Capitalismo financiero

1. Globalización

La industrialización se produjo desde la segunda mitad del siglo XVIII en Inglaterra y desde la primera mitad o desde el segundo tercio del siglo XIX en la mayor parte del continente europeo y de Norteamérica, con ciertos brotes también en el este y el sur de Europa. El primer país asiático en industrializarse fue Japón, a partir de finales del siglo XIX. A finales del siglo XX le siguieron buena parte de Asia, especialmente el Sureste Asiático y, desde los años ochenta, también China, a una velocidad vertiginosa. Pocas veces se industrializó todo el territorio de un país. Lo habitual era que solo lo hicieran determinadas regiones. Según el grado de avance de la industrialización y las condiciones económicas, sociales, políticas y culturales, surgieron enormes diferencias entre países y regiones. En ninguna parte se adoptó sin más el modelo de Inglaterra y de otros países de industrialización temprana, como Estados Unidos o Alemania, por mucho que todos ellos se influyeran mutuamente, a través del mercado y la competencia, la observación de lo que hacían los demás y la transferencia de conocimientos, con estrategias para sortearse, evitarse y asumir lo ajeno.

Esta modificación se ha estudiado muy bien. ¿Y qué relación existe entre ella y el capitalismo?

Por una parte, cuando comenzó la industrialización el capitalismo ya tenía una larga historia a sus espaldas. El capitalismo comercial o mercantil, que ya estaba extendido por el mundo, no condujo necesariamente a la industrialización, ni siquiera en su versión protoindustrial. Así lo demuestran numerosos casos. El contraejemplo sería la Unión Soviética, donde quedó claro que la industrialización también puede darse en una variante no capitalista. Los conceptos de «capitalismo» e «industrialización» presentan características diferentes, así que es recomendable distinguirlos de un modo preciso.

Por otra parte, las tradiciones artesanales preindustriales del capitalismo, allí donde se dieron, contribuyeron a la aparición de la industrialización en determinadas zonas a lo largo de los siglos XIX y XX. En el XIX, la industrialización se produjo sistemáticamente dentro de estructuras capitalistas. Entre 1917 y 1991, sin embargo, se probaron modelos alternativos de economía planificada en los regímenes comunistas, que, sin embargo, acabaron siendo vencidos. También en China despegó la industrialización, y lo hizo además a un ritmo muy rápido, pero solo allí donde la cúpula del partido local decidió ir relajando poco a poco los controles políticos y dejar espacio a los principios capitalistas. Es evidente que existía (y existe) una marcada afinidad entre capitalismo e industrialización: las inversiones son para ambos de una importancia decisiva; además, la industrialización se caracteriza por una búsqueda permanente de nuevos proyectos y una exploración constante de nuevos entornos, para lo cual era y es imprescindible conocer las señales y las reacciones de los mercados; la industrialización también requiere una estructura de toma de decisiones descentralizada y dividida en múltiples empresas. Hasta ahora, para lograr un éxito duradero en este terreno, ha sido preciso contar con el capitalismo.

«La transformación permanente de la producción, las sacudidas ininterrumpidas de las circunstancias sociales, la eterna inseguridad y el movimiento caracterizan la época de la burguesía más que ningún otro elemento». Aquello conllevó la impopularidad y la constante deslegitimación del capitalismo, especialmente en sus grandes crisis, que se repetían cada cierto tiempo, por ejemplo en 1873, en 1929 y en 2008.

Estas crisis aparecieron en su mayoría como consecuencia de una especulación desmedida y de una evolución deficiente del sector financiero, pero acabaron teniendo efectos también en la «economía real». No solo amenazaban a determinados especuladores, sino que además ponían en peligro las posibilidades de supervivencia de amplios grupos de población y podían provocar profundas sacudidas sociales y políticas. En ellas se manifestó algo que diferencia al capitalismo de la época de la industrialización de sus anteriores variantes: que el sistema se había convertido en un mecanismo dominante de regulación económica y que, al mismo tiempo, influía enormemente en la sociedad, la cultura y la política, mientras que en los siglos precedentes apenas había constituido un episodio aislado, enraizado en estructuras y mentalidades no capitalistas.

