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Los modos de producción son las diferentes formas en que las sociedades obtienen sus alimentos, su energía y los recursos materiales que necesita. Unos modos de producción pueden estar basados en la caza, otros en la agricultura y otros en la industria o servicios. Los modos de producción determinan la forma en que se organiza una sociedad, sus instituciones, su estructura social, su cultura o conducta normalizada.

Seis de los siete modos de producción que a continuación se contemplan han tenido lugar a lo largo de la historia, y el séptimo podría tener lugar en un futuro a medio-largo plazo. Esta breve enumeración de los diferentes modos de producción es bien interesante, porque podría considerarse un guión de la historia humana, y lo que queremos averiguar es cómo se pasó de un modo de producción a otro y si la voluntad humana tuvo algo que ver o si, por el contrario, la voluntad humana no hubiera sido capaz de frenar el paso de un sistema a otro, de unas estructuras sociales a otras, aunque se lo hubiera propuesto con todas sus fuerzas.

De hecho, descubriremos que esta segunda hipótesis está más cerca de la verdad. El mundo ha ido cambiando a pesar de la enconada resistencia de los seres humanos, cuya conducta estaba determinada por las viejas estructuras. Pero las estructuras han cambiado y han impuesto nuevos comportamientos a las nuevas generaciones. Por qué cambian las estructuras es lo que vamos a tratar de descubrir, pero de lo que no cabe duda es de que primero cambian las estructuras, y después, sin poder evitarlo, la conducta de la gente.

Las siete tecnologías de producción que se contemplan son las siguientes:

  1. Caza y recolección
  2. Agricultura y ganadería
  3. Esclavitud
  4. Servidumbre
  5. Proletariado industrial
  6. Proletariado servicios
  7. Comunidades autosuficientes

1. Caza y recolección

El modo de producción conocido como caza y recolección fue el único existente durante millones de años, hasta que hace unos 10.000 años apareció el modo de producción basado en la agricultura y la ganadería. Por lo tanto, es el modo de producción que más nos ha influido como especie.

Cazar y recolectar requiere amplios territorios para alimentar a un grupo pequeño de seres humanos. Las bandas de cazadores-recolectores suelen estar compuestas por unas 20 o 30 personas, y probablemente nunca hubo en el planeta más de 100.000 de estos grupos: 2 o 3 millones de personas. Al final hubo un aumento de población de los cazadores recolectores, alcanzando los 1o millones. Más gente en menos espacio fue lo que nos obligó a cambiar el modo de producción (véase El excedente). No aumentó tanto el número de grupos como el número de los integrantes de cada grupo, llegando en muchas ocasiones a sobrepasar los 70 miembros.

El modo de producción de caza y recolección obliga a los seres humanos a moverse tras las plantas y los animales. Es una economía de subsistencia, que no permite producir excedente, ya que consiste en recoger los alimentos y recursos que ofrece el entorno. La velocidad a la que un grupo agota estos recursos depende de la riqueza del entorno y de la tecnología humana (herramientas, armas de caza, conocimiento del medio…). Los desplazamientos constantes impiden que estas sociedades puedan acumular más de lo que puedan cargar sobre sus espaldas. Cuando el alimento escasea, se marchan a otro territorio, y así, de una forma no planificada, algunos grupos salen de África —cuna de la humanidad—, y conquistan el mundo, llegando hasta Australia, Europa, América y las islas del Pacífico.

La actual institución familiar es el único resto de lo que antaño fueron las bandas de cazadores recolectores. El grupo es una familia amplia, que vive de forma autosuficiente, muy separada de otros grupos. El poder aún no está institucionalizado. Las únicas diferencias entre los individuos se deben a la edad, sexo, mérito y posición en el árbol familiar. La dinámica del grupo se rige por las relaciones de parentesco, las funciones ligadas al sexo, a la edad y a los propios méritos. No hay nadie que sea reconocido como el que oficialmente manda, nadie debe ser obedecido por ley ni puede obligar a los demás a cumplir sus órdenes. El deseo de querer ser cabecilla, imponerse sobre los demás o creerse mejor que otros es una desviación de la norma en estas culturas primitivas. La supervivencia del grupo depende de la colaboración de todos, las decisiones se toman en común, existiendo de hecho una democracia igualitaria. Si un loco dijera: este territorio y estos recursos son míos, y aquí se hace lo que yo diga, sería muy fácil para el grupo coger sus pertenencias y trasladarse a otro lugar, dejando solo al tirano.

