estado invirtió ingentes cantidades en el conjunto del producto nacional. Sin embargo, la desregulación ganó importancia a nivel internacional, especialmente en el sector financiero, dentro del contexto de una financiarización que se iba abriendo camino[98].

Lo que aún no está claro es si la crisis financiera internacional que estalló en 2008 supondrá el fin de la «revitalización del capitalismo de mercado». Desde luego, ha mermado enormemente la legitimación intelectual y política del neoliberalismo. Sin duda alguna, la desregulación del sector de las finanzas fue una importante causa del desplome económico-financiero del año 2008, que se inició precisamente en los países que lideraban el capitalismo radical de las finanzas, esto es, Estados Unidos y Reino Unido. Los propios protagonistas del capitalismo financiero desmintieron y desacreditaron las profundas convicciones neoliberales —la autonomía y la capacidad de autorregulación de los mercados— cuando, en medio de la crisis, acudieron a los gobiernos estatales para rogarles que evitaran el colapso definitivo mediante la aportación de ingentes cantidades de dinero. Algo que aquellos Estados, con el argumento de que eran «too big to fail», acabaron haciendo. Como consecuencia, el endeudamiento de los países se disparó. La crisis de los mercados financieros del sistema capitalista se convirtió en una crisis de la deuda de los Estados, con consecuencias negativas que aún son incalculables, especialmente en Europa. El autodesencantamiento de ese mito neoliberal de la capacidad de los mercados para salvarse por sus propios medios no ha podido ser más profundo. Sin embargo, sus efectos no están nada claros. En algunos países, y también en el ámbito internacional, se observan ciertas tendencias hacia una nueva regulación del sector financiero. Sin embargo, ello supondría perjudicar a una serie de intereses que tienen una enorme influencia y que están dificultando que se encuentre alguna posible solución en este sentido. Por otra parte, el asunto es complejo. No resulta fácil hallar el punto medio adecuado entre la desregulación y el exceso de regulación. Fundamentalmente, lo que faltan son sistemas políticos de toma de decisiones y de actuación suficientemente fuertes en el ámbito supranacional, que serían muy necesarios para poner límites a la actuación global del capitalismo financiero.

Además, las relaciones entre mercado y Estado diferían y difieren enormemente de unos países a otros. En el siglo XX se desarrolló también en Estados Unidos un capitalismo coordinado con una sólida intervención del Estado. Sin embargo, esta intervención se ocupó más bien de garantizar la libre competencia (con la política antitrust), se tradujo en complejos público-privados en el sector de la industria militar y facilitó la financiación del consumo masivo, pero no se centró tanto en ofrecer servicios propios del Estado del bienestar o en supervisar las relaciones dentro de las empresas. A diferencia de Estados Unidos, Suecia demostró que el capitalismo muy competitivo no es incompatible con una cooperación entre las clases regulada desde el Estado, con una orientación colectivo-solidaria y con servicios públicos sociales importantes. Aun cuando desde los años ochenta en este país el cambio «neoliberal» haya acabado limitando en cierto modo el Estado del bienestar, las prestaciones no se han reducido ni mucho menos tanto como lo han hecho en el mismo período en el Reino Unido. En Alemania, que puede considerarse la patria del capitalismo organizado de finales del siglo XIX y del siglo XX, se desarrolló desde los años cincuenta la variante del «capitalismo renano», con grandes dosis de coordinación apoyada desde el Estado y una clara orientación social (la «economía social de mercado»), aunque también con un nivel de intervención directa a través de la política económica mucho menor que el que se daba en aquella época en Suecia o en Francia, y con un mayor respeto hacia la capacidad de autorregulación de la sociedad civil que el que existía, por ejemplo, en Japón. En este último país, la industrialización no comenzó hasta finales del siglo XIX y desde el principio se caracterizó claramente por la existencia de monopolios estatales, en los que las autoridades públicas encargadas de la planificación y la dirección mantenían una estrecha relación con las particulares y gigantescas empresas privadas locales (los zaibatsu), impulsaban decididamente el desarrollo de la tecnología, la industria y las exportaciones, y, al mismo tiempo, renunciaban —en este país de sindicatos débiles y empresas que se ocupan de todo— a construir un amplio Estado del bienestar.