Aunque hasta el año 1800 solo había surgido plenamente en unas pocas regiones del noroeste de Europa, con la industrialización el sistema se dinamizó y en la segunda mitad del siglo XX alcanzó dimensiones mundiales, lo cual no solo se puso de manifiesto en su penetración en nuevos países y regiones, sobre todo del este de Asia, como ya ha quedado dicho, sino también en la creciente interdependencia de los procesos de intercambio capitalista más allá de las fronteras de los Estados y los continentes, es decir, en la globalización del sistema, que no constituye un fenómeno nuevo, sino que se viene desarrollando, poco a poco, desde hace siglos, como ya se mostró en el capítulo anterior. Con todo, desde 1860, más o menos, hasta 1914, y de nuevo también a partir de 1960, aproximadamente, y, sobre todo, de 1990, la globalización se aceleró de una forma extraordinaria y se hizo patente a través de la expansión del comercio mundial, de una cierta convergencia de los precios de los productos en diferentes regiones, del rápido crecimiento del volumen de las transacciones financieras internacionales, del ascenso de las empresas multinacionales en un amplio horizonte, del incremento de la migración transfronteriza por motivos laborales y de la expansión de las crisis por todo el planeta. La globalización no es solo un fenómeno económico, sino también una conexión en el ámbito de las comunicaciones, las políticas y las culturas más allá de cualquier frontera. Sin embargo, el capitalismo, además de ser una importante fuerza motriz de la globalización, también es el terreno en el que esta ocurre, aun cuando ese terreno no haya englobado a todas las áreas del mundo, y sin que los Estados-nación hayan perdido su importancia.

2. De un capitalismo de propietarios a un capitalismo de gerentes

La relación que existe entre el capital y el trabajo es determinante en todas las variantes del capitalismo industrial. Sin embargo, esta relación ha variado considerablemente a lo largo de la historia. Debemos diferenciar entre capitalistas y empresarios. El capitalista es alguien que pone capital y, en consecuencia, toma las decisiones fundamentales acerca de la localización y los objetivos de su inversión, asume los riesgos correspondientes y, llegado el caso, también recoge las ganancias que deriven de la actividad. En cambio, la función principal del empresario es dirigir la empresa. Para ello, tomará decisiones sobre el detalle concreto de la realización de los objetivos, la posición en el mercado y la estructura interna, así como sobre el empleo de la mano de obra.

En los primeros tiempos de la industrialización, que a veces se denominan «Revolución Industrial», era frecuente que el director de una empresa asumiese tanto la función de capitalista como la de empresario. Era propietario de una empresa y, al mismo tiempo, la dirigía. Aportaba el capital, que por lo general salía de sus propios ahorros, o bien de un préstamo personal (en mucho menor medida, de un crédito bancario), tal vez en colaboración con un socio, y respondía con todo su patrimonio. Aun cuando la suya fuese una fábrica grande, por ejemplo para el hilado y el tejido mecánicos, con cien o doscientos trabajadores, lo habitual es que se tratase de una sociedad personalista modesta, en manos del propietario-empresario, que se consideraba «el señor de la casa» y gozaba de plenos poderes. El hecho de que el jefe fuese al mismo tiempo el capitalista y el empresario suponía la ventaja de la legitimación de su figura. El derecho del empresario a dirigir la empresa se justificaba por los riesgos que, en último término, asumía como capitalista y el derecho del capitalista a obtener beneficios, por su trabajo y su éxito como empresario.

Las empresas familiares eran a menudo el resultado de una herencia y aspiraban a ser legadas a las nuevas generaciones. Esta expectativa motivó claramente a muchos propietarios-empresarios a realizar inversiones pensando en el futuro. En su mayoría eran enérgicos y calculadores, y estaban dispuestos a obtener ventajas sin detenerse en miramientos. Solían ser hombres —solo en casos extraordinarios se trataba de mujeres— que sabían superar a sus competidores y utilizar a sus trabajadores. Sin embargo, más allá del mero ánimo de lucro, sus estrechos vínculos familiares daban un sentido adicional a sus esfuerzos, a su lucha contra la competencia y, llegado el caso, a la explotación de sus empleados. Aunque esto no valía para todo: así lo demuestran los casos de empresas familiares que renunciaron a una posible expansión con tal de no poner en peligro el control de la familia sobre el negocio, que quedaría amenazado en caso de que se optase por una enérgica ampliación de capital con la ayuda de bancos o bolsas. No obstante, la coacción del mercado ponía límites a este tipo de decisiones orientadas según prioridades no económicas: sencillamente, quien renunciase conscientemente al dinamismo arriesgaba la existencia de sus negocios. Había que avanzar constantemente para no caer. Este sistema de competencia, con sus permanentes innovaciones, no permitía (o lo hacía solo en nichos aislados) garantizar sin más el statu quo.

En ese vínculo entre familia y negocios que se dio durante la industrialización se observa que el capitalismo no ponía instituciones sociales completamente nuevas en el lugar de otras antiguas, ya arruinadas, sino que, durante largos períodos de transición, mezcló los compromisos sociales que habían aparecido en su seno con los ya existentes, se introdujo en antiguas estructuras y las modificó, aunque solo al cabo de mucho tiempo. En este sentido, el sistema no tenía ni tiene un efecto revolucionario. Esto explica la diversidad de formas de capitalismo industrial que han ido surgiendo hasta nuestros días.