El economista Karl Polanyi distinguió tres sistemas de intercambio de bienes y servicios: el recíproco, el redistributivo y el mercantil. El recíproco puede aplicarse a los cazadores recolectores, el redistributivo a las primeras aldeas agricolas-ganaderas, que también eran sociedades igualitarias y sin excedente. El mercantil es propio de las sociedades con excedente.

En el intercambio recíproco de las sociedades igualitarias primitivas, cada cual toma según su necesidad y devuelve sin ninguna regla establecida de tiempo o cantidad. Por la mañana, un grupo de adultos sale a cazar o recolectar. Vuelven al atardecer y todo el alimento que han encontrado se comparte por igual, independientemente de que los receptores hayan pasado el día durmiendo o trabajando. A la mañana siguiente, otro grupo distinto sale del campamento y cuando regresa al atardecer, se repite la distribución de alimentos.

Los intercambios se hacen a base de regalos, que tienden a ser recíprocos y a «compensarse» naturalmente. Se da y se recibe, según la capacidad y según la necesidad, y por eso se habla de comunalismo primitivo (no comunismo, pues existía propiedad privada: objetos que son de cada cual, como las propias armas o herramientas que uno ha fabricado y que los demás no pueden coger o usar sin permiso. Se intercambian por medio de regalos. Te ofrezco lo que es mío, porque es mío, y porque te lo doy, pasa a ser tuyo.)

Cualquiera puede construirse sus propios objetos, herramientas, etc, o darlos o recibirlos en forma de regalos, que hermanan a quienes los realizan y forman parte de las relaciones sociales. Las pequeñas desigualdades no se tienen en cuenta, porque a la larga se nivelan. El grupo sólo ejerce presión sobre los gorrones empedernidos y, aunque no se reconoce abiertamente la necesidad de que la balanza acabe nivelándose, todo tiende a que así suceda.

Actualmente, los amigos intercambian regalos en Navidad y en el día del cumpleaños; las esposas no cobran a los maridos por cocinar la comida o viceversa; y, en general, en todas las relaciones de parentesco se realizan transacciones de toma y daca de carácter informal y «desinteresado», pero basadas realmente en el principio de la reciprocidad. Así era antes para todo tipo de intercambio en el estadio evolutivo de la tecnología de producción basada en la caza y la recolección.

2. Agricultura y ganadería

Como narramos en el artículo anterior (véase El Excedente), el paso del modo de producción cazador-recolector al modo de producción ganadero-agricultor no fue planificado, sino forzado por una concatenación de procesos: superpoblación, cambio climático, escasez de alimentos.

La producción de alimentos propiamente dicha comienza aquí, con la domesticación de las plantas y animales, pues antes lo que existía era un sistema depredador y no productor. Más que un descubrimiento, supuso la aplicación práctica de los conocimientos que ya poseían los cazadores-recolectores, pues cualquier recolector de frutos o de granos habría notado que, de los granos que se le caían junto al sendero o junto a la choza al transportarlos, crecían luego nuevas espigas, y de las semillas de las frutas nuevas plantas. O que las crías de animales salvajes que más de una vez se encontrarían abandonadas, después de haber dado caza a los padres, podían adoptarse y acabar formando parte de la familia.

Con el tiempo, la selección artificial de las especies domesticadas (un proceso nuevamente no planificado) transformó los animales y plantas domésticos, creando espigas con grandes granos, ovejas con kilos de lana, vacas con litros de leche… Los pocos grupos de cazadores-recolectores se veían tentados a cuidar de estas plantas y animales mucho más eficientes, y abandonar definitivamente su antiguo modo de producción.

Con la agricultura y la ganadería no solo se resolvió el problema de la escasez de alimentos, sino que se pudo producir excedente por primera vez en la historia. El excedente es necesario para librarse de los años de escasez y malas cosechas. Hizo posible la especialización, surgiendo por primera vez personas que podían dedicarse a tiempo completo a la alfarería, los tejidos o la construcción.