Hong Kong y Taiwán se industrializaron a partir de los años cincuenta y Singapur y Corea del Sur, desde los años sesenta, apostando fuertemente por la exportación, invirtiendo con decisión en la educación y logrando altas tasas de ahorro en todos los sectores económicos. Siguieron de un modo evidente el camino de una economía de mercado privada y capitalista, pero combinada con los importantes estímulos y la dirección del Estado. En este sentido, la estructura gubernamental autoritaria de Singapur y, en un primer momento, también la de Corea del Sur no quisieron ser en modo alguno un obstáculo. Antes al contrario, se convirtieron en un motor del proceso. La modernización de China tras la época de Mao se basó, por una parte, en la energía que representaban para la economía de mercado amplios sectores de la población, a los que dejó de oprimirse, empezando, sobre todo, por las zonas rurales; por otra parte, en este país se produjo una especie de «revolución desde arriba». La dinámica capitalista se aceleró, impulsada y guiada por las cúpulas del partido y por los funcionarios estatales, aunque también se aspiraba a liberalizar en cierto modo la actividad empresarial y conseguir que el Estado se autolimitase en algunos aspectos. En este proceso, se privatizaron empresas públicas, el Estado social maoísta y las garantías que proporcionaba comenzaron a relajarse y se produjo una emigración masiva del campo a la ciudad, que tuvo como consecuencia la explotación y la depravación en unas proporciones que recuerdan a las de la Europa de principios de la industrialización. Los trabajadores se lanzaron a protestar contra el retroceso, los abusos y la inseguridad, sosteniendo en sus brazos, a modo de recordatorio, imágenes de Mao. Mientras tanto, su gobierno comunista recibía el asesoramiento de las élites del capitalismo financiero estadounidense y los chinos instalados en el extranjero aportaban sus recursos, sus redes y su patriotismo. Este sigue siendo un capitalismo industrial basado en los salarios ínfimos, en la dura explotación de los trabajadores y en las exportaciones en masa, que en poco tiempo ha permitido cosechar grandes éxitos económicos, ha proporcionado riquezas inmensas a unos pocos y ha provocado también numerosas protestas. La influencia del Estado en este proceso de industrialización sigue siendo elevada, aunque empieza a reducirse algo. Considerados desde una escala internacional, los salarios son increíblemente bajos, pero desde 2005 han ido aumentando de forma relativa. En general, puede decirse que la mayoría de los chinos vive hoy mejor que hace treinta años. La represión del sistema político es alta, pero se ejerce de forma selectiva, y, en el caso de los protagonistas del crecimiento económico, con moderación. Estamos ante un experimento que, una vez más, nos demuestra que el capitalismo es capaz de florecer en las circunstancias políticas más variadas —aunque solo durante un tiempo limitado— y que el mercado y el Estado, incluso en regímenes autoritarios, e incluso dictatoriales, pueden ser compatibles. En Rusia, la transición hacia el capitalismo en los años noventa supuso una retirada por parte del Estado, pero también un retroceso económico, una desigualdad sin precedentes y unos enormes perjuicios para la sociedad, hasta el año 2003, aproximadamente, cuando empezó a observarse una clara tendencia a recuperar la influencia estatal. En comparación con estos escenarios, en general la India se encuentra, desde hace como mínimo dos decenios, en una senda económica más bien liberal[99].