Los estrechos vínculos entre familia y empresa siguen siendo frecuentes, especialmente en el caso de las pequeñas y medianas (las pymes), que en todas partes siguen constituyendo la mayoría de las empresas y a las que se añaden permanentemente otras sociedades que se van creando. En los órganos de dirección de las grandes empresas, que hace tiempo pasaron de ser sociedades personalistas a convertirse en sociedades de capital o que se crearon directamente como tales, la influencia de las familias de fundadores y propietarios aún era enorme en la segunda mitad del siglo XX, especialmente en el Reino Unido y Japón. Sin embargo, el capitalismo gerencial se fue imponiendo por lo general en las empresas grandes o muy grandes, cada vez más abundantes y nacidas, por lo general, como sociedades de capital constituidas a través de acciones o participaciones (en Alemania, también como sociedades de responsabilidad limitada a partir de 1892). Esto supone que la función directiva fue pasando lentamente a manos de empresarios contratados («gerentes») de responsabilidad limitada, con lo que se dio una cierta separación entre la función del capitalista y la función del empresario, aun cuando, como ya se ha mencionado, fueran frecuentes y duraderas las formas mixtas de colaboración entre los miembros de las familias de propietarios y los gerentes, y, además, en los tiempos en los que el capitalismo gerencial estaba ya plenamente desarrollado, los propietarios de capital influyeran en las decisiones fundamentales para la empresa, sobre todo si la posesión del capital no estaba diseminada, sino concentrada en unas pocas manos, en posiciones estratégicas. En el camino hacia el capitalismo gerencial, Alemania, Estados Unidos y, en cierto modo, también Japón fueron quienes llevaron la delantera. Los motores de aquel cambio fueron el crecimiento, la necesidad de capital y la organización.
La empresa del sector electroindustrial Siemens daba trabajo en 1854 a 90 personas en Alemania; en 1874 los empleados eran 650; en 1894, unos 4000, pero en 1914 eran ya más de 57.000. La mayor empresa alemana, Krupp, empleaba en 1887 a 20 000 trabajadores y en 1907, a 64 000; el conglomerado del acero Vereinigte Stahlwerke contaba con 200 000 trabajadores en 1927. La mayor empresa estadounidense, US-Steel, tenía en 1901 más de 100 000 empleados y en 1929, 440.000. A finales de los años sesenta, 270 000 personas de todo el mundo trabajaban para Siemens, y Deutsche Bank contaba con 30 000 obreros y empleados. En 2010, estas cifras se elevaban a 370 000 y 98 000, respectivamente. Aquel año, Deutsche Post, con 425 000 empleados, y Siemens, con 405 000, ocupaban los primeros puestos de la lista de empresas alemanas, pero solo los puestos undécimo y decimotercero, respectivamente, en la lista de empresas más grandes de todo el mundo. Las primeras de ellas eran el consorcio de minoristas Wal-Mart (con 2,1 millones de trabajadores) y China National Petroleum (con 1,65 millones). Tras estos incrementos desorbitados se encuentran los procesos más variados —el crecimiento interno y, fundamentalmente, las fusiones de empresas—, así como diferentes objetivos: la salvaguarda de las economies of scale, esto es, de las oportunidades de venta y obtención de beneficios en unas condiciones tecnológicas y comerciales cambiantes (mercados y producciones en masa); el afán por aumentar el tamaño y, con él, la riqueza, el prestigio y el poder, aun cuando estos elementos no aporten rentabilidad empresarial; y a menudo también la expansión para la propia defensa, ya que, en vista de la agresiva competencia, ponerse límites a uno mismo puede conducir fácilmente a la ruina.

En la primera fase de la industrialización, hasta las empresas más caras presentaban un modesto capital inicial. El sector minero alemán contaba hacia el año 1850 con entre uno y dos (máximo, tres) millones de marcos (al cambio); el capital de las fábricas de otros sectores, sobre todo la amplia rama textil, solía ser bastante inferior. Sin embargo, entre 1887 y 1927 el capital medio de las cien mayores empresas alemanas pasó de 9,4 a 59 millones de marcos. En 1901, US-Steel poseía un capital de 1400 millones de dólares. El capital propio de Deutsche Bank aún era en 1970 de 1400 millones de marcos, pero en 2010 se había elevado ya a 49 000 millones de euros. Aquel mismo año, el capital propio de Siemens era de 28 000 millones de euros. En general, las sumas estaban cada vez más por encima de las posibilidades de las familias de propietarios. Se hacía necesario, pues, recurrir a la financiación a través los mercados de capitales y optar por la forma organizativa de las sociedades de capital.