La agricultura y la ganadería empezó a practicarse hace unos 10.000 años y durante la mitad de ese tiempo se dobló la población mundial sin necesidad de producir más excedente del necesario para vivir confortablemente en pequeñas aldeas de unas 200 personas, y por lo tanto, sin avivar la llama de la civilización y de los primeros Estados.

El intercambio recíproco de los cazadores recolectores dio paso al intercambio redistributivo de las comunidades agrícolas y ganaderas. Los productos del trabajo de varios productores se llevan a un lugar central, se clasifican por tipos, se cuentan y después se distribuyen entre productores y no productores indistintamente. Todo esto se hace en forma de fiesta o festín y a quien lo organiza todo podemos llamarle redistribuidor, una especie de líder o gran proveedor, muy apreciado en la comunidad. Su presencia es necesaria, pues producir y llevar simultáneamente grandes cantidades de bienes a un solo lugar y distribuirlos en partes definidas requiere un gran esfuerzo de coordinación. Estos «grandes hombres» consiguen que mucha gente trabaje y produzca para que haya mucho que repartir. Eso otorga prestigio tanto a ellos, como proveedores, como a la aldea.

La redistribución, en principio, es como una extensión de la reciprocidad. Los redistribuidores intentan atraerse productores e intensificar la producción, compiten unos con otros en dar los festines más grandes, por lo que aumentan la productividad de la región. Un conjunto de productores empobrecidos puede acudir a los festines dados por otros redistribuidores para llevarse tantas provisiones vitales como puedan, recordando a sus anfitriones cuán grandes fueron los festines que ellos dieron en años anteriores. De este modo se palían los efectos de los desastres productivos de carácter local, se ataja la pobreza, se ahorra para años malos, etc… El actual sistema de impuestos es un intercambio redistributivo y todavía se sigue relacionando con la idea de un reparto más justo de la riqueza.

En las sociedades igualitarias el intercambio corre a cargo de un redistribuidor que ha trabajado más duro que nadie para producir los artículos que se van a distribuir y que guarda para sí mismo la parte más pequeña o nada. No gana otra cosa que la admiración de sus beneficiarios, y de esta manera contribuye a que la redistribución sea posible, con todas las ventajas que eso conlleva. Pero en las sociedades jerarquizadas (aquellas que poseen una tecnología de producción agrícola y ganadera algo más desarrollada) los «grandes hombres» se convierten en «jefes» con poder para obligar a otros a cumplir sus órdenes, se abstienen de trabajar en el proceso de producción, se quedan con la mayor parte de lo producido y terminan con más posesiones que nadie. Se rodean de una camarilla de «nobles» que les secundan y explotan a los de «abajo». Los trabajadores son obligados a contribuir a los fondos centrales o sufrir castigos y puede que no se les dé nada a cambio. Pierden el acceso a los medios de producción, el control sobre el proceso de producción y el derecho a disponer de lo producido.

3. Esclavitud

Hace unos 6.000 años comenzaron a forjarse los primeros Estados, que darían lugar a los primeros imperios en Mesopotamia y Egipto y luego en el resto del mundo, siendo Grecia y Roma los prototipos más perfectos, hace unos 2.000 años. Para entonces, la población mundial ya había llegado a los 300 millones de personas.

La forma en que se dio el paso desde el modo de producción agricola-ganadero al modo de producción basado en esclavos queda perfilado en El excedente,  y también en la obra del antropólogo Marvin Harris, Jefes, cabecillas y abusones. Ocurrió en aquellas comunidades más prósperas donde dejó de ser necesario que el encargado de organizar y redistribuir el excedente contribuyera con su propio esfuerzo personal a la producción. El proceso se automatizó, se institucionalizó, por la propia dinámica del excedente, que de pronto fue capaz de producir más excedente por sí mismo, partiendo a la sociedad en dos clases diferenciadas: la minoría dirigente, admistradora de ese excedente y esclavizadora del resto: la mayoría explotada, productora forzosa de ese excedente.