El análisis de los ejemplos que nos ofrece la historia permite deducir, desde un punto de vista sistemático, que existen tres factores que explican por qué las intervenciones estatales han sido y son imprescindibles —y, con el paso del tiempo, cada vez más importantes— para el nacimiento, la construcción y la supervivencia del capitalismo. En primer lugar, los mercados, que permiten, ante todo, la actuación capitalista, requieren de unas condiciones marco que solo pueden crearse a través de instrumentos políticos: la supresión de elementos que fragmentan o vinculan y se convierten así en un obstáculo (por ejemplo, los elementos del feudalismo), la garantía de un mínimo de paz y el establecimiento de normas para la celebración y la ejecución de contratos o de acuerdos similares a los contratos. Sin la intervención del poder nada de esto habría sido posible. A menudo, los requisitos para la construcción de un mercado amplio se imponían a través de la violencia (pongamos por caso, la guerra o la colonización).
En segundo lugar, se observa una creciente inestabilidad de los procesos capitalistas, en la medida en que a lo largo de decenios se han ido distanciando de los enraizamientos —limitantes, sí, pero también estabilizadores— y se han ido diferenciando. Lo vimos ya en el momento en que abordamos las transiciones desde el capitalismo de propietarios hasta el capitalismo de gerentes y, más adelante, hasta la fase de la financiarización, en la que la función de la inversión se ha apartado de un modo muy evidente del resto de funciones (como la dirección de la empresa o la política de recursos humanos) y se ha hecho tan independiente que ha llegado a autodestruirse cuando no ha encontrado nuevos puntos de enraizamiento en los que continuar, entre ellos las normas y los controles estatales, que no son los únicos, pero sí los más importantes. (Con todo, esta evolución ha sido diferente en muchos de los países situados fuera de la región del Atlántico Norte, donde la extensión del clientelismo, el enchufismo y la corrupción, esto es, de los «enraizamientos» especiales, generan tipos de sistemas que se conocen y critican bajo las denominaciones de «capitalismo patrimonial» o «crony capitalism».)

Echemos un vistazo, por último, al capitalismo y al trabajo asalariado en las regiones del «Sur Global», que no han entrado en un proceso generalizado de industrialización hasta hace apenas unos decenios: el trabajo remunerado adopta en ellas las formas más diversas, aunque en la mayoría de los casos se clasifican y se integran en el debate dentro de las categorías informal y non-standard. Con estos términos se hace referencia a diferentes formas laborales, escasamente reguladas, apenas codificadas y, en consecuencia, muy poco protegidas y muy expuestas, en empleos dependientes y cambiantes, entre ellos el trabajo de los inmigrantes, los temporeros y los eventuales, en la mayoría de los casos con una remuneración mínima, con una dependencia máxima y muchas veces combinadas con otras actividades y otras fuentes de ingresos dentro de una familia, dado que, si solo se contara con una ocupación, no se podría sobrevivir. Con toda la razón del mundo se habla de esta forma de trabajo remunerado, tan marcada por el capitalismo, como una actividad extremadamente precaria, que realizan empleados de ambos sexos (aunque sobre todo mujeres) y también muchos niños, en los sectores agrícola y alimentario (orientados hacia la exportación de las mercancías producidas), en talleres y fábricas y en los servicios más variados, la mayoría de las veces en suburbios, en condiciones de enorme inseguridad y expuestos a una extraordinaria desigualdad, que, además, va en aumento. Los empresarios, los negocios y las fábricas —entre ellos, muchas multinacionales cuyos centros de poder se encuentran en el «Norte Global»— contribuyen, con su afán por el outsourcing, a agravar estas precarias condiciones laborales, utilizan la mano de obra sin ofrecerle un contrato formal, a menudo con la ayuda de contratistas, subcontratistas o agentes intermediarios, y, si existen leyes de protección de los trabajadores, las cumplen solo a regañadientes o, como ocurre con frecuencia, se las saltan o las ignoran. Resulta difícil definir conceptual y cuantitativamente la categoría de los trabajadores «informales». Los cálculos aproximados apuntan que son mil millones en todo el mundo y que ese número sigue creciendo.
En países como Alemania hace ya tiempo que la «cuestión obrera», que en otras épocas provocaba protestas intensas y radicales, ha perdido esa capacidad de intimidar a la sociedad que tenía en el sistema de clases de los siglos XIX y XX. Hace mucho que la crítica al empobrecimiento de la clase obrera y a la alienación del trabajo dejó de estar en el centro de la crítica al capitalismo que se hace hoy desde aquí, pese a que en el pasado ocupó ese puesto crucial. Pero ello se debe a la fragmentación por sociedades nacionales del mapa mental que seguimos teniendo en nuestras cabezas. Si se consiguiera dar una perspectiva realmente global a la conciencia moral, al compromiso social y a las exigencias políticas (lo cual no solo podría ir contra nuestras costumbres, tan asentadas, sino también contra importantes intereses de nuestro Norte Global), la «cuestión obrera» renacería, aunque convertida en la cuestión obrera «del Sur Global»: con sus imperativos morales y como problema acuciante de justicia social, de resolución difícil, pero no imposible. Si realizamos una comparación desde el punto de vista histórico, llegaremos a tres conclusiones:

En tercer lugar, el capitalismo provoca, justo en las fases avanzadas de su desarrollo, una serie de efectos que perjudican, cuando no destruyen, su entorno social, cultural y político y puede hacer que la sociedad lo cuestione. En este sentido cabe recordar, por ejemplo, las profundas crisis que se han ido repitiendo con cierta fatalidad, como las de 1873, 1929-1930 o 2007-2008, que suelen desencadenarse en forma de crisis financieras, aun cuando sus graves consecuencias puedan afectar a la «economía real», perjudicar el bienestar de amplios sectores de la población y generar sacudidas sociales y políticas. Del mismo modo, cabe recordar también los efectos polarizadores que el capitalismo de éxito produce a largo plazo. Con ello no solo me refiero a la conocida relación entre industrialización, trabajo asalariado y protestas obreras, que conduce a una polarización de la sociedad si el Estado del bienestar no está ahí para contrarrestar estos efectos, sino también, y sobre todo, a lo ocurrido en los Países Bajos a principios de la Edad Moderna, a la industrialización del siglo XIX y a los últimos decenios, en los que se ha comprobado que, cuando no se compensan los efectos del crecimiento capitalista, no es que se produzca un empobrecimiento en masa —todo lo contrario—, pero sí se da una creciente desigualdad de ingresos y patrimonio. Las desorbitadas ganancias de los gerentes, cuya distancia con respecto al salario medio se ha multiplicado extraordinariamente en los últimos decenios, son solo una pequeña parte —aunque especialmente visible e irritante— del complejo incremento de la desigualdad, que se contempla como una injusticia, especialmente en las culturas políticas democráticas, y que, a la larga, puede poner en duda la legitimidad del sistema. Existen otras consecuencias problemáticas del capitalismo, a las que me referiré en el apartado final[101].

La experiencia histórica demuestra que las consecuencias desestabilizadoras del capitalismo desde el punto de vista social pueden, como mínimo, mitigarse con herramientas estatales, siempre y cuando la comunidad esté en condiciones de hacer uso de esas herramientas, incluso a pesar de la posible resistencia, y de aplicarlas de forma proporcional. En este sentido, cada vez es mayor la necesidad de una intervención compensatoria, preventiva y duradera por parte del Estado, máxime cuando la sensibilidad, el nivel de exigencia y la capacidad de articulación de la opinión pública como actor político se han incrementado en muchos lugares y seguirán haciéndolo en el futuro. Es evidente que la existencia o la carencia de una cultura de protesta, el grado de desarrollo de una opinión pública de carácter político y las características del sistema político determinan en buena medida si los abusos económicos y sociales acabarán desembocando en unos movimientos sociales e intervenciones por parte del Estado que, de tener éxito, conseguirán que el capitalismo aumente su responsabilidad social y, con ella, sus posibilidades de supervivencia. El avance del Estado del bienestar desde finales del siglo XIX es el mejor ejemplo de ello. Sin embargo, en el capitalismo actual resulta más difícil que se dé un proceso civilizador análogo, dado que el sistema económico, cada vez más global y con más efectos transfronterizos, no se ve contrarrestado por ninguna forma de Estado igualmente global y transfronteriza que pueda oponer una resistencia real a su vehemente dinámica. Esta es una cuestión aún no resuelta.