A veces se habla de una «segunda Revolución Industrial», que habría tenido lugar en el último cuarto del siglo XIX y las primeras décadas del XX en los países de Europa y Norteamérica que comenzaron su proceso de industrialización relativamente pronto. Con esta expresión se hace referencia al espectacular ascenso de las «nuevas industrias», esto es, de la electrotécnica, de la química y de la fabricación de vehículos; a la explotación incipiente del petróleo como fuente de energía y al enorme aumento de la importancia de la tecnología y de la ciencia en el sector de la producción industrial. El término, sin embargo, apunta también hacia la centralización del capital a través de grandes fusiones en forma de cárteles, asociaciones, holdings y consorcios, que, en parte como reacción a los problemas coyunturales que se habían producido en torno a 1870, trataron de limitar o incluso de excluir por completo la competencia. Los impulsores de aquel movimiento fueron grandes empresarios como John D. Rockefeller, fundador del gran consorcio Standard Oil of New Jersey (desde la década de los setenta del siglo XIX), o Emil Kirdorf, director general de Gelsenkirchener Bergwerks AG y arquitecto del cártel Rheinisch-Westfälisches Kohlensyndikat, surgido en 1893. A menudo jugaron a su favor los grandes bancos, que, a diferencia de lo que había ocurrido en el pasado, en aquel momento invertían grandes sumas en la industria y trabajaban en estrecha colaboración con determinadas empresas productoras, con lo que la mezcla de titularidad de acciones y representación mutua en los consejos de supervisión suponía un eficaz medio y conllevaba una sólida vinculación entre el capital industrial y el bancario, sin que —pese a lo que suele pensarse— sea posible hablar en este caso de que uno de los sectores dominase al otro. Como consecuencia, se llegó a una unión sin precedentes entre poder y riqueza, que se concentraron en manos de unos pocos grandes empresarios de la industria, sobre todo en Estados Unidos, donde Rockefeller —el hombre más rico del mundo, con un patrimonio de unos trescientos treinta mil millones de dólares (calculado sobre la base de la cotización del dólar en 2008)—, Carnegie, Vanderbilt, Duke, Stanford y otros ya recibieron de sus contemporáneos el crítico y polémico calificativo de robber barons. Algunas de estas grandes empresas, como fue el caso de la British-American Tobacco Corporation, creada en 1902, se concentraron en los negocios más allá de las propias fronteras y acabaron dando lugar a estructuras multinacionales. La mayoría de las grandes sociedades estaban muy integradas desde el punto de vista funcional y fabricaban productos diversificados: reunían en ellas, parcial o totalmente, las funciones de aprovisionamiento de materias primas, producción, procesamiento y venta, y, al mismo tiempo, creaban gamas completas de diferentes bienes y servicios.

Además, empleando sus medios organizativos, lograron combinar todo aquello que en casos anteriores se había realizado en empresas independientes, muy especializadas y vinculadas entre sí únicamente por las relaciones de mercado.

Así fue como aparecieron grandes estructuras de una enorme complejidad, sistemáticamente divididas y coordinadas con gran esfuerzo, y con un personal directivo cada vez más profesional y cualificado desde el punto de vista académico. A finales del siglo XIX y principios del XX se integraban de forma vertical y estaban centralizadas y fuertemente jerarquizadas. Sin embargo, tras 1945 en Occidente tendieron a descentralizarse y a estructurarse como federaciones de unidades semiautónomas. Por lo general, se trataba de un cambio en el capitalismo muy profundo desde el punto de vista formal. Lo que hasta entonces se había coordinado fundamentalmente a través de mecanismos del mercado se reforzó más que nunca con una coordinación a través de medios organizativos y casi políticos. Se ha hablado de un «capitalismo organizado», en el que, sin embargo, y pese a todas las uniones y tendencias monopolistas, seguía existiendo una dura competencia, incluso entre empresas muy grandes, que podía poner en peligro la existencia de estas. Con todo, las grandes corporaciones continuaban siendo en todas partes minoritarias frente a las numerosísimas pequeñas y medianas empresas. Eso sí, también eran extraordinariamente influyentes. En 1962, las cincuenta mayores empresas industriales de Estados Unidos representaban la tercera parte del capital del sector secundario del país y las quinientas mayores, las dos terceras partes. Además, al frente de ellas había, por regla general, hombres blancos, en su mayoría protestantes, que procedían de la clase media (como mínimo) y tenían (como mínimo) una titulación de college.