Es importante que sepamos interpretar la aparición de la clase dirigente y esclavizadora como una consecuencia de la prosperidad y el acrecentamiento del excedente, y no como fruto de la codicia y falta de escrúpulos de unos pocos. Muchas sociedades prósperas, llenas de buenas personas, podían no desarrollar una sociedad de clases, pero pronto eran absorbidas por otras sociedades que sí se habían estratificado. La función encuentra enseguida operadores dispuestos, sobretodo si es una función que otorga una ventaja para la supervivencia.

Entre las sociedades agrícolas igualitarias y los primeros Estados (sociedades estratificadas o con clases sociales) existió una fase corta, la de las Jefaturas (sociedades jerarquizadas, llamadas así porque los individuos están jerarquizados, ordenados en cuanto a estatus, desde el Jefe hasta el tonto del pueblo, pero aún no hay clases sociales, porque estas sociedades no son complejas). Las Jefaturas se convirtieron en Estados en aquellos territorios ricos, con gran potencial para producir excedente, pero donde era necesario una mayor organización para producirlo (construcción de diques, canales, defensas, etc). Además, los territorios vecinos tenían que ser mucho más pobres (desiertos) o mucho más inseguros (llenos de saqueadores), de otro modo las gentes huirían hacia dichos territorios.

Una vez que las ciudades Estado comenzaron a competir entre sí por crear los imperios más grandes y poderosos, no hubo ningún sitio donde mantenerse a salvo. La guerra fue el mecanismo cotidiano para adquirir más territorios, más recursos, más esclavos. Los Estados necesitaron que las artes, las ciencias y la tecnología florecieran, pero siempre aplicadas a  la explotación de la gente y la producción de un mayor excedente.

Para poder distribuir adecuadamente los productos en estas sociedades complejas, se necesita ponerles un precio. Entonces se habla de economía de mercado. Durante miles de años no se utilizó el dinero como instrumento de cambio, sino el trueque. Los artículos de consumo se intercambian unos con otros de similar valor, pero la invención del dinero (al principio conchas, semillas, etc…) facilita enormemente las transacciones de mercado.
Ahora bien, la presencia de dinero no implica forzosamente intercambio mercantil: se puede hacer un intercambio recíproco usando dinero (como cuando un amigo otorga un préstamo sin especificar cuándo hay que devolverlo) o un intercambio redistributivo (como en la recaudación de impuestos.) No obstante, el mercado es otra cosa, puesto que siempre especifica con exactitud el tiempo, la cantidad y la forma de pago. Además, a diferencia de la reciprocidad o la redistribución, una vez concluido el pago en dinero, no existen posteriores obligaciones o responsabilidades entre comprador y vendedor. Pueden separarse sin volverse a ver jamás. El mercado no crea vínculos sociales o humanos.

En el modo de producción de estas sociedades agrícola-ganaderas complejas, el propio ser humano se vende y se compra. Se le pone un precio y se convierte en esclavo, en objeto de mercado. De hecho, este modo está basado en la esclavitud. También las personas libres son explotadas por la minoría dirigente, pero directamente se esclaviza a una gran parte de la humanidad, que es la que sostiene el mayor peso de la economía.

Por poner un ejemplo, en la Atenas de Pericles, cuna de la democracia, había 300.000 personas, y la mitad eran esclavos, gente sin ningún tipo de derechos, que realizaban las tareas más pesadas como las tareas agrícolas, las domésticas, las artesanales y las mineras.

4. Servidumbre

5. Proletariado industrial

6. Proletariado servicios

7. Comunidades autosuficientes

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La intención de esta breve enumeración es mostrar que no ha sido la voluntad humana la que en cada caso ha planificado los diferentes modos de producción que han utilizado en cada momento las sociedades, sino que estos modos de producción han sido impuestos por la evolución del medio ambiente y de la tecnología disponible, los cuales crean la estructura social que fuerza a los seres humanos a adoptar los diferentes modos de producción que, a su vez, determinan la forma de vida social, la forma en que mayoritariamente una sociedad piensa, siente y actúa.

El cambio en el medio ambiente se manifiesta como escasez de recursos, lo que incentiva la aparición de una nueva tecnología de producción que transforma la estructura social, apareciendo nuevas instituciones y conductas. Y así se escribe el guión de la historia humana, pero no lo escribe la voluntad humana. .

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