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V

PERSPECTIVA GENERAL

La influyente visión que se tenía del sistema capitalista en la Ilustración como una fuerza civilizadora que no solo traería prosperidad a la sociedad, sino que también haría a los seres humanos más libres, más pacíficos y mejores, no goza hoy de una gran aceptación. Antes al contrario, al menos en Europa, son predominantes las críticas al sistema, aun cuando las opiniones sobre el capitalismo difieran enormemente. Sin embargo, quien estudie con rigor la historia de este sistema económico y conozca algo de las condiciones de vida en los siglos en los que aún no existía o se encontraba solo en una fase incipiente, no podrá sino asombrarse de los extraordinarios avances en materia de condiciones materiales de nuestras existencias, superación de la miseria, aumento de la esperanza de vida, mejora de la salud, multiplicación de las opciones disponibles e incremento de la libertad que se han producido en amplias regiones del mundo (¡aunque no en todas!), especialmente para las numerosas personas que no pertenecen a una élite bien posicionada. Cabe concluir que todos estos avances, contemplados con la perspectiva del tiempo transcurrido, probablemente no se habrían dado si el capitalismo no hubiese excavado, ocupado y transformado de una forma muy característica y durante largos períodos su entorno. Y quien desee recurrir al argumento del aumento del conocimiento, la transformación de la tecnología o la industrialización como motores del progreso deberá recordar que, para contar con una industrialización exitosa y duradera, hasta ahora siempre ha sido preciso que exista el capitalismo. Sus principios han impulsado en buena medida la difusión del saber, como ha quedado patente en la historia de los medios de comunicación, desde los primeros ensayos de la tipografía hasta el uso de Internet en la actualidad, pasando por la prensa política que recoge las críticas de la opinión pública. Hasta ahora, el capitalismo ha vencido a todos los modelos alternativos, tanto en términos de creación de bienestar como en términos de generación de libertad. La derrota de las economías planificadas del bloque comunista en el último tercio del siglo XX fue el proceso final de esta evaluación del capitalismo en el balance de la historia. Y, sin embargo, es infrecuente que quien hable o escriba acerca de este sistema pase por alto las oscuras páginas de su historia. Lo normal es que las mencione o, incluso, las destaque. La crítica al capitalismo está a la orden del día.

Algunos de los temas que aborda esta crítica y que en el pasado constituían su núcleo son, en la actualidad, marginales. La doctrina social de la Iglesia católica sigue advirtiendo de los peligros de la «idolatría del mercado» y de la «ideología radical de tipo capitalista» (como se asegura en la encíclica papal Centesimus Annus, de 1991). Sin embargo, está ya muy lejos de la crítica fundamental del sistema que la Iglesia católica romana difundió durante siglos. Por otra parte, la crítica al capitalismo desde la extrema derecha, que empezó a difundirse como muy tarde hacia 1870 y que alcanzó su culmen en el régimen nacionalsocialista, con sus connotaciones antiliberales y, frecuentemente, con sus matices antisemitas, encuentra hoy en día poca acogida. En cuanto a nuestra izquierda política, ya ha dejado de echar en cara al capitalismo el empobrecimiento de la clase obrera. De hecho, la «cuestión obrera» ya no divide a la sociedad, aun cuando sea cierto que podría (y debería) redescubrirse a nivel internacional. También se han callado los sectores que criticaban la alienación del trabajo en el sistema capitalista, después de que, tras la época posterior al fordismo, se haya difundido la producción individualizada a través de grupos de trabajo con cierto margen de actuación dentro de la empresa capitalista y de que la creatividad se haya convertido en una útil cualidad, no solo muy valorada, sino también demandada por los mercados. Parece que el capitalismo tiene la suficiente capacidad de transformación como para esquivar y, hasta cierto punto, dejar sin efecto —a través de la adaptación— las críticas que se le han hecho durante largo tiempo[102]. Por mucho que sea cierto que los intereses económicos y, sobre todo, el afán de la industria armamentística por vender sus productos y obtener beneficios desempeñan un papel importante en el incremento de las tensiones internacionales y en los preparativos de las guerras, en la actualidad los expertos se cuidan muy mucho de atribuir fundamentalmente a la economía y a las contradicciones del capitalismo el origen de los conflictos bélicos. En realidad, se suele señalar que los capitalistas tienen interés en que se mantenga la paz, como condición indispensable para el éxito de sus negocios[103]. Las teorías del imperialismo, dentro de la tradición de Luxemburgo o Lenin, han dejado de estar en boga. Un ejemplo más: es poco frecuente ya que se apunte a los miembros de la burguesía monopolística que promovieron el ascenso de determinados líderes o a las contradicciones internas del capitalismo como causas del auge y la victoria de los fascismos alemán e italiano. Si bien han quedado grabados en la memoria el apoyo que prestaron a Hitler grandes sectores de las élites conservadoras (entre los que se encontraban numerosos fabricantes industriales) en la crisis final de la República de Weimar y la larga y provechosa cooperación de la gran industria con la economía de guerra del nacionalsocialismo, entretanto se ha conocido y se tiene bien presente la forma tan decidida y variada en la que enormes grupos de la sociedad alemana se dispusieron a «trabajar en la dirección» del nacionalsocialismo (Kershaw) y a identificarse con él, de modo que la carga de la culpa que se atribuye a los capitalistas en la «catástrofe alemana» se vuelve mucho más ligera. Con todo, se mantiene invariable la idea de que el ascenso del nacionalsocialismo habría sido improbable si no se hubiese producido la gran crisis del capitalismo a principios de los años treinta.