El ascenso del capitalismo gerencial iba acompañado de grandes esperanzas y también de grandes miedos. Por lo general, ambos resultaron ser exagerados.

Se esperaba que el capitalismo, que permitía extender el acceso a la propiedad y fomentaba cada vez más la contratación de directivos en las empresas, fuese un factor democratizador. Por una parte, la ampliación de la titularidad de las acciones, el atractivo que representaba esta opción incluso para los pequeños inversores y la seguridad que, cada vez más, aportaba esa titularidad frente a los riesgos de la vida y como garantía de fondos para la vejez determinaron en la práctica que el capitalismo cada vez tuviese más aceptación social y se difundiese como sistema. Sin embargo, con todo ello la vida de muchas personas quedaba ligada, de un modo más evidente que en el pasado, a los altibajos de la economía capitalista: para entenderlo, basta con pensar que los populares planes de pensiones recurren a fondos que pertenecen a los grandes actores de los mercados financieros. Por otra parte, el criterio de «propiedad de los medios de producción» perdió importancia cuando se empezó a contratar y promocionar profesionalmente a directivos de empresas. Además, las trayectorias profesionales de los propietarios-empresarios y de los gerentes son distintas. Sin embargo, el acceso a los bastiones del poder económico, en general, apenas se facilitó. En realidad, las historias de hombres que pasaban de fregar platos a disfrutar de una vida de millonarios constituían meras excepciones. El proceso de selección del capitalismo gerencial tenía en buena medida un componente de herencia intergeneracional del estatus, en el que se premiaba no solo la formación académica y práctica que se hubiera adquirido, sino también el capital cultural que se hubiese obtenido por proceder de un determinado origen y, junto con él, las estrechas relaciones que se mantuviesen en este entorno.

Por otra parte, se temía que con el ascenso de los gerentes aumentase la tendencia a actuar en los círculos de directivos sin asumir responsabilidades, ya que los «empresarios contratados» ya no tenían que responder de sus fracasos con toda su existencia económica y social, al igual que, en el caso contrario, sus posibles éxitos empresariales tampoco les reportarían una ganancia personal significativa[74]. A la luz de las experiencias más recientes con la «irresponsabilidad estructurada» del capitalismo financiero actual, es importante comprender por qué estos temores eran, en general, infundados en la época clásica del capitalismo gerencial (que en Occidente finalizó en los años setenta u ochenta): por una parte, algunos de los ingresos que percibían los gerentes, incluidas sus participaciones en el capital social, dependían de los éxitos que cosecharan; por otra, en este sector profesional aparecieron puestos con los correspondientes mecanismos para el control recíproco, que se aplicaban incluso a los directores de bancos, estrechamente implicados en el proceso. El factor determinante, con todo, fue el hecho de que, pese a la creciente movilidad, el éxito y el fracaso de los empresarios contratados se asociaba, como lo percibían ellos mismos y los demás, al éxito y al fracaso de determinadas empresas —en concreto, de «sus» empresas—. Esta percepción (que en el capitalismo financiero de nuestros días ya no existe) fue decisiva. La identificación de un personaje como Emil Rathenau con «su» empresa de gestión AEG en 1910 no era, probablemente, mucho más débil que la de Wilhelm von Siemens —hijo del fundador— con «su» empresa tradicional familiar, organizada también como sociedad anónima.

Con todo, visto de un modo global, los gerentes estaban menos marcados y limitados por factores extraeconómicos —por ejemplo, por reparos familiares— que los propietarios-empresarios. La motivación económica era más evidente en el caso de los empresarios contratados del capitalismo gerencial que en el de los propietarios-empresarios de la Revolución Industrial. En general, obraban de un modo más decidido y dinámico y actuaban en mayor medida con vistas a la expansión.

3. «Financiarización»

La tendencia a separar la actuación económica de los contextos sociales, la creciente valoración del lucro y del crecimiento como únicos objetivos, la indiferencia frente a cualquier otra meta y la consideración del capitalismo como un fin en sí mismo —que ya existía en cierto modo en el capitalismo gerencial, pero no de forma generalizada— han alcanzado con la «financiarización» —esto es, con el auge del capitalismo de los mercados financieros, el capitalismo de finanzas o el capitalismo de inversores— de los últimos decenios unas proporciones que han modificado la naturaleza del sistema y han planteado una serie de retos nuevos a los que todavía no se ha dado respuesta. El capitalismo financiero —como esencia de los negocios que no tienen relación con la producción y el intercambio de bienes, sino, sobre todo, con el dinero, y que son realizados por (en el entorno de) cambistas, corredores, bancos, bolsas, inversores y mercados de capital— es antiguo. Sin embargo, en los años setenta aparecieron tres novedades:

(1) El final del sistema de Bretton Woods para la regulación monetaria internacional, las drásticas subidas de los precios del petróleo en los años setenta, la creciente desregulación y una cierta desindustrialización en algunos países occidentales determinaron una rápida extensión y valoración del sector financiero, especialmente en el Reino Unido y en Estados Unidos, países en los que pasó de representar el 2% del producto nacional en la década de los cincuenta a suponer un 9 o un 8% en 2008. El valor del patrimonio de los bancos aumentó de forma explosiva. El tráfico transfronterizo de capitales se infló, pasando de ser el 4% del producto mundial en los años ochenta a constituir el 13% en 2000 y el 20% en 2007. Mucho de lo ocurrido correspondió a las transferencias desde los países productores de petróleo y los países emergentes (China, Sureste Asiático, India, Brasil) hacia Europa y Norteamérica, pero también las inversiones extranjeras de los países de antigua industrialización vivieron un boom, en el que las finanzas y los seguros se llevaron la mejor parte. Como escribió en 1998 el inversor George Soros, «el sistema favorece el capital financiero, que puede elegir dónde quiere emplearse… Podemos representarlo como un gigantesco sistema circulatorio. El capital financiero ha pasado a ocupar el asiento del conductor». Jürgen Stark, que desempeñó durante mucho tiempo el cargo de economista jefe del Banco Central Europeo, advirtió en 2011 que hacía mucho tiempo que el sector financiero había dejado de ser útil, ya que había crecido demasiado y se había convertido en un sistema autorreferencial. La política de desregulación «neoliberal» que partió del Reino Unido y de Estados Unidos y que pronto se extendió por todo el mundo contribuyó de forma considerable a que eso ocurriera, además de favorecer un ascenso desorbitado de los beneficios de los banqueros. Para participar en el boom del sector financiero, que, en cualquier caso, en los quince años que precedieron a la enorme caída mundial de 2008, se vio interrumpido una y otra vez por una serie de crisis financieras regionales (por ejemplo, en Estados Unidos a principios de los años noventa; en México, entre 1994 y 1995; en el este de Asia y en Rusia, en 1987 y 1998; en Argentina, en 2001, y en Japón, de forma continuada), las grandes empresas industriales como General Motors o General Electric incorporaron a su cartera de negocios sus propios servicios financieros, que pronto les proporcionaron más beneficios que su actividad principal. Aparecieron ingentes cantidades de bancos de inversiones, fondos de inversión, sociedades private equity o de capital riesgo y otras empresas de participación de capital. Se habla de una «financiarización». Un elevado número de movimientos de capital tenían (y tienen) como objetivo no ya la inversión para fines productivos, sino la especulación, aunque es cierto que muchas veces resulta difícil distinguir unos de otros.

Aparecieron grandes beneficios que no se correspondían con una creación de riqueza. Crecieron las expectativas de obtener enormes ganancias y también creció la disposición para asumir riesgos importantes. Con todo, hay que admitir que el sector financiero era y es heterogéneo: las cajas de ahorro locales o las cooperativas de crédito asumen más responsabilidades en los negocios bancarios tradicionales que los hedge fonds o fondos de cobertura, que, saltando como «langostas» (Franz Müntefering), compran, «racionalizan», despedazan y dividen empresas productivas rentables para volver a venderlas, tal vez por trozos, con el fin de obtener pingües beneficios y repetir más adelante la operación con otras sociedades. Pero Ivan Berend tiene razón cuando escribe que «la moralidad de la banca sólida y la confianza en las instituciones desaparecieron. Las conductas empresariales serias dieron paso a los juegos de azar, que multiplicaron tanto los beneficios como los riesgos. Aquel boom culminó en los primeros años del siglo XXI». En cualquier caso, esta parte de la economía capitalista, que se deja arrastrar por la feroz competencia, se aleja en buena medida de la economía real y renuncia al enraizamiento social, ha resultado ser ineficaz a la hora de desarrollar e imponer normas empresariales contractuales y generales. La matematización y la digitalización del negocio especulativo han contribuido a que los gestores monetarios no actúen como motores, sino que se vean cada vez más arrastrados por sus propias técnicas y por la brutal competencia.

(2) El crédito y las deudas que conlleva caracterizaron al capitalismo desde el principio. Pero en el último cuarto del siglo XX y la primera década del XXI la tendencia a endeudarse ha crecido de un modo desorbitado en muchos países y sectores. Por ejemplo, la deuda nacional aumentó ya mucho antes de que la crisis financiera que estalló en 2008 obligara a los Estados a endeudarse de forma masiva para rescatar a los bancos. El nivel de endeudamiento del Estado Alemán (calculado con respecto al producto nacional bruto) bajó desde principios de los años cincuenta hasta 1975 entre un 16 y un 24%, pero para 1985 ya había crecido hasta el 41%, en 1995 era del 56% y en 2005, del 69% (y del 81% en 2011). En el caso de Francia las cifras son las siguientes: 16% (1975), 31% (1985), 55% (1995), 67% (2005) y 86% (2011). Entre 1975 y 2005 el porcentaje de endeudamiento creció en Suecia del 28% al 50% (con un pico intermedio del 84% en el año 1996), en Estados Unidos pasó del 33% al 68%, en Brasil del 30% al 69% y en Japón del 24% al 186%.[78] Otro ejemplo: el nivel de ahorro de los estadounidenses (hogares privados) era de casi un 5% en 1930 y a principios de los años ochenta superó el 10%, pero entre 2005 y 2007 descendió a cero (y en 2013 era del 2%). Un tercer ejemplo: el capital propio medio de muchos bancos estadounidenses y europeos antes de la última crisis era de menos del 10% de su patrimonio total declarado. Con frecuencia incluso era inferior al 5%, y en ocasiones ni siquiera llegaba al 1%. Sin embargo, a principios del siglo XX el capital propio suponía un 25% y el resto era capital ajeno, es decir, «endeudamiento».

Cada uno de estos tres fenómenos es extraordinariamente complejo y responde a diferentes causas: a veces, las particularidades de la política estatal, que en la actualidad cuenta con pocos mecanismos fiables para la autorrestricción y deja la resolución de los problemas para el futuro; otras, el auge del capitalismo de consumo desde los años cincuenta, que ha consolidado la aceptación de este sistema en la mayoría de la población y, al mismo tiempo —y a través de ofertas muy atractivas, el relanzamiento constante de la demanda y la tentadora posibilidad de conseguir créditos— ha avivado la tendencia a vivir por encima de nuestras posibilidades. Por último, hay que tener en cuenta las estructuras internas de toma de decisiones de los bancos, que anteponen el reparto de los elevados beneficios entre los accionistas y los gerentes a su reinversión. En cualquier caso, desde una perspectiva general, los tres ejemplos constituyen indicadores de un mismo cambio esencial, que Ralf Dahrendorf ha descrito como la problemática transición del «capitalismo del ahorro» al «capitalismo del dinero prestado». La tensión que existe entre el ahorro —necesidad inherente del capitalismo—, esto es, el aplazamiento de la recompensa hasta un momento futuro, y el gasto para el consumo en el presente capitalista —una necesidad también inherente al sistema— ya fue objeto del análisis de Daniel Bell en 1976. Desde entonces, esta contradicción no ha hecho sino aumentar. Se trata de una fuente constante de desestabilización del capitalismo en la época de su financiarización, del núcleo de una crisis no resuelta y, además, de un problema básico de la cultura y la política en los países que disfrutan hoy de prosperidad.

(3) También las relaciones de poder y los procesos de toma de decisiones en las altas esferas de las grandes empresas han evolucionado desde el capitalismo gerencial hasta el capitalismo financiero o de inversores en los últimos años y decenios. En las empresas de gerentes, que dominaron claramente el ámbito de las grandes sociedades hasta los años ochenta, el consejo de administración, la junta directiva o el consejero delegado gozaban de un poder enorme frente a los intereses de los propietarios, especialmente cuando los negocios iban bien. O el banco —a menudo vinculado estrechamente y por largo tiempo a la correspondiente empresa de producción, comercio o servicios, y menos interesado en obtener beneficios a corto plazo que en cosechar éxitos en un futuro lejano— velaba porque así fuese, cubriendo las espaldas del gerente frente a los intereses de los accionistas mediante créditos, entre otras cosas (sobre todo en Alemania y Japón), o el consejo de administración de la empresa disfrutaba de una relativa autonomía porque la propiedad de la sociedad estaba en manos de un elevado número de pequeños y medianos accionistas, que, dada su fragmentación, apenas podían ejercer de forma colectiva la dirección y se contentaban con obtener ciertos réditos, aun cuando fuera posible aumentar los beneficios (especialmente en Estados Unidos). En ambos casos, había muchas posibilidades de que la dirección de la empresa reinvirtiera una gran parte de las ganancias obtenidas en lugar de repartirla entre los propietarios, lo que aumentaba todavía más su relativa autonomía frente al mercado de capitales.