En la actualidad, las críticas al capitalismo son muy diversas. Se atacan públicamente determinados abusos relativos, como la «irresponsabilidad estructurada» del sector financiero[104], que —en un claro caso de incumplimiento de una de las premisas fundamentales del capitalismo, además— ha contribuido a separar la toma de decisiones y la asunción de la responsabilidad correspondiente a las consecuencias de tales decisiones, de modo que las ganancias desorbitadas de los gerentes del dinero son posibles gracias a que las gigantescas pérdidas se hacen públicas («too big to fail»). La crítica a la creciente desigualdad como efecto del capitalismo se realiza de un modo algo más general, con un debate público que se interesa más en la desigualdad de ingresos y patrimonio que ha vuelto a crecer desde los años setenta dentro del propio país que en la desigualdad, mucho más grave, que existe entre diferentes países y regiones del planeta y que ha aumentado espectacularmente entre 1800 y 1950, si bien desde esa fecha se ha estancado[105]. Las reclamaciones en torno a la creciente desigualdad conducen a la protesta contra el incumplimiento de la justicia y adquieren relevancia desde el punto de vista sistémico. Además, se reprocha la permanente inseguridad, la presión de la incesante aceleración y el individualismo extremo que son inherentes al capitalismo y que, si no se contrarrestan, conllevarán la erosión social y el abandono del bienestar común. Cabe preguntarse: ¿qué es lo que cohesiona a las sociedades? Por otra parte, también es fundamental la crítica a la dependencia constitutiva del capitalismo con respecto al crecimiento constante y a la expansión permanente más allá del statu quo alcanzado; una dependencia que amenaza con destruir los recursos naturales (medio ambiente, clima) y culturales (solidaridad, sentido) que, por otra parte, el capitalismo necesita para sobrevivir[106]. Aquí es cuando aparece la inquietud: ¿dónde se sitúan o deben situarse (por motivos morales o prácticos) las fronteras del mercado y de la comercialización[107]? Existen sólidos argumentos históricos que confirman que deben existir esas fronteras, que el capitalismo no puede invadirlo todo, sino que necesita un punto de apoyo no capitalista en la sociedad, la cultura y el Estado. En el nivel más básico, la discrepancia entre las exigencias de entendimiento y estructuración —orientadas conforme a valores universalizables— por parte de la política democrática, por un lado, y la dinámica del capitalismo, que escapa a la política democrática y a la estructuración moral, por otro, representa un problema constante. Por último, no debemos pasar por alto una forma de crítica total, que considera el «capitalismo» como la esencia simbólica de la modernidad (occidental) o como la encarnación del mal por antonomasia[108].

La crítica al capitalismo es tan antigua como el propio capitalismo. Y, aunque no ha logrado impedir su marcha triunfal por el mundo, sí que ha influido en ella. La visión histórica que se ha presentado aquí muestra la inmensa capacidad de transformación que ha caracterizado al capitalismo durante siglos. Las críticas a este sistema, unidas a los movimientos sociales y políticos, han sido un importante motor de cambio, como se ha señalado anteriormente, sobre todo en los apartados «La evolución del trabajo asalariado» y «Mercado y Estado». Lo mismo puede ocurrir también en el futuro. Porque el capitalismo no decide las condiciones sociopolíticas en las que se va a desarrollar. Puede florecer en diferentes sistemas políticos, incluso bajo regímenes dictatoriales (aunque, desde luego, solo por un tiempo limitado). La afinidad entre capitalismo y democracia es menos marcada de lo que se ha esperado y supuesto durante mucho tiempo. El capitalismo no se marca sus propios objetivos. Puede servir a diferentes fines sociales y políticos, y probablemente también a un cambio de rumbo de la economía hacia soluciones más renovables y duraderas, siempre y cuando se ponga en marcha una presión política suficiente y se tomen las correspondientes decisiones políticas para alcanzar esos fines, algo que, por el momento, no parece estar a la vista, ni en las sociedades desarrolladas del Norte Global ni en el resto del mundo. El capitalismo vive de sus enraizamientos sociales, culturales y políticos, por mucho que, al mismo tiempo, los amenace y desintegre. Es capaz de aprender. Coincide en esa ventaja con la democracia. Es capaz de transformarse bajo los efectos de las herramientas de la política y la sociedad civil si estas son lo suficientemente fuertes y decididas. La perspectiva histórica así lo demuestra. En cierto modo, cada época y cada civilización tienen el capitalismo que se merecen. En nuestros días, no se aprecian alternativas superiores frente al capitalismo. Pero sí que son concebibles (y, en parte, ya se observan) variantes y alternativas muy diversas dentro del capitalismo. Lo que está en juego es su evolución. La reforma del capitalismo es una tarea permanente. Y en ella, el papel de la crítica al sistema es fundamental.