Con el crecimiento de las sociedades de inversión (fundamentalmente, los grandes fondos de pensiones e inversiones) y las empresas financieras especializadas en investment banking, cada vez más agresivas, el panorama cambió. Aumentó la competencia para captar inversores y ahorradores, a los que se prometían atractivos intereses o participaciones en los beneficios esperados. Su balance de éxitos puede resumirse fácilmente en una serie de índices y es sumamente transparente. En su carrera por captar a inversores y ahorradores, que, unidos, adquieren un gran peso y a los que se promete velar por sus intereses en calidad de propietarios —share holder value— como si fueran los propios y representarlos siempre frente a las direcciones empresariales con gran firmeza y profesionalidad, también cuentan las pequeñas diferencias de éxitos.

La lógica de los mercados de capitales influye hoy de una forma mucho más directa en las estrategias empresariales que en los tiempos del capitalismo de propietarios o gerencial propiamente dicho. El mercado está cada vez más omnipresente y resulta más opresivo. El espacio en el que pueden moverse los directivos de las distintas empresas se estrecha. Las compañías cada vez se parecen más entre sí. La influencia de los bancos disminuye. Los representantes de los fondos ejercen el control, pero también son controlados. Piden constantemente que se les rindan cuentas, pero también deben rendir cuentas constantemente. En cualquier momento pueden vender o reorganizar su cartera, lo que les confiere un enorme poder. La inestabilidad crece. En la década de los sesenta, los inversores (en Nueva York) mantenían sus acciones de media entre ocho y nueve años. Ahora, ni siquiera llegan al año. Los directivos de fondos, los responsables de la banca de inversiones, los corredores, los analistas y los expertos en calificación toman importantes decisiones. Son gerentes, sí, pero a menudo hablan en nombre de los propietarios y defienden los intereses económicos de estos. En la mayoría de los casos no están vinculados a las numerosas empresas en cuyas decisiones participan, hasta cierto punto desde el exterior de las mismas. Les interesan bien poco sus actividades, tradiciones y miembros. Deciden en función de los índices habituales y de las señales evidentes de la reacción de los mercados, y solo se orientan en un sentido: el beneficio, el share holder value. Tienen que hacerlo así. De lo contrario, perjudicarían a su fondo.

En este sistema del capitalismo de inversores, relativamente alejado de la realidad y, en lo esencial, desregulado, no es ni necesario ni posible justificar la actividad de estos «gerentes del dinero», tan abstracta, en relación con unos amplios objetivos de carácter no económico. En una reveladora escena de la novela La hoguera de las vanidades, muy llena de verdad, Tom Wolfe describe cómo Sherman McCoy, un exitoso, rico y arrogante directivo de la banca de inversiones y agente en Wall Street, trata de explicar a su hija de seis años en qué consiste su trabajo, e intenta hacerlo de un modo que le permita comprenderlo y admirarlo. La familia, reunida en un club de playa, en Long Island, lo escucha en tensión. El intento fracasa y la niña rompe a llorar, aunque se deja a criterio del lector determinar si esas lágrimas se deben a la complejidad que entraña el trabajo de McCoy o al hecho de que su actividad no tiene ningún sentido, más allá del de enriquecerse.

Nunca subrayaremos bastante la circunstancia de que las empresas de propietarios (en su mayoría pequeñas, pero muy numerosas), los clásicos capitalistas gerenciales y el nuevo tipo de capitalistas financieros, que actúan en todo el mundo, coexisten en todas partes y se superponen de los modos más variados. El sistema actual no es solo un capitalismo de mercados financieros o inversiones, aunque el auge de estos elementos en los últimos decenios representa un cambio radical de todo el modelo, una renovada diferenciación interna de las distintas funciones capitalistas. Ha separado aún más la función de creación de capital e inversión, que se pone en manos de responsables especializados que actúan según la lógica del mercado, y ha aumentado considerablemente el peso de la función de los capitalistas. Las decisiones básicas en materia de inversión están hoy más alejadas que nunca del contexto en el que en el pasado se encontraban enraizadas. La lógica de los mercados se ha emancipado de la consideración de los intereses y orientaciones de carácter no económico. La estructura de la toma de decisiones no ha dudado en ir más allá de los espacios de la propia empresa, cuyas fronteras externas son ahora más difusas. La crisis financiera internacional de 2008, que, por lo demás, respondía a diferentes motivos, muestra con claridad el enorme potencial autodestructivo y, en general, peligroso que entraña la dinámica de este nuevo capitalismo de inversores cuando se deja en manos de sí mismo, esto es, de los banqueros, inversores, corredores, analistas y demás «gerentes del dinero». El objetivo es encontrar nuevas formas de enraizamiento. Lo que aún no se sabe, sin embargo, es si será posible hacerlo.

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