En conclusión, antes de 1500 el capitalismo europeo ya se había diferenciado traspasando los límites de lo comercial y abarcando lo financiero, capaz de sostener los diversos poderes políticos, y prefigurando el capitalismo financiero del siglo XX. Al no existir aún la globalización, no había burgueses amos del mundo, pero sí burgueses amos de ciudades y regiones.
En conclusión, antes de 1500 el capitalismo europeo ya se había diferenciado traspasando los límites de lo comercial y abarcando lo financiero, capaz de sostener los diversos poderes políticos, y prefigurando el capitalismo financiero del siglo XX. Al no existir aún la globalización, no había burgueses amos del mundo, pero sí burgueses amos de ciudades y regiones.

¿Y qué pasó a continuación, durante la Edad Moderna? Algo muy propio también del siglo XX y de la globalización: la primera Revolución del Consumo. Los capitalistas lograron que las masas compraran a diario productos que no necesitaban. Gracias a ello, con el crédito de los Estados y el consumo cotidiano de las gentes, los capitalistas más avezados pudieron entregarse a la acumulación de capital.

Para conseguir esta Revolución del Consumo, el capitalismo comercial hubo de traspasar sus propios límites una vez más e introducirse en el ámbito de la producción. Y curiosamente, al contrario de lo que ocurriría con la producción industrial del siglo XIX, está primera producción no utilizó fundamentalmente mano de obra asalariada, sino mano de obra esclava y servidumbre.

“globalización” = s. XIX. No “sistema mundial”, “economía- mundo”, “primera globalización”, etc., sino sería la conexión de los principales mercados del mundo. Es decir, la conexión comercial de Occidente, India e China (quizás Japón) en el comercio de sus principales mercaderías; o, al menos, en las que constituyen la parte principal de su comercio exterior. Además, sería necesario que esa conexión fuera lo bastante estrecha como para que las diferencias en los precios en frontera sólo respondieran a los costes de transporte. Así, vivimos en un mundo globalizado porque un tipo en París puede comprar un coche japonés, lo mismo que un tipo en Tokio puede comprar un burdeos. Y porque ninguno de los dos pagará un precio desorbitado por esos bienes. Al respecto, la bibliografía disponible es muy concluyente; podría decirse que contundente: no hubo integración de mercados (ni por tanto globalización económica) hasta mediados del siglo XIX por lo menos. Quizás todo el problema sea semántico: llamamos globalización a cosas diferentes. Por cierto, del mismo que hasta el siglo XIX no hubo una verdadera globalización de los mercados de bienes, tampoco la hubo de los mercados laborales. En la misma Europa no se puede hablar de migraciones importantes antes de comienzos o mediados de ese siglo. Más o menos lo mismo (quizás menos que más) se puede decir de los mercados de capitales. Es significativo que, por ejemplo, el precio del oro en términos de plata (o viceversa) en China fuera marcadamente diferente del que había en el resto del mundo hasta, una vez más, el siglo XIX (y lo fue aún más, y durante más tiempo, en Japón). En resumen, tampoco el funcionamiento de esos mercados de capitales permite afirmar que la globalización existiera antes de ese siglo XIX; al menos, en los términos en los que convencionalmente suele emplearse ese término. Otra cosa es que hubiera una fuerte integración de mercados muy específicos, como los de las especias. O una mayor integración en ciertos ámbitos menores al “globo”, como el océano Atlántico. Pero la globalización “de verdad” es otra cosa.

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